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Lágrima
venezolana
Los
venezolanos se unen entre carteles, cacerolazos y canciones para
solidarizarse con los periodistas agredidos por los círculos
bolivarianos de Chávez
Lafitte Fernández
Enviado especial/
El Diario de Hoy
Caracas, VENEZUELA
nacional@elsalvador.com
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| Centenares de trabajadores petroleros unieron
ayer sus voces para exigir la salida del presidente Hugo Chávez.
Foto: EDH/AP |
Allá, al fondo, se escucha la masa vocinglera. El taxista
me apura para que me baje de su auto. No quiere que la marcha lo
envuelva, lo entrampe.
Mis oídos están alertas. Mis pies también.
Dicen que pronto arrancará aquí, en el barrio Chuao,
una marcha de solidaridad con los periodistas.
Quiero estar ahí. No llevo banderas. Llevo recuerdos. Quizá
el de las fotografías que me mostró Carla, la periodista
de Globovisión, cuando una brigada revolucionaria
leal a Chávez la apaleó.
La sangre le baja de los oídos. Los agresores se reían
de ella como demonios revestidos de asquerosas respuestas.
Comienzo a caminar hasta el edificio de la empresa petrolera estatal,
donde arrancará la marcha.
Son las 10:45 de una calurosa mañana. No llevo banderas como
todos los que caminan a mi lado. Llevo los recuerdos de todos los
garroteados, los zarandeados, los insultados, los agredidos que
viven de un salario por hacer lo que hago yo.
Miro a mi lado. Dos jóvenes caminan hacia el punto de encuentro
tomados de la mano. La mujer lleva un cartel hecho en su casa. Arriba,
le dibujó un corazón. Lo interpreto: amo, dice,
a los periodistas que me informan para construir una patria libre
para mis hijos.
Llevo los recuerdos de unas tomas de televisión. En ella
se mira a Juan, el camarógrafo, mientras chavistas le daban
dos, tres, veinte puñetazos en la cara. ¿El delito?
Trabaja en Venevisión.
Juan escupe dos dientes. Un puñado de desalmados se los arrancaron
con los nudos de sus manos. Lo único que les grita Juan es
que no sean cobardes, que si tienen madre que se den duro de uno
a uno.
Después se apagan las tomas. Sólo se escucha el sollozo
de una periodista que les tiró el micrófono a la gavilla
de delincuentes. Hay penas que valen la pena, dice hoy
Juan.
La cara del pueblo
La gente camina cada vez más rápido. Los miro a la
cara. Pienso que saben que el dolor no es trinchera. Es un hueco
del que este país debe salir.
Recorro los rostro de los marchantes. No tienen cara de ricos, como
dice Chávez. Tienen cara de pueblo, lo que es diferente.
De ese pueblo que envejece en tiempos distintos: hay ancianos, hombres
y mujeres maduras pero, sobre todo, jóvenes. Estos son la
mayoría.
Antes de llegar al corazón de la marcha, obligadamente paso
por un enorme bazar colocado sobre las calles: los ingeniosos venezolanos
no sólo venden banderas a quienes protestan sino también
camisetas, gorras, sombreros y tiras para colocarse en la cabeza.
Y en todas esas prendas se escribe un dardo contra Chávez.
Lo menos que se le dice es que se vaya ya.
En el lugar
Finalmente llegué, al igual que miles, al encuentro con la
manifestación.
Lo que ahí miro y escucho me causa una extraña fascinación.
Tengo la impresión que ahí están, juntas, amarguras
viejas y todos los recovecos del alma humana.
No sé cuanta gente hay. Nadie se atreve a contar las personas.
Es paradójico: pareciera que todos los antichavistas les
robaron las armas mercadológicas que usaron, los izquierdistas,
en los años setenta u ochenta, para protestar y tratar de
forjar una utopía que, al final, dejó más muertos
que dos guerras mundiales.
El aire se inunda de ruido, cuando arranca la marcha.
También de hermosas canciones de protesta contra el régimen
de Chávez. Todos las cantan como si fueran fundadores del
presente.
Una de ella, pregonada por megáfonos, me pone la piel de
gallina. Es conmovedora. Está dedicada a todos aquellos que
murieron el 11 de abril cuando más de un millón de
personas le dijo a Chávez que se fuera. La propuesta acabó
con las calles anegadas de sangre, dolor y muerte.
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Un país alegre que no quiere ser socialista
A todos los marchantes venezolanos los une los temores. No quieren
un país socialistas. Le temen a Fidel Castro. Temen perder
la libertad.
Todos caminan alegres. Venezuela es un país alegre y ruidoso.
Hay quienes dicen que en Venezuela sólo hay dos posturas
contra Chávez: o se le elogia o se le maldice.
Muchas palabras contra el gobernante son duras, durísimas.
La mayoría de la gente que camina por las calles no pueden
ocultarlo: odian a Chávez. Quizá, todo este país
se está odiando entre sí.
Pienso en eso pero recuerdo a Mario Benedetti: el odio está
bien si está en su sitio/ el odio está bien si despega
la ruta.
A todos los marchantes los une los temores. No quieren un país
socialistas. Le temen a Fidel Castro. Temen perder la libertad.
Temen a las balas de los chavistas.
Es probable que la ferocidad de la represión los tenga aquí.
Quizá tengan incapacidad biológica para entender la
crueldad que ejercen contra los periodistas aquellos que no conocen
el trayecto entre la tolerancia y la cobardía.
El tiempo se va. Hace calor. No sé si sudo por la larga caminata
o por castigo del sol.
Las calles las ha recorrido esa tupida masa, morosamente, aunque
en toda su extensión. La retahíla de cánticos
no para. Los gritos contra Chávez tampoco.
Una mujer me enseña, de pronto, un cartel: nuestras
armas: micrófonos. Nuestras balas: información.
Supongo que es periodista. El rótulo tiene ingenio.
Por fin, la marcha acaba en la nariz de César Gaviria, secretario
general de la OEA que permanece aquí.
Algunos periodistas se adelantan y le entregan un documento.
Piden garantías para trabajar. Quizá eso sirva para
que los periodistas se alejen de vivir en un espanto seguido de
otro espanto.
Es verdad: Venezuela sabe a lágrima.
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