El indio que reparte la chicha y el culto a la personalidad

El culto a la personalidad sigue siendo una de las plagas de todos los tiempos, que afecta desde el reyecito del cantón hasta “líderes” mundiales.

Por El Diario de Hoy

Dic 17, 2019- 19:49

En los tiempos del “Glorioso Bloque Socialista de Naciones”, despanchurrado con el Muro de la Infamia de Berlín, una de las más graves acusaciones que podían los carniceros hacer a uno de sus siervos era haber caído en el “culto de la personalidad”, creer que por ser el reyecito de un pueblo o comarca de la URSS podía suponerse omnipotente, omnibello, omnibrillante, arrojando sombra sobre algún aparatchik en Moscú.
Se salía del problema de dos maneras: la primera, que “lo suicidaban” metiéndole un balazo en la cabeza como con Cayetano; la segunda, hacer un humillante acto de contrición, arrepintiéndose de sus errores, besando los pies de sus amos.
Ya hemos narrado en estas notas haber visto cómo en una comparecencia de Nikita Krushov ante el cuerpo de periodistas de Washington se le cayó el bolígrafo al suelo, lo que hizo que el propio Ministro de Relaciones Exteriores de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Andréi Gromyko, se metiera debajo de la mesa en cuatro patas a recogerlo, sin que don Nikita pestañeara. Por cierto y pese a su apariencia de camionero de una barriada moscovita, el buen señor era persona muy distinguida, lo que llamó la atención de muchos de los presentes.
El “culto de la personalidad” es un desliz que afecta desde presidentes de Estados Unidos hasta reyecitos de cantones, de los que obligan a los compadres a poner de candidata a reina del lugar a su niña, o, como se dice desde antaño, los indios que reparten chica y les dicen a sus congéneres: “Se forman o no les doy”.
En el cantón todo se arregla para que al reyecito se le ensalce todo el tiempo, pues de lo contrario a los no-ensalzadores les dejan de saludar o, peor todavía, ponen a todo el aparataje de la chismografía local a derramar infamia tras infamia sobre ellos.
Los comités de aplausos no dejan de pensar en cuál forma vitorear al reyecito del pueblo, cuya insaciable sed de elogio, de que hasta sus más pequeñas ocurrencias sean calificadas de profundas reflexiones, de joyas del intelecto, conduce a asombrosos actos de genuflexión, de lamer el suelo que ha pisado el reyecito.
Pues tan pronto se puede, el nombrado en algún cargo se apresura a arrodillarse aunque no lo hayan llamado a hacerlo.

¿Ya no degüellan? ¿Solo difaman, montan griteríos, amenazan?

O tempora, O mores (¡Qué tiempos, qué costumbres estas!), sentenció Cicerón en su primera denuncia del demagogo Catilina, que simplemente pretendió usurpar el poder y montar una degollina en Roma…
Por dicha esa feísima costumbre de degollar al enemigo la han archivado los socialistas del Siglo XXI y los populistas con sus troles, que ahora solo se dedican a montar griteríos, difamar, insultar y fraguar cómo hacer el máximo daño al opositor, sin el clásico tiro en la nuca con que en el “Glorioso Bloque Socialista de Naciones” se arreglaban muchas cosas.
Sea como sea, el culto a la personalidad sigue siendo una de las plagas de todos los tiempos, que afecta desde el reyecito del cantón hasta “líderes” mundiales. Y nada les duele más que ser destronados, como a un politicastro salvadoreño al que nunca le abandonó la obsesión de reengancharse, abriendo camino a don Tony.
¡Qué tiempos, qué costumbres las que vivimos en nuestro pequeño suelo! Por ahora lo mejor es andar confesado y comulgado…

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