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Claves del triunfo de Xiomara Castro de Zelaya en Honduras

Por un lado, hubo un voto de castigo a Juan Orlando Hernández, el presidente acusado de tener vínculos con el narcotráfico, y a su Partido Nacional. Por otra parte, la presidenta electa rompió la imagen de ser de izquierda radical y dio un giro al centro.

Por Ricardo Avelar | Dic 05, 2021- 21:00

La izquierdista, Xiomara Castro, es la primera presidenta de Honduras. Foto / AFP

En medio de las celebraciones por el triunfo de Xiomara Castro, la primera mujer que ocupará la silla presidencial de Honduras, una canción llamó poderosamente la atención de observadores dentro y fuera del país.

Con un ritmo pegajoso, asemejando los corridos mexicanos, la canción expone las virtudes de la ahora presidenta electa del vecino país. Destaca su transparencia, su trabajo duro y su honestidad. Sin embargo, el burlón coro de esta tonada, escuchada en las caravanas de todas las carreteras del país y en las concentraciones para celebrar el triunfo de la alianza opositora, muestra otra cara del festejo: “JOH, JOH, JOH”, gritan en coro los hondureños, en referencia al presidente actual, Juan Orlando Hernández, cuyo partido perdió la contienda.

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Y es que una de las claves de la victoria de Xiomara no está precisamente en su propia candidatura, que también tiene muchos méritos. En Honduras había un sentimiento de hartazgo no solo ante el Partido Nacional, que ha gobernado los últimos doce años, sino ante los abusos de poder (el presidente actual se reeligió en unos comicios poco transparentes y después de cambiar las reglas que le impedían correr de nuevo) y las presuntas vinculaciones con grupos criminales y narcotráfico del mismo mandatario.

En la misma canción de celebración, de hecho, un fragmento dice: “Se llevan al dictador, allá le darán sus pants, la corte de Nueva York, JOH, JOH, JOH”. Esta línea es una clara referencia a la corte donde su hermano, Tony Hernández, ha sido condenado a cadena perpetua por cuatro delitos relativos al tráfico de drogas.

Según la periodista Hondureña Jennifer Ávila, fundadora y editora en jefe de Contracorriente, el triunfo de Xiomara Castro también “fue un voto de castigo para el Partido Nacional por el odio, el rechazo que tenía la gente contra de Juan Orlando Hernández (JOH). Desde tempranas horas (del domingo 28 de noviembre, día de los comicios) las canciones que sonaban aquí eran las que dicen que Juan Orlando tiene que ir a pagar a Nueva York su pena por ser conspirador de narcotráfico”, dijo.

En una entrevista radial en El Salvador el pasado lunes, esta periodista explicó que en su país “la gente, más que votar por Xiomara (Castro) votó en contra del Partido Nacional, eso le jugó muy fuerte a Nasry Asfura”, el candidato oficialista. Añadió: “Anoche (domingo 28) hubo carnaval pensando en la salida de Juan Orlando Hernández y acabar con 12 años de gobierno del partido Nacional nefastos para el país”.

Esta podría ser la primera clave del giro de timón que ha dado el vecino país: el hartazgo con los constantes indicios de corrupción, con las señales de alianzas entre el gobierno y grupos criminales, y con los abusos de poder que incluso doblaron la Constitución para asegurar la permanencia de un presidente más allá de su legítimo mandato.

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Si bien esto puede servir para comprender el entusiasmo por sacar de su silla a un presidente acostumbrado cada vez más a irrespetar los límites legales de su cargo, no termina de explicar por qué optar por una alternativa que hasta hace pocos años lucía radical para gran parte del país. Es decir, además del rechazo a JOH y el Partido Nacional, hay claves del bando de la alianza opositora que favorecieron el triunfo.

El giro al centro
La figura de Xiomara Castro está inevitablemente vinculada a la de su esposo, Manuel “Mel” Zelaya, quien fungió como presidente de Honduras desde enero de 2006 hasta el 28 de junio de 2009, cuando fue derrocado en medio de una presión por reelegirse y de una cercanía con Hugo Chávez y la ola de presidentes de izquierda de ese momento en la región.

Por tanto, sus detractores, así como el oficialismo hondureño, intentaron pintarla como una persona radical de izquierdas capaz de construir en Honduras el “socialismo del siglo XXI”. El mismo día que ganó las elecciones, cuando pronunció las palabras “hasta la victoria siempre”, hubo quienes desde los sectores más conservadores trataron de tildarla de comunista.

Pero su campaña fue precisamente lo opuesto. Si bien Castro sigue siendo una figura de izquierda, en sus apariciones públicas se mantuvo alejada de su esposo, quien simplemente ha afirmado que fungirá como un asesor del gobierno.

Además, el partido Libertad y Refundación (Libre) celebró una alianza con el popular Salvador Nasralla, un expresentador y figura de la centroderecha, que en 2017 buscó arrebatarle la presidencia a JOH y no lo logró. Nasralla será el vicepresidente de Honduras a partir de enero.

Esta alianza devolvió la calma a miles de hondureños cansados del Partido Nacional, pero temerosos de un giro radical hacia la izquierda.

En declaraciones a la cadena británica BBC, el analista hondureño Raúl Pineda Alvarado afirmó que “la incorporación de Nasralla descafeinó a Libre como partido radical de izquierdas. Entiendo que hay acuerdos para que sea una izquierda moderada como la de Bachelet, Mujica o Ricardo Lagos, y no una izquierda chavista”.

“Y aquí, la izquierda no es un tema que pegue mucho. Será un gobierno con clara tendencia a lo social, pero no a lo socialista”, dijo este analista y exdiputado a la BBC.
La combinación de un oficialismo impopular y acusado de corrupción, y una opción opositora que pasó de ser vista de izquierda radical a ser de centro, además de una crisis de pobreza y violencia en gran parte del país favoreció esta alternancia en el poder.

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Nueva forma de comunicar
Xiomara Castro además eligió un camino poco convencional en la conservadora Honduras: en lugar de polemizar y atacar de frente a su rival, ofreció mensajes optimistas y de esperanza.

También superó la fragmentación ideológica con la centroderecha al aceptar la alianza con Nasralla y optó por volver las redes sociales un vehículo importante para su campaña.
Con esto, logró generar el entusiasmo de jóvenes y de poblaciones generalmente apáticas a la política. El resultado fue claro: el 28 de noviembre votó un 11% más que en los comicios de 2017.

Con ello, la ahora presidenta electa tiene un titánico reto frente a sí: la alta expectativa de todo un país harto de la corrupción y la confrontación política estéril. De cumplir, puede marcar historia en un golpeado país. Por lo contrario, si le falla a los hondureños y desinfla el entusiasmo, o si abusa del poder como tantos de sus predecesores, podría configurar el escenario perfecto para una pérdida total de confianza en la democracia y el surgimiento de una opción antipolítica que pueda seguir haciendo un profundo daño a la región.

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