La mejor edad de la vida
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El hombre puede hacer de su vida gozo o desdicha; crear su paraíso o, si lo quiere, su infierno. De la elección de su corazón depende su felicidad. Si de pronto, al estar en un lugar rodeado de muchas personas, empezáramos a preguntar a cada quién cuál es la mejor edad de la vida, cada quien diría su propia respuesta. Para un niño, la mejor edad será la de ser niño, porque así podrá comer caramelos, jugar, cazar estrellas y mariposas. En los caballos de nube de su imaginación estará el trote de sus ilusiones por el anchuroso universo de la ilusión. Para otros, la mejor edad de la vida será la juventud, pues en ella la naturaleza expresará su fuerza, esperanza y encanto. Su prodigio está en lo que promete: Sus rosas y sus luces; sus anhelos e ilusiones... En la mocedad es cuando los caminos se abren a quien trata de conquistar su devenir y su ideal. Para un anciano, en cambio, la alegría de la vida ya no estará únicamente en sus emociones de luchas y de conquistas, sino en la contemplación de la naturaleza; en la paz del guerrero después de la victoria de vivir... La vejez es el tiempo de la cosecha de nuestra siembra existencial. Cuando recogemos los frutos de la arada, del tiempo y el amor dentro de un sentimiento de eternidad y gloria. La sabiduría que nos deja la escuela de los años es otro de sus encantos y un fuerte motivo de encontrar en la vejez, la mejor edad de la vida. En fin, para el derrotista no existirán mejores edades de la vida, sino para el que reconoce los premios que ella nos deja. Para el árbol, por igual, cada edad tiene su propio esplendor, su verdor, su floración y frutos... ¡Cuando no el oro de su otoño! (Libros Balaguer: Librería UCA y La Ceiba).

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