Si muere el capitalismo, dejaríamos de ser libres para ser siervos de otros

El liberalismo, cuya expresión política es el capitalismo, se basa en lo esencial del actuar del hombre, que al buscar su beneficio, al ejercer su libertad dentro de una sociedad regida por el Orden de Derecho, beneficia a sus semejantes

Por El Diario de Hoy

Jul 09, 2020- 21:26

Los nazis proclamaron que “el capitalismo ha muerto”, el mismo eslogan de los fascistas italianos, de Stalin, de Castro y… aunque no sorprenda mucho, del New York Times, que el domingo publicó un suplemento que en esencia pregona lo mismo, una especie de “capitalismo” con amarras, “dirigido” si se quiere.
Esos meneos vienen de muy lejos en la trayectoria de dicho periódico. A finales de los Años Cincuenta, un columnista del New York Times, Herbert Mattews, a través de noticias, columnas, titulares, fue enalteciendo la figura de un megalómano llamado Castro como la de un luchador contra la dictadura de Batista y en favor de la libertad de Cuba.
Castro llegó triunfante a La Habana después de que el ejército cubano, “por presión de la comunidad internacional”, cesara en las operaciones contra esa pequeña banda de terroristas que nunca se enfrentaron abiertamente a las fuerzas del orden.
Castro entró portando un medallón de la Virgen de la Caridad del Cobre, pero al poco tiempo inició una sangrienta persecución contra exmilitares y personas vinculadas al régimen de Batista, a los que fusilaba sin que “la comunidad internacional” condenara las atrocidades ni menos que Mattews se retractara por haber sido partero del despiadado criminal.
En cierta medida la acusación que hace el presidente Trump de que la mayoría de medios de comunicación de los Estados Unidos está infiltrada por grupos de izquierda con agendas y hasta filocomunistas, tiene su apoyo en la realidad, a juzgar por las posturas que asumen, su militancia partidista, los candidatos que respaldan.
Una mayoría de medios inclusive lleva a cabo encuestas para conocer las preferencias de sus lectores sobre distintas cuestiones para acomodar sus posturas editoriales, lo que es una señal de pobreza de convicciones.
“¿Dónde vas, Vicente? ¡Donde va toda la gente!…”. Conformarse con ser siempre del montón es la señal más triste de no tener el carácter para guiar a grupos humanos siguiendo las propias convicciones, como tampoco estar genuinamente abiertos a analizar, debatir, exponer en forma racional admitiendo los reparos que con fundamento haga el otro.
La deplorable consecuencia es que la gente, estudiantes, comunidades, se cierran a ideas, a realizar introspecciones, a salir de las aldeas mentales donde ellos se encierran, a negarse a ver “lo que está al otro lado del monte”, a ir por senderos alternos.
Literalmente, los que así actúan se ponen sus propios grilletes, cierran ventanas, apagan sus luces.

En una sociedad regida por el Orden de Derecho lo que uno hace siempre beneficia al resto

Hay sectas, como los menonitas, que rehúsan reconocer que el mundo evoluciona constantemente, que lo que vale en un momento puede ser discutible más tarde.
Es noble mantener principios, los mandamientos morales, como la fe en Dios, pero eso no limita, sino que libera. Y en ello radica la esencial diferencia entre las sociedades fanatizadas —donde la persona y los pueblos deben obedecer permanentes ritos y obligaciones quedando poco espacio para sus iniciativas— y las sociedades libres —donde al hombre se le fijan deberes pero se le deja en libertad para todo lo demás—.
El liberalismo, cuya expresión política es el capitalismo, se basa en lo esencial del actuar del hombre, que al buscar su beneficio, al ejercer su libertad dentro de una sociedad regida por el Orden de Derecho, beneficia a sus semejantes, pues el intercambio solo tiene lugar cuando las dos partes ganan mutuamente.

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