La disyuntiva del país: democracia o una dictadura de mesiánicos

Pasar de una democracia a una dictadura es el equivalente a pasar de la luz a las tinieblas, ser forzado a abjurar del propio criterio, a violentar la decencia y honestidad que la mayoría de personas lleva consigo en su espíritu, a rechazar su sentido de pertenencia hacia sus familias

Por El Diario de Hoy

Ago 03, 2020- 17:50

Todo gobernante, cuando las leyes lo facultan, puede aspirar a una nueva elección después de un tiempo, como lo ordena nuestra ley máxima, la Constitución de la República.
Para lograr tal objetivo un político tiene tres caminos: desempeñarse con honestidad, no robar, que se le vea como una persona al servicio de la Nación, no ser arrogante sino accesible y, sobre todo, respetar los plazos legales.
El otro camino, el de los mesiánicos, es intentar destruir el orden legal, perseguir a sus opositores, rodearse de soldadescas que abjuran de su papel como profesionales al servicio de la Nación, de soldados en la noble carrera de armas, para convertirse en mercenarios, en los que por la paga venden su alma al diablo.
Para lograr su objetivo, los destructores de la democracia están forzados a rodearse de personas sin principios morales, cínicos al falsificar verdades permanentemente.
Como dijo la educadora Carmen Marón, “el país va rumbo al despeñadero. Lo que sí es importante recalcar es que un buen estadista es aquel que tiende puentes, rinde cuentas y razona de sus acciones. En una democracia, la prioridad debería ser generar mesas de trabajo que puedan crear una reapertura con el mínimo de riesgo posible y la máxima recaudación fiscal, protegiendo así a nuestro personal de salud. Esto se puede realizar fácilmente con solo que exista la voluntad de dialogar con todos los sectores, bajo la premisa de que todos tienen el derecho a ser escuchados”.
Pero en esto se hace de lado una realidad: que las democracias son fuertes en sí mismas, que tienen un respaldo de otras democracias, que son el más esplendoroso fruto de nuestra civilización cristiana, la que rige en prácticamente todas las naciones prósperas de la actualidad.
El costo de vivir en democracia es defenderla día a día, ponerla a salvo de la perversidad, de los lobos humanos, de lo irracional, de la barbarie.

La democracia exige permanente vigilancia, nunca bajar la guardia, estar “al pie del cañón”

Lo contrario a la democracia es la imposición, la arbitrariedad, estar todos en una sociedad siempre expuestos a detenciones, desapariciones, encierros. Y lo peor es el hambre, pues como le aconsejaron a los Castro unos chinos comunistas enviados a La Habana por Mao, el hambre es una forma muy efectiva de impedir revueltas, pues a los “inquietos, a los disidentes” simplemente les cortan sus míseras raciones, su empleo, su acceso a servicios esenciales para alinearlos de nuevo o el paso previo a mandarlos al otro mundo.
Esto, por cierto, no está sucediendo en la China de hoy, capitalista en muchos sentidos y opresiva en otros, como lo demuestra el hecho de que el régimen coloca cámaras de vídeo dentro de las viviendas…
Pasar de una democracia a una dictadura es el equivalente a pasar de la luz a las tinieblas, ser forzado a abjurar del propio criterio, a violentar la decencia y honestidad que la mayoría de personas lleva consigo en su espíritu, a rechazar su sentido de pertenencia hacia sus familias, verse forzados a indoctrinar a sus propios hijos para que no queden expuestos a ser la carne de cañón de un régimen impuesto sobre una nación.
Somos una República, una democracia, los herederos de la noble tradición libertaria que llevó a nuestros Próceres a independizarse de una España, que en esos entonces era una dictadura ciega, intolerante, homicida.
Ha sido a costa de muchos sacrificios, sangre, destrucción de parte de nuestro patrimonio físico que hemos sobrevivido toda clase de vendavales y que además padecemos del azote de la delincuencia, resultado de la disolución, versus depuración, de la Guardia Nacional, que cuidaba a la gente, la protegía de criminales y enloquecidos…

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