OPINIÓN/¿Qué decirte, Francisco?
Me impactó cuando no te fuiste a vivir a los lujosos apartamentos vaticanos, cuando no usaste los zapatos rojos, cuando te negaste a usar una cruz pomposa. Hiciste honor al nombre que tomaste desde el primer día y a tu vocación jesuita.
Podría usar el título de Su Santidad, pero tú mismo dijiste "llámenme Francisco". Este artículo es todo lo que hubiera dicho si, en esta vida, hubiera podido hablar contigo. Lo haremos en la eterna.
Mientras escribo, tengo una vela encendida en mi pequeño altar. Una vela para que Dios haga su perfecta voluntad. Mucha gente no entiende la conexión que los católicos tenemos con el Papa, especialmente desde el Vaticano II. Es algo así como un papá, de quien sabes que esperar. Tú, Francisco, has sido un papá extraordinario. Rompiste tantos esquemas y viviste tu vida tan coherentemente con el Evangelio.
Yo nací con tu Iglesia, Francisco. Tenía apenas tres semanas de haber regresado a la Iglesia Católica cuando fuiste elegido Papa. Circulaba por aquellos días un video dónde se cantaba de "Un Papa Americano", al son de una canción popular. Y tuvimos nuestro Papa Americano-un Jesuita argentino que había vivido todas las tragedias que han sacudido a nuestro hemisferio, que no era ignorante de las realidades de las "periferias", la inestabilidad política y los errores personales.
Me impactó cuando no te fuiste a vivir a los lujosos apartamentos vaticanos, cuando no usaste los zapatos rojos, cuando te negaste a usar una cruz pomposa. Hiciste honor al nombre que tomaste desde el primer día y a tu vocación jesuita. Pero también para mí, tu Iglesia fue la de mis ideales: una Iglesia abierta, en salida, una Iglesia comprometida con traer a Cristo a las realidades del mundo, una Iglesia que aceptaba y no excluía. Por eso has sido criticado por muchos, y es por eso que tu vivencia evangélica es tan coherente: Jesús también fue criticado por defender a quienes la sociedad consideraba "pecadores", aquellos cuya vida incomodaba. Pero tú, imitando a Cristo, los abrazaste, porque sabes que juzgar logra muy poco pero, como bien dice el título de tu libro (el primero que compré como católica) "el Nombre de Dios es Misericordia". Tú viste que las mujeres teníamos un lugar en la Iglesia, te atreviste a salir frente a las cámaras con personas de pensamientos distintos al tuyo, y, aún en tu enfermedad, estás pendiente de esa tragedia humana que es la guerra.
Escribo estas letras, en el Año de Jubileo, año en que espero verte de lejos, así como vi cómo abrías la Puerta Santa en una silla de ruedas, hablándonos también a los enfermos. Espero que para cuando esto se publique, estemos agradeciendo por un milagro. Pero aún ahora, mientras esperamos, nos sigues uniendo a todos: de toda lengua, raza, nación, religión (incluso los que no la tienen), estilo de vida y tendencias políticas. Aún ahora, nos haces reflexionar-y quizás apreciar más-tu legado de justicia y perdón.
Esa velita que encendí ayer esta frente a una estampa de la Divina Misericordia, al lado una imagen de Nuestra Señora Desatanudos, advocación querida tuya. Enfrente, una reliquia de tercer grado del Beato Rutilio Grande, mi héroe en la fe y Jesuita como tú. Esta mañana me di cuenta de que en verdad, la lucecita brilla mil veces más fuerte en la oscuridad. Deseo con toda el alma que el Señor nos conteste y te deje un tiempo más con nosotros, porque en medio de la oscuridad por la que atraviesa el mundo, tú brillas con la luz de Cristo. ¿Qué decirte, Francisco? Gracias por ser luz y por ser un pastor con olor a oveja. Por eso, te necesitamos con nosotros un tiempito más.
Educadora.

CONTENIDO DE ARCHIVO: