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Mario Vega: Peligros de los discursos de odio

El problema de los mensajes de odio que se propagan por las redes es un fenómeno creciente que llevó la semana anterior al Tribunal Internacional de Justicia de las Naciones Unidas a pronunciarse en contra de su uso. Son una amenaza a los derechos humanos, ya que fomentan la discriminación y tensan el ejercicio legítimo de la libertad de expresión.

Por Mario Vega

En julio de 2018 una comunidad nómada pasaba por el estado de Maharashtra, India. Los hombres del grupo conversaban con los vecinos del lugar cuando de repente fueron rodeados por una multitud que, sin mediar palabra, los atacó a golpes con varas de bambú y pedradas. El ataque continuó sin piedad hastar provocar el asesinato de cinco de ellos. ¿Qué había ocurrido? En esa villa los vecinos se estaban conectando por primera vez a Internet y a través de WhatsApp había circulado viralmente una historia sobre un grupo de pedófilos que pasarían vacaciones en esa zona para raptar niños. La historia era totalmente falsa, era solo un invento que circulaba por las redes sociales. Pero los vecinos de la villa no sabían distinguir una fuente confiable de una falsa y terminaron cometiendo la matanza.

El problema de los mensajes de odio que se propagan por las redes es un fenómeno creciente que llevó la semana anterior al Tribunal Internacional de Justicia de las Naciones Unidas a pronunciarse en contra de su uso. Los discursos de odio son una amenaza a los derechos humanos, ya que fomentan la discriminación y tensan el ejercicio legítimo de la libertad de expresión. El fenómeno se produce tanto en sociedades democráticas como en regímenes autoritarios. Consiste en el uso de arengas de intolerancia política que generan un ambiente de fanatismo que puede incitar a la violencia, sobre todo cuando se tocan las emociones de las personas. El rapto de un hijo es un suceso muy emocional y nadie puede prever cuál será la reacción de quienes ven y leen las mentiras. La aversión que se desarrolla puede conducir a una barbarie como la ocurrida en la India.

Pero los jueces de la máxima instancia judicial de las Naciones Unidas, con sede en La Haya, no emitieron su censura en relación con lo ocurrido en la India sino que en relación con otro caso emblemático. Su resolución se plantó en contra de los discursos de odio usados en el diferendo entre Armenia y Azerbaiyán, países vecinos entre los cuales existen conflictos de tipo racial. El Tribunal Internacional de Justicia estableció medidas de emergencia en contra de las expresiones de odio que, solo en el año que recién termina, provocó más de 5,000 víctimas entre esas naciones. Las expresiones irrespetuosas y humillantes no son una broma; provocan muertes y abusos. Los memes virtuales provocan agresiones en el mundo real. De allí que el Tribunal vio necesario pronunciarse sobre la amenaza.

Los insultos fueron un componente primordial en las demandas presentadas ante la entidad de justicia internacional. Expresiones como “bárbaros”, “animales”, “ladrones”, “vándalos”, “enemigos”, “cobardes”, “no son dignos de estar sobre la tierra”, entre otras, fueron citadas en los alegatos de ambos países que han recibido una orden, sin antecedentes en la historia de la organización, en contra de su uso para prevenir el odio racial y más muertes. Los jueces no han distinguido entre los insultos de uno u otro lado, sino que exigen —por unanimidad— la aplicación de disposiciones para que cese la incitación al odio.
El problema no solo es que en la promoción del desprecio y la ira se cometen muchas veces ilícitos sino que crea el clima para que se cometan otros abusos y violaciones. Cuando el odio se desata puede ir en cualquier dirección y pueden resultar afectadas las mismas personas que lo fomentaron. En ese ambiente se deshumaniza al vecino y se le considera una amenaza cuando la verdad está muy lejos de parecerse a eso.

Las medidas recomendadas por el Tribunal no son vinculantes, pero poseen un peso moral importante. Cuando se trata de la persona humana y de sus libertades, el asunto pasa al terreno de la ética básica. El respeto a las personas es respeto a Dios, pues cada persona lleva en sí misma la imagen y semejanza del creador. De allí que constituye un imperativo cristiano el luchar por el fomento de la tolerancia, la libertad para disentir y el respeto a las preferencias de cada persona. El modelo de Jesús a favor de las minorías y los marginados es el ejemplo a seguir por aquellos que gustan llamarse sus seguidores.

Pastor General de la Misión Cristiana Elim.

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