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“El río se llevó los cuerpos de los que murieron”, dice sobreviviente de masacre

Este campesino originario de San Esteban Catarina tenía 15 años cuando junto a sus padres y hermanos menores salió huyendo de los bombardeos... Eso lo llevó a ser testigo de la masacre que acabó con la vida de su madre, su abuela y una de sus hermanas.

Por Lilian Martínez | 21.Ago.2021

masacre calabozo (10)

Efraín Carrillo tenía 15 años cuando junto a sus padres y seis hermanos huyó del caserío San José, de San Esteban Catarina, y terminó a orillas del río Amatitán, donde vio como desde la otra orilla soldados disparaban contra ancianos, mujeres y niños desarmados, en lo que él y otros sobrevivientes recuerdan como la masacre de El Calabozo.

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Treintinueve años después, El Diario de Hoy habló con él sobre lo que vivió, cómo logró sobrevivir y sobre por qué cree que las nuevas generaciones deben escuchar testimonios sobre las tragedias ocurridas durante el conflicto armado de los años 80.

¿A qué se dedicaban ustedes y sus papás en 1982? ¿De qué vivían?
Mi padre era agricultor y pues en esa época del conflicto yo estaba estudiando y a penas estudié hasta cuarto grado de primaria, por esa situación no pude seguir. Yo tenía 15 años de edad cuando se dio la masacre de El Calabozo.

¿Qué recuerda de agosto de 1982?
Días antes se miraba movimiento… Escuchábamos aviones y de repente se escuchaban disparos esporádicos y artillería. Un poco más tarde, ya era más fuerte el enfrentamiento, se escuchaban los disparos de las armas más cerca y de repente la zona toda fue invadida. Se dice que fueron 9,000 efectivos los que invadieron la zona. ¡Imagínese usted 9,000 efectivos!

¿Y qué andaban haciendo esos soldados? ¿Qué decían las noticias?
Bueno, las noticias podrían decir una cosa, pero la realidad era otra.

¿Qué decían las noticias?
Bueno la radio la escuchábamos bien poco, pero las noticias decían que iban a arrasar, que era una operación a exterminar y, en efecto, eso era lo que ellos pretendían. Fue tanto así que, cuando estos señores entraban en la zona todo lo que encontraban a su paso, para ellos era su enemigo, era lamentable ver que los poco cultivos que encontraban ellos arrasaban, los cortaban, apodaban la milpa. Los árboles frutales de igual manera los cortaban, aves de corral las mataban también, las casas eran destruidas en su totalidad, las que podían les daban fuego, las que no, las derribaban de otra manera, demolían las casas, ahí no respetaban ni condición, ni edad, ni género.

Efraín Carrillo aún no se atreve a visitar El Calabozo.

¿Y qué fue lo que vivió usted?
estaba ahí. Era tanta la desesperación que la gente ya no hallaba escapatoria; salimos huyendo del caserío. Yo recuerdo que estábamos concentrados en un río cerca de El Calabozo (río Amatitán) y alguien dijo: “Vamos a tratar la manera de escaparnos o de sacar a la gente de este lugar”. Era difícil, los que nos guiaban ya no podían controlar la situación y fue así que una noche decidieron movilizar a la gente; quizá habíamos caminado unos dos, tres kilómetros cuando un puñado de gente se fue y nosotros quedamos aislados.

Estoy hablando de dos noches antes de la masacre, eso fue por ahí como a las 10 de la noche. Entonces unos hombres armados estaban obstaculizando a la gente y decían: “Hey, ya no caminemos, regresemos al mismo lugar”. Y la gente bien desesperada, unos tirados en el suelo, otros lograron escapar por algunas veredas, pero de ahí toda la gente se quedó aislada, tanto era que esos hombres querían que regresáramos al mismo lugar, ahí al río.

Nos llevaron hasta el río nuevamente y en la mañana del día siguiente esos hombres desaparecieron. Bueno, ese día se escucharon disparos como a medio kilómetro y llegaba más gente armada. Nosotros nos confundimos, no sabíamos si eran de la Fuerza Armada o eran guerrilleros y la gente preocupada, desesperada porque ya teníamos a pocas cuadras a los de la Fuerza Armada; la desesperación por querer comer o beber, porque era imposible, tanto así que hubo niños que murieron de hambre, yo soy testigo de eso.

El 22 de agosto en la mañana fue la masacre y pues a eso de las 8 de la mañana, aproximadamente, escuchamos una voz y decía “¡compas, compas!” haciéndose pasar como que eran guerrilla, en ese momento, mi hermana, mi hermano y mi primo corrieron… Hice lo mismo, seguirlos a ellos… y empezaron a dispararnos. Los que no corrieron murieron. En esa masacre murieron mi madre y tres hermanos el mismo día: un varón de 9 años y las niñas de 11 y 4 años; junto a ellos mis abuelos, tíos, primos hermanos, parientes lejanos también, a parte de amigos y conocidos.

Nosotros, la verdad, de donde fue la masacre, no nos retiramos más que unos 100 metros, porque los matorrales eran muy pequeños.

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¿Me puede recordar los nombres de sus hermanos y familiares que murieron?
Sí, mi madre Eulalia Orbelina Carrillo Rivas, mi hermana Godelia Aguilar, mi hermano Helio Aguilar y la niña que se llama Hensi. Mi padre sobrevivió a la masacre y también murieron mis tías, hermanas de mi madre. Orlinda Carrillo y murió también Argelia, pero ella murió en otro lugar… Dar este testimonio para mi no es cosa fácil, pero voy a tratar hasta donde yo pueda llegar.

Recuerdo que un señor llamado Amado Carrillo, esa mañana dio la orden, y dijo que subieran a la mayoría a la parte alta, “súbanse las personas que puedan”. Y subimos mis hermanos y viene mi hermano Rosell y empezó a bajar a mi hermanita pequeña, pero mi papá le dijo: “ahí dejalos ya no los bajes”, bajó a mi hermana Adelia y Hensy, quedándose mi hermano en la parte alta. Mi hermano se quedó en la parte alta. Justamente donde mi madre murió, ahí quedó; luego mi hermana, que tenía 11 años.

¿Cómo se escapó?
Encontramos un arbusto llamado Sombra de Armado que era pequeño, pero hacía parra y ahí entramos. Pasó una columna de soldados por lo menos hora y media; pasaron como a un metro y nosotros escondidos abrazando a mi hermano… Pasó como hora y media, y daban órdenes de buscar y seguir a la gente por los rastros.

Luego las balas que pasaban arrasando ahí y, de repente, empezó a circular un helicóptero y se oía un estruendo… Dicen que los cuerpos fueron quemados.

Ahí como a las 8:00 de la noche le digo a mi primo: “Dimas, yo quiero ver por última vez a mi madre, a mis hermanos y a mis parientes, vamos a ver”. “No, no vayamos”, me dijo. Tenía razón porque estaba asustado y era precavido… En mis adentros me dolía mucho. Normalmente, cuando una persona muere hay un velorio y se le da cristiana sepultura, pero ahí de una vez, ni velarlos ni enterrarlos, a unos se los llevó el agua.

Cada año hay un acto en memoria de las víctimas de El Calabozo, masacre ocurrida el 22 de agosto de 1982.
Foto EDH/ Francisco Rubio

¿Regresaron al río?
No regresamos, nos mantuvimos ahí a escasos 100 metros y al día siguiente mi hermano me decía que tenía sed y hambre. Hasta esa fecha llevábamos no menos de seis días sin comer y unos dos días sin beber. Entonces, cuando llovía yo cortaba ramas y le ponía las hojas húmedas en sus labios. Entonces les decía: “Salgamos… Total nuestra vida ya no tiene sentido, salgamos”. Según yo, ya habían matado a mi padre. “No, nos salgamos me decía mi primo”. Entonces le dije que tenía mucha sed y que en la tarde saliéramos al río… Ahí venía el agua sucia, se miraba como mantecosa y pues arriba habían matado animales, además de gente… Ahí bebimos todos y caminamos por el río, siguiendo la parte opuesta sobre el río.

¿Y a dónde querían llegar?
Queríamos llegar a nuestro lugar, veníamos buscando la parte sur de nuestra zona, del cantón San José.

¿Cuánto tiempo caminaron?
Diez días para ser exactos. El décimo día en la mañana les dije: “Quédense o me siguen pero yo salgo pase lo que pase, yo voy a salir a la calle a ver a la gente. Si nos matan un favor me van a hacer a mi, ya estoy cansado, he perdido lo mejor que es mi familia y ya no tiene sentido”. Yo fui el primero y después ellos detrás. Encontramos a una señora por ahí, y ya más adelante me encontré un muchacho que se llamaba Fabián… Nos llevaron a su casa, casas destruidas casi solo las paredes, eran gentes que andaban en la misma situación que nosotros, pero llegaron antes. Al llegar ahí encuentro a unas mis primas, Yolanda y Noemy.

Solamente sobrevivieron ellas dos de nueve hermanos. Después de 10 días sin comer me dieron dos tortillas y no me comí ni la cuarta parte de esas tortillas, solo me tomé una sopa y hasta ahí quedé, ya se me había pasado el hambre. Fue terrible y así fue que logramos llegar hasta la casa y encontramos a mi padre, él salió por un lado y nosotros por otro.
Es duro, para ser honesto, alguien me dice que estas cosas se olvidan, pero yo mientras viva nunca me voy a olvidar, los hechos no los olvido. Quizá porque es de recordar cómo le quitaban la vida a una persona indefensa. ¿Qué culpa pudo haber tenido mi madre? Porque yo sabía que ella no estaba ligada a ninguno de esos movimientos. Mis hermanos, una niña de 11 años, ¿qué idea podía tener en su cabeza de un conflicto?

¿Y alguien de su familia o sus vecinos sí estaba relacionado con la guerrilla?
Seguramente sí, pero en la zona ahí del conflicto, eso no se puede ocultar porque la zona era conflictiva, pero la gente de masas no tenía nada que ver.

¿A qué se refiere cuando dice “gente de masas”?
Yo a gente de masa me refiero a las que no tiene participación en el conflicto, yo digo, esa gente libre de culpas e indefensa a la vez, ¡imagínese usted un niño de tres años no tiene ni idea en su cabeza! A parte de indefenso, libre de culpas. Fueron casos terribles.

Y ahora, cuando han pasado 39 años, ¿qué le diría a una persona que nos pregunte por qué estamos hablando de esto si pasó hace tanto tiempo?
Es muy importante, porque las personas que no vivieron esta experiencia tienen que conocer la historia aunque sea en papel y para que las cosas no se repitan. Porque los que vivimos este conflicto, en lo personal, no quisiéramos regresar a eso. Sí vale la pena, duele recordar, porque no es nada fácil recordar estos momentos, pero tampoco puede olvidar.

Monumento en memoria de las víctimas de El Calabozo.
Monumento edificado a orillas del río Amatitán en memoria de las víctimas de  El Calabozo en San Vicente. Foto EDH/ Francisco Rubio

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