El disparate

“Vivimos en pleno disparate. Cualquier paleto mierdecilla, cualquier leguleyo marrullero, es capaz de llevárselo todo por delante por un voto o una legislatura. Saben que nadie pide cuentas”.

Por Carlos Mayora Re
Ingeniero

Jul 31, 2020- 21:33

En estos días, los partidos políticos han realizado elecciones internas para escoger las personas que presentarán como candidatos a diputados para la próxima legislatura. Entre los elegidos hay de todo, desde “youtubers” que hablan con extraterrestres hasta respetables doctores en derecho, pasando por tránsfugas de oficio que, si no salieron candidatos por un partido, una semana después resultaron propuestos por otro.

En ese contexto, cayó en mis manos un libro de Arturo Pérez Reverte —escrito hace quince años— del que entresaco un texto que me parece refleja bastante bien algo de lo que estamos viviendo en la oferta electoral. Antes de transcribirlo diré que el autor carga las tintas en las cualidades menos deseables de los políticos, porque —menos mal— todavía hay políticos competentes, pero esos, al menos por ahora, han dejado de ser noticia (ojalá lo fueran).

Escribe: “La de político debe ser una de las escasas profesiones para las que aparentemente no hace falta tener el bachillerato. Se pone de manifiesto en el continuo rizar el rizo, legislatura tras legislatura, de la mala educación, la ausencia de maneras y el desconocimiento de los principios elementales de la gramática, la sintaxis (…), la memoria histórica, la economía, el derecho, la ciencia, la diplomacia. Y encima de cantamañanas, chulos. Osan pedir cuentas a la Justicia, a la Real Academia Española o a la de Historia, a cualquier institución sabia, respetable y necesaria, por no plegarse a sus oportunismos, enjuagues y demagogias”. El texto es duro, pero refleja bastante bien la realidad de lo que se daba, y se da, en muchos sitios entre una clase de políticos —por decir lo menos— incompetentes.

¿Por qué habremos llegado a esos extremos? Tengo para mí tres explicaciones: la primera es que la democracia tiene esas cosas: permite a cualquiera, independientemente de su capacidad o valía personal, presentarse para un cargo público; pero, al mismo tiempo, posibilita a los ciudadanos sensatos, simplemente, no votar por ellos.

La segunda la refleja magistralmente Jean Francois Ravel en un texto muy lúcido, en el que explica que estamos mutando poco a poco de sociedad a un simple grupo humano… en una comunidad que se transforma en “multitud manipulable cuando se vuelve sensible al carisma y no a la competencia, a la imagen y no a la idea, a la afirmación y no a la prueba, a la repetición y no a la argumentación, a la sugestión y no al razonamiento”. Entonces, como cae por su peso, se deja de votar razonablemente y se pasa a elegir “políticos” que son verdadero reflejo, imagen y semejanza, de la manera de entender el mundo de los electores.

Pérez Reverte, que no se caracteriza por tener pelos en la lengua, cierra su cita escribiendo las consecuencias de tener políticos advenedizos: “Vivimos en pleno disparate. Cualquier paleto mierdecilla, cualquier leguleyo marrullero, es capaz de llevárselo todo por delante por un voto o una legislatura. Saben que nadie pide cuentas”.

Con lo que se añade una tercera razón para explicar la variopinta oferta electoral que se nos propone para la siguiente Asamblea Legislativa: nadie pide cuentas. Entonces, los partidos políticos, y algunas de las personas que se presentan como candidatos “se atreven a todo porque todo lo ignoran, y porque le han cogido el tranquillo a la impunidad en este país miserable, cobarde, que nada exige a sus políticos pues nada se exige a sí mismo”.

Pero, hay esperanza, hay salida, sencillamente porque todavía vivimos en una democracia, mal gobernada, pero democracia al fin. Además, entre los candidatos —a la par de personajes que aparentemente les importa más ser diputados que legislar— hay personas honorables, con ideas y principios, y con harta capacidad para ejercer el cargo. La gente lo sabe. Y, esperemos, habremos aprendido la lección de las pésimas consecuencias que trae votar el odio como principal motivación.

 

Ingeniero @carlosmayorare

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