La Máscara Maravillosa de la Eterna Sonrisa
Como dije al principio no era de ningún suceso glorioso ni de algún personaje heroico de quien escribiría, sino de aquella máscara maravillosa de la eterna sonrisa. El mismo ilusorio reír que nos arrancó del rostro el carnaval con sus manos trágicas y sensuales. Se dice que Damus el lanzador -aunque escapó de su crimen, mediante su astucia y arte del escapismo- ya no fue el mismo. Oculto en aquella inhumana careta que reía, él lloraba internamente su imperdonable dolor de haber herido la sombra de su felicidad. Se dio cuenta que ya no había más leones que matar ni en qué amado espejismo enterrar la daga vengadora. Al matar a los viejos felinos, el lanza-dagas había muerto en cierta forma junto a ellos. Los grandes gatos que -como su perdido amor- también eran ilusión, dentro de su acto de domador e ilusionista. Por ello seguirían rugiendo -gloriosos y cautivos- en la pista de aquel reino viajero de las carpas o dentro de sus jaulas doradas. De la misma forma que se dejan ver las fieras y humanas ilusiones, dentro de sus cárceles de oro. En fin, tanto los prisioneros felinos, como los actores de su propio destino, serían redimidos por la máscara fabulosa del eterno reír. (XXIII) de: “La Máscara que Reía.” ©

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