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OPINIÓN: Rumbo al despeñadero

Por Salvador Samayoa

En septiembre de 2019, en un artículo sobre los primeros 100 días de gobierno de Nayib Bukele, hice alusión a la película de Steven Spielberg -Minority Report- ambientada en Washington DC, en la que una fuerza especial de Policía, denominada “Precrimen” utiliza las visiones de futuro de tres mutantes para acusar a los que van a cometer un crimen antes de que lo cometan. Algunos piensan -comenté- que Bukele cometerá en los próximos años un crimen mayor contra la democracia. Bueno, pues ya lo cometió. Los mutantes tuvieron razón al acusarlo con anticipación.

Parece, sin embargo, que la destrucción de la democracia no le preocupa mucho a la mayoría de la gente. En una encuesta publicada por LPG en ocasión del segundo año de gobierno, 63.6% de los encuestados afirmó que “aprueba mucho” la gestión de Bukele, a pesar de que solo el 50% cree que la seguridad está bien o muy bien, solo el 28% piensa que el trabajo está bien o muy bien y solo el 22% afirma que el costo de la vida está bien o muy bien.
Esa cifra de aprobación coincide con el 66.4% de personas que votaron por el partido del presidente en las elecciones para diputados, y es un poco mayor que el 50.4% de personas que votaron por Nuevas Ideas para Concejos Municipales.

El presidente quiere que creamos que 90% de los salvadoreños están con él. Lo dijo otra vez hace un par de días en el discurso ante la Asamblea. Esto es falso. La mitad de la gente no votó el 28 F porque no lo quiere a él ni a los otros, y un sólido 30% de los que votaron -céntimos de más o de menos- lo hizo contra la N de Nayib.

Pero lo que no es falso es que una gran cantidad de gente aprueba su gestión, a pesar de que en la misma encuesta manifiestan que la situación económica es ahora igual o peor. Para ello puede haber tantas explicaciones como grupos sociales o grupos de interés, pero hay una bastante conmovedora que tal vez sea mayoritaria: la de cientos de miles de salvadoreños que por no tener nada o por haberse sentido abandonados han apreciado con gratitud y sin cuestionamiento las pequeñas dádivas del gobierno.

En un artículo publicado hace un par de semanas en el diario LA Times, se presenta a una señora entrando a su muy humilde morada en un cantón rural con dos bolsas de alimentos. La señora comenta a la reportera: “ningún gobierno ha hecho esto por nosotros”. Sobra decir que a esa señora no le importa ni un poquito el nivel de la deuda pública, la destitución de los magistrados, el déficit fiscal o la libertad de expresión. Sabe que no va a salir de la pobreza, pero eso así era antes también. La diferencia ahora es que por unos días tendrá algo más que comer, pero, sobre todo, la diferencia es que ahora tiene la rara sensación de que a alguien le importa su situación.

En relación con la economía, el gobierno de Bukele ha tenido iniciativas fragmentarias y dispersas, pero ha hecho mal lo más esencial. La señora de las bolsas seguirá como está, o peor si dejan de llegar. Excepto la facilitación de trámites a empresarios -siempre que no se consideren adversarios- el gobierno ha dañado lo que más necesita la economía para florecer y el país para prosperar: la seguridad jurídica destruida en su dimensión fundamental, cantidad de empresas sufriendo el acoso fiscal, las finanzas públicas en curso de colapsar, y envenenadas las relaciones con nuestro principal socio y aliado financiero y comercial. Peor gobierno en esta materia, difícil imaginar.

Otro tema central es la seguridad. En eso la gente ha visto un espejismo y pronto se va a desengañar. Cada día resulta más claro que la cifra de reducción de homicidios es una falsedad. Cinco mil desaparecidos gritan con fuerza denunciando el encubrimiento de la mortandad. Las pandillas siguen campeando en sus territorios con total impunidad. La gente sigue siendo expulsada de sus viviendas. Las autoridades ocultan información de extorsiones y de otros rubros de actividad delincuencial. La Corte de Cuentas repara 100,000 destinatarios no documentados en la entrega de los $300 de la cuarentena. Eso ha dejado treinta millones de razones para creer en la investigación de El Faro sobre acuerdos del gobierno con los líderes de las pandillas. Los decomisos de drogas reducidos en 70% según reportes públicos dejan mucho en qué pensar. Mal panorama. Falsa sensación de seguridad.

La salud pública se salva de la quema en su componente más crucial. Aunque no falten críticos, la mayoría coincide -y yo también por mi experiencia personal- en que la vacunación se ha hecho bien, con nota sobresaliente para el estándar nacional. Aquí, al revés, cuesta un poco imaginar que algún gobierno anterior lo hubiera hecho mejor, o al menos igual.

Además de economía, salud y seguridad, a un gobernante se le debe evaluar en otros aspectos de igual o mayor importancia para nuestro bienestar: la armonía social, la democracia y la libertad.

En esta última dimensión es en la que más parece que los dos primeros años del gobierno de Nayib Bukele han sido de pasos firmes y largos hacia el despeñadero, hacia el hundimiento de El Salvador como nación, hacia un modelo de autocracia o tiranía con miseria para todos que tomará tiempo derrocar.

A su proyecto de poder total, sin contrapesos ni críticas, con sumisión y adulación de las instituciones y de los ciudadanos, solo le falta lo que Bukele llamó “el quinto paso”: La destrucción, en sus palabras, del “poder ideológico de la oligarquía”.

Queda anunciado así el zarpazo a todos los medios de prensa independiente, a todas las Fundaciones y Organizaciones no Gubernamentales que promueven la democracia y el respeto a los derechos humanos. Ojalá tengamos la convicción y el valor de luchar para evitarlo, porque es la última trinchera de defensa de nuestras libertades.

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