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A corazón abierto

Este episodio nos invita a reflexionar sobre el compromiso que implica la profesión médica, una aptitud que trasciende horarios, límites físicos y emocionales, enfrentándose al caos con un objetivo claro: salvar vidas. También nos recuerda que detrás de cada procedimiento quirúrgico hay historias humanas, rostros anónimos que recobran la vida gracias a manos expertas y cerebros dispuestos.

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Por Mirella Schoenenberg Wollants
Publicado el 22 de enero de 2025


El soldado yacía inmóvil. Había sufrido un paro cardiorrespiratorio y no respondía a las maniobras de resucitación. Era una noche caótica en la sala de Emergencias del Hospital Militar Central, sobre la Alameda Roosevelt, saturada de soldados heridos en combate. Las nueve marcaban el reloj cuando el doctor Jorge Reyes Ruiz cruzó el umbral. Era el Jefe del Departamento de Cirugía y principal profesor de la especialidad, una figura imponente en aquel caos.

—Doctor, este paciente no responde porque tiene un neumotórax a tensión. Tiene múltiples entradas de esquirlas en el tórax. Ya le colocamos un tubo torácico, pero no resolvió —informó con precisión el doctor Rafael Chang Calero, residente quirúrgico de tercer año.

Reyes Ruiz no perdió tiempo. Se quitó el saco verde que llevaba y lo entregó con una seña al residente Guayo Vásquez. Con movimientos precisos, se arremangó la camisa y pidió guantes. Su voz firme ordenó:

—El retractor.

En segundos, las enfermeras dispusieron una mesita portátil con tijeras de trauma, bisturí, un retractor torácico de Finochietto y pinzas quirúrgicas. Todos en la sala se detenían a mirar. Sabían que algo extraordinario estaba por ocurrir.

Reyes Ruiz tomó el bisturí y realizó una incisión precisa en el lado izquierdo del tórax, desde la línea medio-axilar hasta el esternón, siguiendo el quinto espacio intercostal. Aquella línea marcaba el camino hacia el corazón y las estructuras vitales del tórax. Con la tijera de trauma, cortó los músculos intercostales. Pero el acceso seguía siendo limitado. Sin titubear, tomó las pinzas quirúrgicas y retiró dos costillas. El espacio creado permitió colocar el retractor torácico, abriendo la cavidad y exponiendo el corazón.

Los residentes observaban con una mezcla de asombro y reverencia. No todos los días se presenciaba una toracotomía abierta de emergencia, un procedimiento reservado para los mejores. Pero Reyes Ruiz no era cualquiera: formado en el Hospital Nacional Rosales, su experiencia y dominio lo habían convertido en una leyenda entre sus colegas.

Para ese momento, las enfermeras y residentes ya lo habían preparado todo: una vía subclavia, líquidos endovenosos y una sonda vesical estaban listos. Con un gesto rápido, Reyes Ruiz indicó a Leonel Martínez Villacorta, residente de segundo año, lo que debía hacer. Sin dudar, Leonel subió a la camilla, apoyando sus rodillas en los bordes, e introdujo su mano en la cavidad torácica. Sus movimientos eran rítmicos, constantes, masajeando el corazón directamente, devolviendo vida a aquel órgano silencioso.

— ¡Vámonos, pues! —ordenó Chang Calero.

La camilla se convirtió en una procesión frenética. Enfermeros y residentes la empujaban a toda velocidad hacia el ascensor, mientras Leonel mantenía su posición sobre ella, sosteniéndose firme con sus rodillas sobre los bordes para no interrumpir el masaje. Una enfermera corría al costado, administrando medicamentos con una jeringa a través del catéter. La escena era una carrera contra el tiempo, con el eco de pasos apresurados resonando en los pasillos.

—Estabilícenlo. Allá arriba los espero —dijo Reyes Ruiz con calma, desapareciendo hacia el tercer piso, donde las luces de la sala de operaciones esperaban.

En quirófano, el equipo trabajó sin descanso. Reyes Ruiz, acompañado de dos residentes, realizó la cirugía que marcó la diferencia entre la vida y la muerte. El soldado sobreviviría. No solo aquel día, sino muchos años más, como testimonio de una noche donde la habilidad y la valentía superaron lo imposible.

Aquella noche de finales de 1989, en la sala de Emergencias,no solo se salvó una vida: se demostró la diferencia que puede marcar el conocimiento, la preparación y el valor en circunstancias extremas. La toracotomía abierta de emergencia realizada por el doctor Jorge Reyes Ruiz no fue un acto rutinario, sino un testimonio del poder de la medicina cuando se combina con humanidad, decisión y trabajo en equipo.

Este episodio nos invita a reflexionar sobre el compromiso que implica la profesión médica, una aptitud que trasciende horarios, límites físicos y emocionales, enfrentándose al caos con un objetivo claro: salvar vidas. También nos recuerda que detrás de cada procedimiento quirúrgico hay historias humanas, rostros anónimos que recobran la vida gracias a manos expertas y cerebros dispuestos.

En un mundo donde a menudo nos enfocamos en lo inmediato y lo superficial, momentos como este nos enseñan la importancia de estar preparados, de nunca dejar de aprender y de trabajar con un propósito más grande que nosotros mismos. Cada segundo cuenta, y cada decisión tienen el potencial de cambiar un destino.

La lección es clara: en la medicina, como en la vida, no siempre tendremos certezas, pero debemos actuar con convicción. Porque cuando el conocimiento y la humanidad se encuentran, el resultado puede ser extraordinario. ¡Hasta la próxima!

Médica, Nutrióloga y Abogada/Mirellawollants2014@gmail.com

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