Una historia en partes iguales: ¿Es posible?
Eran tiempos en que la identidad de los holandeses se hacía a través de sus ciudades de origen, y la de los javaneses y batameses a través de sus ciudades Estado.
He vuelto a leer un libro que llegó a mis manos hace unos años, La Historia en Partes Iguales (L’Histoire à PartsÉgales), del académico francés Romain Bertrand, especialista en Indonesia y en la dominación colonial europea en Asia y la Insulindia, es decir, el archipiélago entre Malaca y Australia en el que se encuentran Brunéi, Filipinas, Indonesia, Malasia (zona insular), Papúa Nueva Guinea y Timor-Leste.
Este libro, tanto en aquel entonces como ahora, me llamó la atención por tres razones fundamentales:
1) La llegada y el impacto de los europeos en Asia eInsulindia, pues por lo menos en buena parte de este este continente americano es algo poco conocido que apenas se estudia.
2) La idea de una historia contada en partes iguales, que da voz a ambas partes y no solo a aquel que generalmente escribe la historia: el victorioso.
3) La inquietud por entender cómo en aquella parte del mundo analizan y escriben su historia, pues han logrado una continuidad histórica que ha sido difícil en el continente americano donde hay un evidente corte que marca la llegada de los europeos.
La idea de una historia pareja de dos pueblos, investigada y presentada con gran rigor, siempre me ha interesado, pero al mismo tiempo me ha acompañado un alto grado de escepticismo por su equilibrio, imparcialidad y veracidad, pues podemos encontrarnos ante un acto, o un intento, de pedir perdón por un sentimiento de culpa que termina presentando a una de las partes como angelical, desposeyéndole de su humanidad que incluye lo bueno, lo malo, lo bonito y lo feo. Esa manera de entender la historia, al final, no revindica al sujeto porque se dirige a él desde una atalaya que confirma una superioridad, y así, la historia se convierte también en una víctima.
Una segunda razón de mi escepticismo son las leyendas de la historia, que muchas veces terminan convirtiéndose en la historia y nos alejan de lo que realmente sucedió. Además, en algunos casos al investigar un poco, se encuentra detrás de ellas la propaganda política, una realidad desde los albores del tiempo de la humanidad en este planeta. De esta forma, esas leyendas, que nunca son puro invento, pues siempre se basan en algunos hechos, pero hechos selectivos, para muchos se convierten en verdades graníticas, no hay discusión posible y quien plantee que conviene dar una franca y desapasionada discusión es visto como un bárbaro ignorante que claramente ha tomado partido por una de las partes: la de los malos de esa historia. Ahora bien, en la película ¿Quién mató a Liberty Valence?, o Un tiro en la noche, su título traducido depende de si se ve en España o en esta parte del mundo; las cosas son claras y sencillas: “cuando la leyenda se convierte en hecho, imprime la leyenda”.
La tercera razón de mi escepticismo incluye la historia oral como fuente de historia. La historia oral es maravillosa, literaria, poética, teatral, a veces operática, y hay que defenderla, propiciarla y preservarla, pero hay que reconocer que carece de precisión y rigor, si bien en algunas circunstancias es la única forma de reconstruir una historia por la falta de otro tipo de fuentes.
Con estos escepticismos empecé la lectura del libro de Romain Bertrand, pero paulatinamente fueron desapareciendo porque para facilitar la comprensión de su obra el autor nos dice que la visión no puede ser la de un encuentro binario, o de una unicidad del encuentro entreHolanda y la Insulindia, porque se debe estudiar tanto la situación interna de cada país como el entorno regional.
Así, Romain Bertrand nos explica que en el momento del encuentro entre holandeses y javaneses, o holandeses y batameses, Holanda no era todavía Holanda, pues estaba formándose y se trataba de la agrupación de Las Provincias Unidas que luchaban contra la dominación de España, y que el bloqueo que aquel imperio les había impuesto, que también afectó a Portugal porque en aquellos tiempos estaba bajo domino español, dificultó enormemente el comercio de la pimienta y la nuez moscada, muy codiciadas y apetecidas en aquellos tiempos, como especias y como medicina.
Eran tiempos en que la identidad de los holandeses se hacía a través de sus ciudades de origen, y la de los javaneses y batameses a través de sus ciudades Estado. Era prematuro hablar de Estados en el sentido de lo que hoy se entiende, pues faltaban unas décadas para el Tratado de Westfalia de 1648, que se considera el inicio de los Estados modernos y que puso fin a la Guerra de Treinta Años en toda Europa por diferencias religiosas, y a la Guerra de Ochenta Años entre España y los Países Bajos, pero tanto europeos como asiáticos entendían claramente la gramática de los imperios y de las relaciones imperiales.
Diplomático y escritor salvadoreño.

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