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Matar lo que se ama: la serpiente y el culebrero

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Por Carlos Balaguer
Publicado el 03 de marzo de 2025


Matar lo que se ama: "Ya no llevaba la guerrera escarlata, porque la sangre y el vino son rojos. Y sangre y vino había en sus manos cuando le encontraron con la muerta: La pobre mujer que él amaba y a quien había matado en su lecho". ( O. Wilde, "Balada de la Cárcel de Reading"). Era un personaje del folklore colombiano: un culebrero vendedor de yerbas, elíxires y pócimas curativas que recorría ciudades, pueblos y villorrios, con una serpiente enrollada en su cuello. (Cual la silenciosa soga de quienes han de ser ahorcados). El ofidio era su leal compañera de vida y de viajes. Juntos andaban por la vida y sus largos caminos, ganándose el sustento con su curandería trashumante. La serpiente era, pues, además su socio y cuidandero. ¿Quién se hubiera atrevido a atacar al culebrero mientras éste dormía, si su venenosa compañera velaba su sueño con sus ojos de luz, atentos en la sombra? Uno al otro se necesitaban, por el destino de venir al mundo a atarnos unos a otros, aprender a amarnos y volvernos mutuamente necesarios. "La otra persona se ha convertido en una necesidad para él" -reza el axioma. Pero la vieja alianza del hombre y la serpiente habría de acabar. Y así, un buen día -mientras el culebrero estaba en una plaza de Cali, vendiendo sus pócimas y yerbas curativas- el reptil asestó una mortal mordida en su cuello, inoculándole en la yugular su veneno. Aquél cayó al suelo sin vida. "Matar lo que se ama", escribe Wilde. Porque hay algo de víbora en el ser humano y algo de humano en la víbora.

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