“El fruto herido de la vida”
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En los principios de la vida, la Divinidad Creadora -tomando un poco de barro- hizo al Hombre y a la Mujer. Por ojos, les puso en su rostro dos estrellas de la noche infinita. Por orejas, dos caracolas de mar. Sobre sus cabezas un penacho de algas como cabellera. En sus labios la voz del eco y el cantar de las mareas. Por corazón, puso un fruto en su pecho. Con ello la universal criatura de arcilla podría dar dulzura y amor. Pero el viaje de nuestra existencia tiene muchas vueltas. Unas veces dichosas, en otras de infortunio. Porque -a partir de aquella distante y celeste creación- entraríamos a un perdido paraíso que nos esperaba con días luminosos y lluviosos; con noches oscuras y otras luminosas. A veces vivimos un sueño. En otras un sueño nos hace vivir. La fábula del fruto herido de la vida que escribí -dictado por la misma vida- dice así: “En mi sueño me encontré llorando, como tantas veces me habría de ocurrir. Entonces pregunté al Padre: ¿Por qué el ser humano -aunque sea rico, fuerte, bello, sano, sabio, justo o que ame sin medida- no puede escapar de conocer el dolor, durante su existencia? Entonces la deidad me respondió, dándome un fruto perfumado y una daga: Pártelo en dos, me dijo. Sólo así brotará la miel de su dulzura. El fruto es el corazón humano. Tiene que ser herido por la vida, para que surja de él lo más hermoso” -terminó diciendo. (De “Fábulas sin Tiempo” ® C.B.)

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