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El legado de Bukele: alucinaciones, dictadura y odio

La esencia de una democracia no es la legitimidad de origen (elecciones libres), sino la legitimidad de ejercicio y, al respecto, la gestión bukelista es un ejemplo clásico del canon fascista, un caso de manual de cómo un gobernante que llega al poder legítimamente ocupa su popularidad para subvertir y destruir las frágiles bases de un proceso democrático.

Por Enrique Anaya
Abogado constitucionalista

PUESIESQUE…En el ensayo “Cómo mueren las democracias”, Levistsky y Ziblatt señalan que un rasgo determinante de la presidencia Trump es el uso constante y repetitivo de la mentira, lo que provocó un daño social importante, como es aceptar como normal la desviación moral: “Bajo el presidente Trump, Estados Unidos está viviendo una relajación de la desviación. El uso habitual que el presidente hace de los insultos, las descalificaciones, la intimidación, la mentira y las trampas ha contribuido de manera inevitable a normalizar tales prácticas”.

Esa caracterización que los profesores de Harvard hacen sobre la presidencia Trump, me hizo reflexionar sobre cuáles son, a medio mandato, las más evidentes particularidades de la gestión del presidente Bukele y, pensé: aunque esta administración presidencial salvadoreña se caracteriza notoriamente por la “doble C” -criminal y corrupto-, esas no son prácticas exclusivas de la presidencia Bukele, pues en administraciones previas existieron hechos como negociaciones con pandillas y situaciones de corrupción (aunque parece que las gestiones de ARENA y FMLN quedarán como raterías a la par de la estructura de corrupción a gran escala que, por ejemplo, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos, ha mencionado sobre el gobierno bukelista).

¿Cuáles son, entonces, las “propiedades” de la gestión del presidente Bukele? ¿Cuál es, hasta ahora, su legado?

Pues, sin perjuicio de reflexiones posteriores y/o ajustes, pienso que hasta inicios de 2022, la presidencia bukelista se caracteriza por tres situaciones: alucinaciones, dictadura y odio.

En efecto, como típica práctica populista, en la actual gestión presidencial es una constante el anuncio de obras faraónicas, clásicos “elefantes blancos” que sirven solo para, por un lado, potenciar el culto a la personalidad del gobernante y, por otro lado, oportunidades de ganancias para amigos del presidente y para especuladores.

Así, por ejemplo, durante el delirio de una fiesta se anuncia la construcción de una ciudad con cero emisiones de carbono, con energía geotérmica, con cero pago de impuestos, en la que la mayoría de los salvadoreños serían excluidos: el desvarío de una “ciudad bitcoin” me recordó la sociedad del “Mundo Feliz” de la novela de Huxley, esa distopía en la que desaparece el ejercicio intelectual y la sociedad se rige por el control de las emociones más elementales.

En esa misma línea se prometen un estadio que no necesitamos, un hospital estatal para mascotas, un satélite, un tren de alta velocidad: así que, mientras casi la mitad de los salvadoreños apenas tiene para comer, mientras miles de salvadoreños no tienen acceso a agua potable, a servicios médicos o a educación de calidad, el presidente “vende” humos de colores para que la gente le aplauda.

La construcción de una dictadura es también característica de esta gestión presidencial: desde los acuerdos de paz, ningún presidente ha acumulado tanto poder, pero lo ha hecho ilegalmente. Y es que desde el 1 de mayo de 2020, con motivo del golpe de Estado, El Salvador dejó de ser una democracia y pasó a convertirse en un régimen autocrático, en la que la sola voluntad de una persona es que la pretende regir el destino del país.

Seamos claros: la esencia de una democracia no es la legitimidad de origen (elecciones libres), sino la legitimidad de ejercicio y, al respecto, la gestión bukelista es un ejemplo clásico del canon fascista, un caso de manual de cómo un gobernante que llega al poder legítimamente ocupa su popularidad para subvertir y destruir las frágiles bases de un proceso democrático.

Y otra característica de la administración bukelista es la profundización de la mentira, al extremo que pasó a convertirse en la divulgación de un mensaje de odio, en la consolidación de la polarización política y social, ya que califica a la disidencia como enemigos internos, y ejecuta una política de violación a los derechos humanos, creando un ambiente de insensibilidad hacia el prójimo.

Hay varias muestras de ese discurso insolidario y conductas represivas: la desatención estatal a la tragedia de los desaparecidos (con tal que no se afecte la imagen del gobierno, ministros y fiscales revictimizan a desaparecidos y familiares); el establecimiento de presos políticos; la desatención a las necesidades más apremiantes de las personas; el derroche de fondos públicos para el exhibicionismo vulgar y ofensivo; etc.
Así, por ahora, el legado del presidente Bukele, amén de crimen organizado y corrupción, es alucinaciones, dictadura y odio.

No sé ustedes, pero este servidor piensa que eso no nos hace un mejor país.

Abogado constitucionalista.

KEYWORDS

Corrupción Política Nayib Bukele Opinión Represión Política

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