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Paradoja digital...

La “paradoja digital” es una realidad, tenemos que lidiar con ella y buscar los equilibrios necesarios. Los que nacimos antes de internet y que pertenecemos a esta simbiosis industrial y digital podemos comparar y obtener conclusiones de los cambios; los que nacieron en los años 90 posee una foto distinta de la realidad.

Por Óscar Picardo Joao

Hace algunos años, en uno de los cursos de doctorado dirigidos por el destacado sociólogo Manuel Castells, estudiamos los aportes de Bob Kling de la Universidad de Indiana: “What is Social Informatics and Why Does it Matter?”
La informática social, como nueva disciplina social, estudia el impacto o los efectos de las tecnologías en la vida de los seres humanos; y como es de imaginar, estas consecuencias cada vez más amplifican su espectro.
Airbnb, Netflix, Amazon, Uber, Facebook, Apple, Google, entre muchas otras plataformas y aplicaciones están cambiando nuestras vidas e impulsándonos a la transformación digital; es decir, a depender cada vez más de nuestros dispositivos móviles y de internet.
Por su fuera poco, también se despliegan nuevos procesos informáticos que invaden los ambientes empresariales, educativos, industriales, económicos y financieros: IoT (Internet de las cosas), automatización, robótica, inteligencia artificial, Blockchain, Big Data.
¿Cuál es la paradoja digital?: Si bien las tecnologías facilitan todo buscando más eficiencia, velocidad y optimización de diversos procesos, a la vez están limitando ciertas capacidades y habilidades humanas (particularmente en la niñez y juventud); hay una posible deshumanización…
Las capacidades humanas, según Martha Nussbaum, son como diez principios esenciales de dignidad para el buen vivir: 1) vida humana de longitud normal; 2) tener salud física (alimento, vivienda, etc.); 3) mantener la integridad corporal y de moverse libremente; 4) emplear los sentidos, de imaginar, de pensar y de razonar. Implica la necesidad de una educación adecuada; 5) sentir apegos hacia cosas y personas que están fuera de uno mismo; 6) formarse una concepción del bien e implicarse en reflexiones críticas acerca de la planificación de la propia vida; 7) formar una comunidad con otros seres humanos; 8) capacidad de vivir y respetar otras especies y la naturaleza; 9) capacidad de reír, jugar y disfrutar de actividades recreativas; y 10) capacidad de vivir la propia vida y ostentar cierto control sobre el propio entorno.
Las tecnologías afectan positivamente y negativamente a estas capacidades; gracias a los avances tecnológicos la esperanza de vida es mayor, pero también hay más sedentarismo; nos comunicamos con más gente, pero también nos aislamos. Los niños (as) cada vez juegan menos con otros niños (as), no tienen juguetes físicos sino virtuales, casi no dibujan, imitan conductas irreales y pasan muchas horas frente a dispositivos electrónicos y esto afecta significativamente su proceso de desarrollo y plasticidad cerebral.
La pandemia de covid-19 y las modalidades de educación online, agudizan el problema, ya que los procesos de socialización escolar en los niveles preescolares y básico, prácticamente se suprimieron y se normalizó el uso de plataformas virtuales; esto ha sido temporal, pero puede que tenga efectos.
El debate sobre el “fin del trabajo” entre Martin Carnoy y Jeremy Rifkin, pone sobre la mesa los desafíos del desplazamiento tecnológico y la flexibilidad laboral como producto de los grandes cambios digitales en la industria, su automatización y robotización. También el teletrabajo asistido por internet está modificando patrones sociales; menos movilidad, pero más aislamiento e individualismo.
En las familias cada vez hay menos diálogo y más chat; es muy común observar episodios domésticos en dónde todos con un móvil en la mano están conectados con algo o alguien y desconectados entre sí; o bien hiperconectados. Aquí aparecen las redes sociales, un creciente fenómeno transmedia (texto, video, fotos, audio) que posibilita una dimensión “ubicua” en tiempo real y un profundo aislamiento.
Nuevas amistades, fraudes, pornografía, relaciones virtuales, comunicación en tiempo real, mapas de navegación y ubicación, compras online, pagos a través de banca electrónica, entre muchos otros aspectos, están cambiando nuestras vidas.
Inclusive podemos destacar otros fenómenos: dobles identidades, anonimato, contarle al mundo lo que hacemos, pasar horas con influencers que fabrican historias y experiencias fantasiosas, aprender con tutoriales YouTube, odiar profesionalmente utilizando herramientas tecnológicas y hasta impulsar una rebelión desde las redes sociales.
No hay vuelta atrás, el proceso de transformación digital como el efecto social total y global de la digitalización o la conversión analógica-digital, es un hecho incuestionable e irreversible. No obstante, cada quien deberá buscar las imprescindibles cuotas y espacios de humanización.
La “paradoja digital” es una realidad, tenemos que lidiar con ella y buscar los equilibrios necesarios. Los que nacimos antes de internet y que pertenecemos a esta simbiosis industrial y digital podemos comparar y obtener conclusiones de los cambios; los que nacieron en los años 90 posee una foto distinta de la realidad. No me gusta utilizar estas etiquetas generacionales Boomers, Milenials, generación Y o X, ya que hay contextos culturales, educativos y familiares con transiciones muy diversas y, además las generaciones de relevo arrastran por factores genotípicos y educativos un poco de su pasado; para cada grupo generacional siempre hubo un pasado mejor y un futuro de incertidumbre. Hoy, no es que exista más incertidumbre, sino que estamos sobre informados.
El camino nos exige alfabetizarnos digitalmente sin descuidar la humanización, las humanidades y la hominización. Somos seres humanos, inteligencia sentiente, inteligencia emocional e inteligencias múltiples…

Investigador Educativo/opicardo@asu.edu

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