El ajedrez político tras el juicio contra el presidente Donald Trump

En este análisis, El Diario de Hoy estudia quiénes pueden salir afectados de enviar a Trump a juicio. El presidente enfrentará posible remoción en enero, pero esto no garantiza una derrota política.

Posicionar una narrativa de “venganza” y motivación política detrás del juicio político puede ser una estrategia ganadora para Trump y los republicanos, especialmente a menos de un año de elecciones presidenciales. Foto EDH / AFP

Por Ricardo Avelar

Dic 20, 2019- 06:10

A las 8:27 de la noche del miércoles 18 de diciembre (7:27 hora de San Salvador), la Cámara de Representantes del Congreso de Estados Unidos alcanzó los históricos 230 votos para enviar al presidente Donald Trump a juicio político por supuesto abuso de poder y obstrucción del Congreso.

Esto, porque alegan que el presidente condicionó asistencia militar a Ucrania a cambio de que el presidente de este país, Volodimir Zelenski, “le hiciera un favor”: anunciar que su país investigaría al hijo de uno de sus principales rivales políticos, el exvicepresidente Joe Biden. Según los demócratas, esto equivale a usar su poder para un beneficio político personal.

Se espera que el caso pase en enero al Senado, donde se decidirá si el presidente cometió delitos suficientes para justificar su remoción (ver recuadro en siguiente página).

Con este histórico voto, Trump se convirtió en el tercer presidente de la historia de este país enviado a juicio por la Cámara Baja del Legislativo, siguiendo el legado de Andrew Johnson, en 1868, y de Bill Clinton, en 1997, quienes también pasaron por este proceso. Ninguno de ellos, sin embargo, fue condenado por el Senado y es muy probable que Trump tampoco sea encontrado culpable y removido de su cargo, pues su partido, el Republicano, tiene mayoría en esta Cámara (53 senadores contra 47 opositores), y una decisión de este tipo requiere 67 votos.

Sin embargo, el presidente ya recibió un duro golpe político. Las portadas de la mayoría de periódicos de su país y del mundo llevan la dura palabra “juicio” al lado de su nombre y en los principales espacios de opinión del globo se discute con amplitud el supuesto uso indebido de su poder para un interés particular.

En cualquier momento, esto sería un importante revés político. Sin embargo, este juicio político afecta de manera particular a Donald Trump, quien en menos de 11 meses buscará su reelección en las elecciones generales. El polémico estilo de su presidencia, su atropellada política exterior y los constantes escándalos en que se ha visto involucrado el presidente son ahora acompañados por la mancha de ser el tercer presidente en la historia cuya remoción está seriamente considerada.

El presidente es consciente de esto. Pese a que en múltiples ocasiones afirmó no estar siguiendo el proceso y dijo seguir su agenda, cada vez que pudo acusó a los demócratas de estar no solo en su contra, sino de “estar en guerra con la democracia estadounidense”. En una carta dirigida a la presidenta de la Cámara de Representantes, la opositora Nancy Pelosi, Trump manifestó que el proceso de juicio en su contra es un “abuso inconstitucional nunca antes visto en casi dos y medio siglos de historia legislativa”.

Y sí, él y su equipo son conscientes que su presidencia no peligra por la aritmética en el Senado (es prácticamente imposible que veinte republicanos le den la espalda). Pero sabe que esto puede afectar sus aspiraciones a ser el huésped de la Casa Blanca cuatro años más.

“Lo político es personal, lo personal es político”

Desde la campaña presidencial, el partido Republicano empezó a transitar de un partido institucional a ser un vehículo a imagen y semejanza de Trump. En este proceso, políticos de larga data han tenido que defender al polémico presidente. Por un lado, esto les amenaza pero son conscientes de la alta popularidad del mandatario en tiempos de frustración con la política tradicional.

“París bien vale una misa”, dijo en 1593 Enrique IV, quien se convirtió al catolicismo para ascender al trono francés. Para estos políticos, un escaño legislativo bien vale plegarse por cuatro, acaso ocho años a Donald Trump.

Por ello, en el proceso de juicio político los partidarios del mandatario han hecho una férrea defensa de este, alegando que los demócratas no tienen suficiente evidencia de abusos de poder y obstrucción de la justicia, pero además afirmando que este proceso se debe simplemente a “un odio al presidente”, como lo expresó el congresista tejano Kevin Brady.

Pintar a los demócratas como sesgados, vengativos y sedientos de ver rodar (políticamente) la cabeza del presidente es una astuta estrategia en un país donde Trump mantiene una alta popularidad. Por ello, todos los republicanos que hablaron en la sesión de juicio político (salvo el congresista Justin Amash, de Michigan) definieron al proceso como un circo, una estafa y un abuso de los demócratas.

El mismo presidente, minutos después de que se confirmara el juicio, afirmó en un mitin en Michigan que haber dado este voto fue “una marcha de suicidio político” para los demócratas.

¿Atacar o no atacar?

Más allá de si existe o no evidencia de abuso de poder y obstrucción, cuya existencia no es el objetivo de este artículo, a 11 meses de las elecciones, y consciente de estar presenciando una atropellada presidencia, el Partido Demócrata podría pensar, a simple vista, que este proceso de juicio político puede hundir desde ya las probabilidades de reelección de Donald Trump en noviembre de 2020.

Sin embargo, en el bando azul (el color de este partido) hay suficientes problemas como para pretender que este juicio les garantizará una victoria. Por un lado, está la poderosa narrativa de venganza política que los republicanos han promovido. Asimismo, el partido de Trump afirma que no hay evidencia clara (la “pistola humeante” como dicen en inglés) de que hubo abuso de poder.

Finalmente, en las elecciones de medio término en 2018, muchos demócratas ganaron escaños en distritos que dos años antes favorecieron a Trump. Los votantes de estas localidades no necesariamente repudian al presidente, solo muestran algún nivel de descontento. Esto puede pasarle facturas a los demócratas que el miércoles sumaron 230 votos para enviar al presidente a juicio. No todos esos legisladores vienen de distritos que quieran la destitución del mandatario.

Pero hay un punto más importante: los demócratas aún no definen su identidad de cara a 2020. El partido tiene, dentro de su extensa línea de precandidatos, a personajes moderados como el exvicepresidente Joe Biden o el exalcalde de Nueva York, Michael Bloomberg. También personajes que transitan un poco más a la izquierda sin ser radicales, como el senador de Nueva Jersey Cory Booker el joven alcalde de South Bend, Indiana, Pete Buttigieg. Finalmente, están dos candidatos fuertes de una línea de izquierda más dura, Bernie Sanders y Elizabeth Warren. Estos tres grupos responden a tres de las corrientes principales (mas no las únicas) del votante que se opone a Trump.

Sin embargo, hay desconfianza entre ellos. Mientras los demócratas no decidan quiénes son, si el partido moderado o el partido de una izquierda más ortodoxa, elaborar un mensaje atractivo para atraer votos será complicado. Asimismo, será difícil decidir si para ellos vale la pena centrar su campaña en atacar a Trump o qué tan duro se debe hacer.

La moneda del juicio político ha sido lanzada, pero aún no se sabe a quién podrá beneficiar políticamente y quién pagará el costo final.

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