Bulgaria derribó los símbolos de la opresión y volvió a la vida

Bulgaria, como Polonia, Hungría y las demás naciones de Europa del Este, ha ido superando la pobreza, herencia de su pasado. Se enorgullece de sus coloridas ciudades, de sus vibrantes comercios, de sus animadas calles, incluyendo sus vías peatonales donde se encuentran amigos o conocidos, se compra y se come a los más bajos precios de Europa que hayamos conocido

Por El Diario de Hoy

Abr 24, 2019- 17:52

Con muchos sacrificios, inteligencia y sentido común, Bulgaria ha logrado sacudirse lo peor de las tres terribles plagas que sufrió en los últimos setecientos años: la dominación de Turquía que en vano pretendió islamizar el país, los nazis, los soviéticos y finalmente los bombardeos de los Aliados, pero que no fueron tan aniquiladores como los que destruyeron a Japón y Alemania.

Los comunistas, además de destruir económicamente a los pueblos, los envenenan con sus prédicas del odio, su insaciable rapiña, su aversión al color, la alegría, la espontaneidad, el mérito individual; rehúsan reconocer que la infinita diversidad de los hombres y las mujeres, al igual que de las especies vivas o inclusive de todo en la naturaleza, hace que todos sean distintos en sus capacidades, sus disposiciones, sus virtudes y sus vicios.
No hay dos copos de nieve iguales en todas las tormentas heladas, como no hay dos hojas de árbol iguales en todo el Amazonas y los bosques que cubren nuestro mundo, o dos granos de arena que sean iguales en todas las playas, los mares y los desiertos de nuestro mundo o de todo el cosmos.

Al tumbar la enorme estatua de Lenín que los soviéticos, los grandes criminales, levantaron en el centro más importante de Sofía, no hubo búlgaro que no se regocijara, como se regocijó cada ciudad y comunidad del despanchurrado “bloque socialista de naciones”: el símbolo de la opresión y del imbecilismo yacía en tierra. Los pueblos finalmente estaban libres de sus cadenas.

El problema es que sobran sujetos en el mundo que van por la vida con una estatua de Lenín en su cerebro, o si no de Lenín, de Stalin.

Esa locura llevó a los servicios secretos búlgaros a tramar el atentado contra el Papa Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro, el 13 de mayo de 1981.

El comunismo ateo que aplastó las revoluciones democráticas en Hungría y en Checoslovaquia no soportaba la prédica de liberación cristiana y de rechazo a la “teología de la liberación” que promovía el Pontífice y que estaba llevando a su país, Polonia, a soltarse del yugo soviético.

El inmenso aparato de opresión de los pueblos, con su maquinaria bélica y venta de odios de clase, no podía contra un santo que tenía como únicas armas su cruz y su palabra. Por eso buscaron al turco Alí Agca para que le disparara al Papa, quien milagrosamente sobrevivió al atentado. Juan Pablo II vivió para ver la caída definitiva del comunismo en Europa pocos años después.

Europa del Este venció décadas de miseria y sumisión al totalitarismo

Bulgaria, como Polonia, Hungría y las demás naciones de Europa del Este, ha ido superando la pobreza, herencia de su pasado. Se enorgullece de sus coloridas ciudades, de sus vibrantes comercios, de sus animadas calles, incluyendo sus vías peatonales donde se encuentran amigos o conocidos, se compra y se come a los más bajos precios de Europa que hayamos conocido. Allí se encuentran establecimientos de muchos restaurantes de “comida chatarra” que tienen sucursales en todo el mundo, menos, desde luego, en Cuba.

No va a ser fácil sacar a nuestro país de la pobreza y de la rapiña de los socialistas del Siglo XXI. Y desde ya hay que entender que no somos un país rico que puede darse lujos de ninguna clase, como lo testimonia el estado de escuelas y servicios públicos, la situación de nuestros jubilados, a los que les han robado casi seis mil millones de dólares de sus ahorros. Ahora tenemos que reponernos del fanatismo y la depredación.

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