Las atrocidades de las dictaduras son una mancha para el género humano

Putin y sus secuaces deben de regodearse tramando maneras para destruir a Navalny, como es despertarlo cada hora en la noche para constatar “que no se ha fugado”, sabiendo que ese procedimiento hunde en la peor desesperación a un ser humano

Por El Diario de Hoy

Abr 05, 2021- 21:37

En huelga de hambre se declaró Alexei Navalny, el más visible opositor a la dictadura de Putin, poniendo su vida en “bandeja de plata” al envenenador.
El tirano lleva en sus manos la sangre de varios opositores, algunos asesinados en Londres con polonio, un elemento descubierto por Madame Curie, extremadamente tóxico, que dejó sus trazas desde Londres a Moscú y directamente a cuerpos policiales controlados por Putin.
Para desviar los ataques a su despiadada dictadura, Putin se envuelve en la bandera rusa, pretendiendo que los logros en distintos campos como el de la vacuna son debidos a su despotismo, a su incontestable tiranía.
Envenenadores los hubo a lo largo de la historia, una forma de deshacerse de enemigos, consortes, rivales. Se dice que la mujer de Augusto, el buen Augusto, emperador de Roma durante cuarenta años, lo envenenó con higos.
En “El nombre de la rosa” de Humberto Eco se narran los envenenamientos de un monje desquiciado impregnando de sustancias tóxicas los pergaminos de obras clásicas del erotismo, lo que llevó a la muerte a varios en el convento hasta que la trama fue descubierta.
Catalina de Médicis, siniestra reina de Francia, llegó a envenenar a dos de sus hijos y fue solo por milagro que Enrique, Rey de la Navarra francesa y hugonote, escapó la muerte para convertirse en uno de los más grandes monarcas de la historia europea, muy abocado a procurar el bienestar de la gente común del reino, consorte de María de Médicis…
De envenenadora fue la fama de Lucrecia Borgia aunque crónicas de su época la defienden.
En una conversación privada que por error se hizo pública, el presidente Biden se refiere a Putin como asesino, una acusación que los europeos comparten, más después de que Navalny fuera recuperado por la intervención de la canciller alemana Merkel tras del envenenamiento que él sufrió en un vuelo interno de Rusia.
En el drama de Macbeth, de Shakespeare, la mujer, su cómplice, sonámbula contempla sangre en sus manos, exclamando que el agua de todos los mares no la borra, una sangre que ni Putin ni Chávez ni los Castro ni Ortega ni Lukashenko ni el monstruo de Corea del Norte ni los militares birmanos cargan en su conciencia. “Gajes del oficio de ser asesinos”, piensan…
No solo eso, sino que después que Castro mandó al “Che” Guevara a su muerte en Bolivia, pues le hacía sombra, levantó un monumento en La Habana en su memoria, sabiendo que los descerebrados del mundo no asocian lo uno con lo otro, que viven de imágenes, de mitos, como por desgracia sucede aquí en nuestro suelo y en Honduras.

El hombre, se dice desde la antigüedad, es el lobo de otros hombres

Las Naciones Unidas han condenado como genocidio las masacres en Birmania, la persecución de la etnia de los uigures en China, las represiones de Ortega “etcétera, etcétera, etcétera”, lo que no desvela ni un minuto a esos dictadores, sino es que les provoca risa…
Los “regañitos”, pues así los deben de considerar, no tienen ningún efecto, como tampoco sanciones diplomáticas, al igual que a las hienas los estertores de sus víctimas “les valen…”
Putin y sus secuaces deben de regodearse tramando maneras para destruir a Navalny, como es despertarlo cada hora en la noche para constatar “que no se ha fugado”, sabiendo que ese procedimiento hunde en la peor desesperación a un ser humano, al estilo de las torturas descritas por Edgard Allan Poe…

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