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Los Acuerdos de Paz sí importan

Hay que ser un tipo insensible, tener el “corazón negro”, lleno de maldad, para asegurar que la guerra fue una farsa: afirmar eso es un insulto a las miles de víctimas del conflicto; o, más bien, un escupitajo en la cara a los millones de salvadoreños que sufrimos durante el conflicto armando (para intentar convencer a quienes niegan la realidad de la guerra, quizá nos tocará ir a pegar frente a Casa Presidencial o en la Asamblea Legislativa, reproducciones de fotos de cuerpos destrozados por las balas, o los cadáveres con señales de tortura tirados en El Playón).

Por Enrique Anaya
Abogado constitucionalista

PUESIESQUE…como parte de las alucinaciones y desvaríos del régimen ciano , tanto su líder como sus sirvientes pretenden reescribir la historia nacional y, con ello, negar la importancia y trascendencia histórica de los Acuerdos de Paz, los que pusieron fin a la guerra civil que padecimos por más de una década.

Y es que el culto a la personalidad del líder mesiánico del régimen —que no es otra cosa que una condenable idolatría— busca establecer en el imaginario popular que la historia de El Salvador inició en 2019, cuando el régimen ciano logró la presidencia de la República: es por eso es por lo que, contrario a toda realidad, califican de farsa tanto el conflicto armando como los acuerdos de paz.

Farsa, según el diccionario de la lengua española, es —entre otras acepciones— “acción realizada para fingir o aparentar”, así que nótese la aberración social e histórica que significa calificar de farsa la guerra civil de los Años Ochenta: ¿acaso los miles de muertos solo estaban fingiendo? ¿Acaso los desaparecidos por los escuadrones de la muerte eran solo para aparentar? ¿Acaso la destrucción de vidas y bienes fue solo para fingir?

Pues les diré que no: ver el cuerpo de un familiar destrozado por una granada no es una farsa; ver el cuerpo de un amigo atravesado por la bala de un fusil no es apariencia; despedir familiares y amigos hacia un obligado exilio por causa de la guerra no es una farsa; ver cadáveres regados en las calles durante la ofensiva de 1989 no es apariencia.

Hay que ser un tipo insensible, tener el “corazón negro”, lleno de maldad, para asegurar que la guerra fue una farsa: afirmar eso es un insulto a las miles de víctimas del conflicto; o, más bien, un escupitajo en la cara a los millones de salvadoreños que sufrimos durante el conflicto armando (para intentar convencer a quienes niegan la realidad de la guerra, quizá nos tocará ir a pegar frente a Casa Presidencial o en la Asamblea Legislativa, reproducciones de fotos de cuerpos destrozados por las balas, o los cadáveres con señales de tortura tirados en El Playón).

Por ello, en tanto la guerra fue una dura y cruel realidad, los Acuerdos de Paz sí produjeron el resultado para el cual se estipularon: silenciar los fusiles del conflicto y crear las bases para la construcción de una sociedad inclusiva, que no excluyera a ningún sector político o ideológico.

Y, aunque ahora lo niegan algunos alucinados privilegiados que creen que con ellos inició la historia, los Acuerdos de Paz fueron motivo de regocijo —verdadero júbilo cívico— entre todos los salvadoreños.
Así, los acuerdos de paz deben comprenderse como una bisagra en la historia nacional, como el instrumento político en el cual se expresa la voluntad nacional de debatir y sortear las diferencias a través del diálogo y de la negociación, dejando atrás el recurso a la violencia. Ese espíritu de los acuerdos de paz debe conservarse y potenciarse.

La narrativa oficialista del régimen ciano niega la importancia y trascendencia de los acuerdos de paz porque estos son, por una parte, base para la construcción de un sistema democrático y, por otra parte, expresión que la convivencia pacífica es posible mediante la observancia de las reglas y normas, en fin, de la ley. Pues eso no le gusta al oficialismo: a los fanáticos de la secta ciana no les gusta la democracia y, por ello, han desmantelado todas las instituciones de control, imponiendo en las mismas a simples comparsas o desteñidos figurantes; y, tampoco les gusta la ley (y en esto incluyo la Constitución), pues asumen que lo único “verdadero” son la voluntad y los caprichos del líder mesiánico.

Por eso, a 30 años de la firma de los Acuerdos de Paz, es esencial rescatar su espíritu, que tanto abandonaron previas administraciones presidenciales, pero que la actual reniega: convivencia pacífica a través del diálogo y la observancia de normas.

Ese es el reto que tenemos como ciudadanos salvadoreños: frente al carácter fascista de la actual administración presidencial, quienes somos demócratas —genuinamente demócratas— debemos mostrar la voluntad de unirnos, inclusive con quienes somos ideológicamente distantes, pues a pesar de nuestras diferencias debemos poner la democracia y al país por delante, simple y sencillamente porque eso es lo correcto.

Por eso, el 16 de enero se conmemora un acontecimiento, no se celebran personas.

Siendo así, nos vemos el domingo, en la calle, pues #El16Marchamos

Abogado constitucionalista.

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