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Trilogía: El odio…

El odio va estimulando el surgimiento de una personalidad narcisista u egocéntrica; a mayores niveles de odio, más megalomanía, llegando a estar atrapado en una atmósfera de odio; así el odio exige lealtades –que un grupo odie lo mismo-. Parafraseando a Mandela, el odio es como tomar veneno y esperar que mate a tus enemigos

Por Óscar Picardo Joao

El odio (del latín Odium, Odio, Odere= aversión, aborrecer) es sinónimo de hostilidad, resentimiento, rencor, lo cual genera un sentimiento de profunda enemistad y rechazo que puede conducir a diversos niveles de maldad.
El odio es un sentimiento profundo de repulsión hacia alguien o algo que provoca el deseo de producirle un daño o de que le ocurra alguna desgracia. Se trata de un intento interno por rechazar o eliminar aquello que genera un particular disgusto. Inclusive, desde el psicoanálisis, se proyecta como un estado del yo que desea destruir la fuente de su infelicidad.
El odio, como contrario al amor, afecto o estima, alimenta la ira y la hostilidad, pudiendo llegar a límites violentos. En efecto, hay en torno al odio una fauna de conceptos: Misandria, Misantropía, Misoginia, Misoteísmo, así como delitos de odio, discursos de odio y grupos de odio; ejemplos en la historia de la humanidad sobran, desde San Oscar Romero (in Odium Fidei) hasta Luther King Jr. (in Odium Iustitiae), pasando por la masacre de El Mozote o la de los padres jesuitas de la UCA, o tocando las aristas del KKK, Trump, entre muchos otros casos.
En la literatura encontramos el “odium abominationis” como desprecio de alguna cualidad negativa, y “odium inimicitiae”, que se refiere directamente a las personas. Odiar a personas concretas sería algo malo, mientras que odiar conceptos abstractos podría ser menos grave, aunque odio es odio y en la intensidad o métrica las diferencias son imperceptibles.
Existe también el “odio político” que puede surgir de un desprecio, amenazas o peligros. El odio a nivel político ha tenido históricamente gran poder movilizador, precisamente por las vinculaciones con el binomio identidad/alteridad. Los odios públicos buscan causar mal a un colectivo concreto y suelen ser caldo de cultivo para diversas manifestaciones, como los delitos de odio o los genocidios.
El odio es una conducta contagiosa. El odio se aprende y se estimula en la familia. A uno desde niño (a) le enseñan a odiar; nos acostumbramos a odiar a algo o a alguien; odiamos para protegernos o defender nuestros perturbados paradigmas.
El odio nos lleva a la ira, emoción que consiste en la intención de causar un estado de pesar a alguien, como venganza, por un desprecio manifestado o la impresión de haber sufrido una injusticia. Odio, ira, envidia nos remite a una “aversión” que nos puede llevar a progresivas conductas violentas e insensibilidad.
Podemos odiar a los hombres o mujeres, a los ricos o pobres, a los autóctonos, negros, chinos, latinos o caucásicos, a los del otro equipo, a los de la capital, a los de tal cual iglesia, a los de derecha o izquierda, a los progresistas o conservadores. La idea es tener siempre a un enemigo en la mira.
Parece ser que algún nivel de odio define a los individuos y genera marcas de pertenencia social o jerarquías entre mejores o peores. Podríamos afirmar: Dime que odias y te diré quién eres. Inclusive, ahora, con las redes sociales y desde un cómodo anonimato, nos suscribimos a causas digitales de odio y aparecen los “haters” (odiadores de oficio).
Un estudio publicado en la revista Journal of Personality and Social Psychology (Hepler – Albarracín, 2013) muestra que los Haters les importa muy poco el objeto de sus ataques: El odio está en las personas que odian no en el sujeto que lo sufre.
El odio va estimulando el surgimiento de una personalidad narcisista u egocéntrica; a mayores niveles de odio, más megalomanía, llegando a estar atrapado en una atmósfera de odio; así el odio exige lealtades –que un grupo odie lo mismo-. También puede haber a la base “complejos” y experiencias traumáticas de la infancia –maltrato, violencia, etc.-
El súper hombre Nietzsche definió el odio como un estado de alerta intelectual, casi de supervivencia: “El hombre de conocimiento debe ser capaz no solo de amar a sus enemigos, sino también de odiar a sus amigos”
Del simple enojo a la feroz antipatía hay tan solo un paso. Todos nos enojamos, pero cada quién decide hasta dónde debe escalar o hasta dónde puede llegar. Como Jano tenemos dos caras: Ternura y odio, una puede prevalecer sobre la otra, la decisión está en nuestra madurez y voluntad.
Parafraseando a Mandela, el odio es como tomar veneno y esperar que mate a tus enemigos, quien lo toma es uno, y ese sentimiento de acrecienta y se revierte. En definitiva, El odio no es más que carencia de imaginación, creatividad e inteligencia, recurrir a lo más básico y reptiliano de nuestra mente para dar una respuesta abyecta…

Investigador Educativo/opicardo@asu.edu

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