El templo del regreso (II)
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Luego de entrar al olvidado santuario de la desolada estepa, Kanya -el buscador de sí mismo- un anciano monje de sarong blanco con hilos de oro, salió al encuentro del recién llegado y desconocido viajero. Al ver su rostro y su mirada sintió conocerle. Mas era el único habitante del templo y no sabía su nombre ni por qué estaba en su espera. El beato sonrió serenamente, con una mirada de paz y dulzura. Lo desconcertante fue que -en vez de decir “Bienvenido” –dijo-. “Has regresado”. Lo hizo viéndole a los ojos con ternura, como nos mira nuestra imagen astral en el espejo. Luego fue hacia él con calma. Sus almas se encontraron, estrechándose en el sublime abrazo de un regreso. Entonces el santo se desvaneció, sin vida y sin luz, convirtiéndose en cenizas que arrastrara la ventisca de la llanura. Antes de desaparecer exclamó emocionado: “¡Bienvenido! Tú me continúas. Has regresado”. Luego todo quedó en silencio, pues Kanya era ya el único habitante de aquel santuario, perdido en el páramo del tiempo y las lejanías. Después de eso entró al gran salón, vislumbrando al fondo una llama eterna, que flameaba en el altar de algún dios desconocido. Comprendió que él sería entonces el encargado de mantenerla encendida, pues el monje que lo hacía antes, ya no estaba. Desde aquel día Kanya pasó largos años de entera soledad, perdurando vivo el fuego sagrado. Aguardando con ello el día en que apareciera por allá, algún errante caminante buscador de sí mismo, para que le continuara en su misión. (Libros Balaguer: Librería UCA y La Ceiba).

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