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El príncipe Andrés anunció su renuncia a todos sus títulos y honores reales, poniendo fin a más de cuatro décadas de vida pública. /AFP

Príncipe Andrés pierde una residencia y se investiga otra mansión

El príncipe Andrés dejará el Royal Lodge mientras se analiza la venta de otra de sus mansiones y el impacto en el futuro patrimonial de sus hijas.

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Por Lissette Figueroa
Publicado el 08 de enero de 2026

 

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El príncipe Andrés enfrenta un nuevo reordenamiento en su vida patrimonial tras perder el Royal Lodge, residencia que ocupó durante más de dos décadas en Windsor. La decisión, impulsada por el rey Carlos III, también afecta de forma indirecta a sus hijas, Beatriz y Eugenia, quienes no podrán heredar los derechos de uso de la propiedad. Este escenario coincide con una investigación de la BBC sobre la venta de Sunninghill Park, antigua mansión de los York, adquirida en 2007 por un oligarca kazajo por un precio muy superior al valor de mercado. Aunque no existen acusaciones directas, el caso vuelve a situar al príncipe bajo escrutinio público.

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A las consecuencias de la polémica relación del príncipe Andrés de Inglaterra con Jeffrey Epstein —nunca juzgada, pero decisiva para su caída pública— ahora se agrega la pérdida de una de las propiedades más emblemáticas de la familia York y el golpe indirecto al futuro patrimonial de sus hijas, las princesas Beatriz y Eugenia.

El antiguo duque de York deberá abandonar el Royal Lodge, la mansión de 30 habitaciones ubicada en Windsor donde reside desde 2003. La decisión, impulsada por el rey Carlos III y respaldada por el príncipe Guillermo, marca el final de un prolongado pulso interno que comenzó tras la muerte de Isabel II en 2022. La residencia, valorada en unos 35 millones de euros, ya no se considera acorde al rol actual de Andrés dentro de la familia real.

Un contrato polémico y un legado frustrado

Andrés pudo vivir durante 22 años en el Royal Lodge gracias a un contrato de arrendamiento firmado con el Crown Estate en 2003, que le permitió no pagar alquiler. Durante años circuló la idea de que ese acuerdo, con vigencia de 75 años, estaba diseñado para poder transferirse a sus hijas, Beatriz y Eugenia, quienes crecieron en esa casa y celebraron allí momentos clave de sus vidas, desde cumpleaños hasta bodas.

El Royal Lodge, en Windsor, fue la residencia del príncipe Andrés desde 2003 tras un contrato de arrendamiento con la Corona. Fotografía/ House & Garden
El Royal Lodge, en Windsor, fue la residencia del príncipe Andrés desde 2003 tras un contrato de arrendamiento con la Corona. Fotografía/ House & Garden

Sin embargo, esa posibilidad parece hoy descartada. Aunque tanto Carlos III como el príncipe Guillermo evitaron en un inicio perjudicar directamente a las princesas, el desenlace apunta a que el contrato no pasará a la siguiente generación. Así, lo que parecía un legado de estabilidad y estatus para Beatriz y Eugenia se desvanece, convirtiéndose en una de las consecuencias más tangibles del descrédito de su padre.

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Hablar de herencias dentro de la monarquía británica es, además, un terreno complejo. Los testamentos reales permanecen sellados por orden judicial desde principios del siglo XX y las transmisiones patrimoniales más importantes se realizan de soberano a soberano, una fórmula que evita el impuesto de sucesiones del 40 %. En la práctica, todo el patrimonio pasó de Isabel II a Carlos III, quien ahora decide qué cede, a quién y bajo qué condiciones.

¿Dónde vivirá ahora el príncipe Andrés?

La incógnita inmediata es el futuro residencial del príncipe, que ya no puede usar oficialmente su título. Algunas fuentes apuntan a que el rey habría puesto a su disposición una vivienda dentro de la finca real de Sandringham, en Norfolk. La solución sería conveniente para la Casa Real: alejaría a Andrés de Windsor —actual centro de operaciones de los príncipes de Gales— y, al mismo tiempo, le permitiría conservar ciertos privilegios ligados a vivir en terrenos reales, como seguridad y condiciones fiscales especiales.

Este movimiento coincide con una investigación de la BBC que vuelve a poner bajo los focos otra propiedad clave en la historia de los York: Sunninghill Park. La mansión, ubicada en Berkshire y donada por Isabel II como regalo de bodas en 1986, fue el hogar familiar hasta 2004. En 2007, Andrés la vendió por una cifra que hoy genera serias dudas.

Según la BBC, la propiedad fue adquirida por Timur Kulibayev, oligarca kazajo y yerno del entonces presidente de Kazajistán, por 15 millones de libras: unos 3 millones más del precio solicitado y alrededor de 7 millones por encima de su valor de mercado. Investigaciones posteriores señalan que la empresa compradora habría recibido fondos vinculados a esquemas de soborno y corrupción criminal.

El príncipe Andrés anunció su renuncia a todos sus títulos y honores reales, poniendo fin a más de cuatro décadas de vida pública. /AFP
El príncipe Andrés perdió el tratamiento de “Su Alteza Real” y dejará su residencia en Royal Lodge, en Windsor, según medios británicos./AFP

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Aunque no existe una acusación directa contra Andrés, expertos en seguridad financiera sostienen que la operación presentaba claras señales de riesgo que debieron ser detectadas por él o por su equipo legal. La investigación también revela que, en 2003, el príncipe habría intentado vender personalmente la mansión durante una visita oficial a Baréin, cuando aún ejercía como enviado comercial del Reino Unido.

Sin cargos judiciales, pero con un daño reputacional profundo, el príncipe Andrés enfrenta hoy las consecuencias acumuladas de años de polémicas. La pérdida del Royal Lodge y la revisión del pasado inmobiliario de los York no solo afectan su presente, sino que también cierran puertas a sus hijas dentro del entramado patrimonial de la monarquía.

Así, la llamada “factura Epstein” parece seguir pasando cobro, incluso a quienes nunca estuvieron en el centro del escándalo.

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