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Bicentenario, Ilustración y universidad

La universidad, que fue el vector esencial de la Independencia, llega al Bicentenario arrinconada, aislada y obviada, con más temores que propuestas. Han pasado muchas cosas en la República, demasiadas, como para que los rectores estén tan callados; y no olvidemos, que “ninguna sociedad es superior a sus universidades”, aunque las autoridades de gobierno no les importe, no les interese y no conozcan estos centros de estudio.

Por Óscar Picardo Joao

Las ideas que nutrieron el proceso de la Independencia en las naciones centroamericanas y el establecimiento de unas nuevas entidades políticas independientes llegaron a través de la Universidad de San Carlos Borromeo de Guatemala (1681) y de la Universidad de Santiago de León, en Nicaragua (1812).
José Simeón Cañas (El Salvador), José Cecilio del Valle (Honduras), Miguel Larreynaga (Costa Rica), entre muchos otros, quienes influyeron desde el positivismo ilustrado en el proceso emancipador, se graduaron en la Universidad de San Carlos de Guatemala.
Las ideas de Montesquieu (1748) y Pasquale Paoli (1755), la Independencia de Estados Unidos (1776), la Revolución Francesa (1789), la Constitución de Cádiz (1812) y un conjunto de conceptos —Derechos fundamentales, libertad de prensa, libertad de culto, separación de poderes y Habeas Corpus— ingresan a las cátedras de derecho y posibilitan la redacción de los primeros escritos constitucionales entre 1821 y 1824, entre editoriales y constituciones (El editor Constitucional, El Amigo de la Patria, Constitución de 1824, etcétera; Héctor Lindo Fuentes, 2021).
Mientras Jesuitas y Dominicos se disputaban el control intelectual de la academia en la región, las ideas de la Ilustración iban minando el espectro clerical dominante, y así la ciencia y la filosofía se abrían paso bosquejando nuevas sociedades basadas en la razón. Junto a las cátedras Primas de Teología y Cánones, aparecían las de Artes y Ciencias.
Para 1841 El Salvador se separa de la Federación Centroamericana y se funda la Universidad de El Salvador y el Colegio La Asunción, siendo Juan Nepomuceno Fernández Lindo y Zelaya su gestor. En 1843 se fundaron las primeras clases de Derecho, para 1845 se crearon la Matemática pura y Gramática castellana; en 1846 se estableció por decreto presidencial la “docencia libre” y ya con veintitrés bachilleres formados comenzaba a inicios de 1847 la vida universitaria. El 7 de marzo de 1848 se promulga el Primer estatuto universitario, el cual establece los “Claustros Universitarios Plenos”; el 15 de noviembre de 1847 en donde se establece la cátedra de Medicina; las primeras clases se iniciaron en febrero de 1849 (Durán, 1975).
Desde 1850 a 1898 la UES vivirá un calvario entre movimientos secularistas y clericales; en 1897 se crea la “Universidad Libre de El Salvador”. Durante la administración -provisional y oficial- del presidente Rafael Antonio Gutiérrez (1894-1898), los estudiantes Gustavo Guerrero y Vicente Trigueros redactaron “El Látigo”, una publicación universitaria que censuraba las acciones gubernamentales y públicas; los estudiantes fueron expulsados y la comunidad académica en solidaridad colgó un rótulo: “casa de alquiler, no amueblada”, y rubricando la propuesta fundaron la “Universidad Libre de El Salvador”, la cual sólo duró cinco meses debido a problemas económicos. Afortunadamente en 1898 se recuperó la autonomía universitaria, bajo un decreto firmado por don Francisco Gavidia y el presidente Gutiérrez.
En la década de 1920 intelectuales como Salvador Merlos y Teresa Masferrer impulsaron la “Universidad Popular”; sin embargo, no prosperó la idea.
De los rectores Carlos Llerena (1944) a Fabio Castillo (1962) la UES vivirá su mejor época científica (Ítalo López Vallecillos, El Periodismo en El Salvador, literatura científica; posteriormente el conflicto armado, las intervenciones militares (1972 y 1977) y el CAPUES ocasionarán un éxodo académico y en medio de este proceso surgirá la Ley de Universidades Privadas (1965) con la que nace la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA). En los Años Setenta surgen tres universidades más y en los Ochenta se dará un boom universitario que ocasionará la creación de 64 instituciones y cerca de 112 sucursales a nivel nacional. Símbolo de este caos son los más de 1,700 títulos irregulares en la rama de Derecho que investigara el fiscal Roberto Vidales; era la época de la “Universidad como ascensor social” (Ignacio Martín-Baró).
Las reformas educativas —post Acuerdos de Paz— crearon la nueva Ley de Educación Superior 1995-1997, y el inicio de nuevos subsistemas para mejorar la calidad de la oferta educativa y el desarrollo científico. Pese a estos esfuerzos, los indicadores de patentes, disponibilidad de ingenieros y PhD, inversión en I+D, son insuficientes. El proyecto de USAID “Educación Superior para el crecimiento económico” dio un importante impulso, pero el desafío se mantiene y el presupuesto de la UES, pese a las promesas es insuficiente. Sólo un 25% de los estudiantes que terminan educación básica llegan a la universidad…
Hoy, en un momento de profundos cambios —pandemia de covid-19, reforma constitucional, implementación del Bitcoin como moneda de curso legal, reformas al sistema de justicia, etcétera— las universidades no sólo no han participado, sino que además son despreciadas por el gobierno. Salvo raras excepciones, tanto de tipo críticas como de acompañamiento, no hay un involucramiento científico para validar estos procesos, no hay estudios de factibilidad ni un diálogo proactivo para encontrar los “mínimos” de beneficio ciudadano o administrar los disensos estridentes de la clase política.
La universidad, que fue el vector esencial de la Independencia, llega al Bicentenario arrinconada, aislada y obviada, con más temores que propuestas. Han pasado muchas cosas en la República, demasiadas, como para que los rectores estén tan callados; y no olvidemos, que “ninguna sociedad es superior a sus universidades”, aunque las autoridades de gobierno no les importe, no les interese y no conozcan estos centros de estudio.

Investigador Educativo/opicardo@asu.edu

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Independencia Opinión Universidades

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