La Fiera Herida del Antifaz
Después de asesinar lo más amado (la bella e infiel Casiopea) el lanza-puñales también murió con ella en el amor. En la tirada de naipes de la adivina de ferias, el lanzador había aparecido clavando las dagas en su propio corazón. Porque su trágico albur era precisamente aquel que la pitonisa anunció: “Hiriendo de muerte a la mujer que más amares, habrás de morir con ella, con el mismo puñal de plata del destino.” Al igual que un día morirían las fieras del Serengueti y las máscaras del carnaval de manos seductoras. Damus fue un personaje más de la tragedia enmascarada porque -como dije antes- esta historia no sería de romances puros, de inmemoriales hazañas o efemérides de algún dios olvidado. Sería simplemente la leyenda de una máscara maravillosa. Aquella que quedó allá en los suburbios del festival, sonriendo burlona al destino. Viviendo eternamente el sueño que robó al mismo actor que se escondía en ella. Porque -repito- aquella careta viviente habría usurpado la vida de Mascarada como la de sus ancestros circenses. Huyendo de la justicia el asesino pasional se escondió en un mascarón, olvidando quién era y quién vivía detrás del cínico antifaz. El mismo que -cuando lo arrancara de su faz la vida o el carnaval- dejaría al descubierto el sueño y la felicidad perdida del actor. (XXI) de: “La Máscara que Reía.” ©

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