La ventana rota

Ninguna política económica o social puede llevar al desarrollo si está combinada con mensajes de odio. Estos mensajes llevan a divisiones terribles que luego destruyen todo — como en Nicaragua— y todos pagan. Le toca al Presidente llamar a sus partidarios a la cordura

Por Manuel Hinds
Máster Economía Northwestern

Oct 10, 2019- 19:33

El 8 de octubre recién pasado Gerardo Muyshondt publicó en este periódico un artículo llamado Los Nuevos Escuadroneros, que todo salvadoreño debería leer (https://www.elsalvador.com/opinion/editoriales/los-nuevosescuadroneros/647679/2019/). El artículo habla de los grupos de asalto que pueblan las redes sociales para atacar, humillar y desprestigiar a cualquiera que diga algo crítico contra el Presidente de la República por cualquier medio de comunicación y nota cómo éstos representan uno de los rasgos más dañinos de nuestra población. Es la misma actitud que nos llevó a la explosión de violencia que fue la guerra: el ataque personal, lleno de odios, dirigido no a debatir a los que piensan diferente sino a destruirlos.

En esta época los ataques no se realizan ya a balazos, como lo hacían los escuadroneros y los comandos urbanos, sino con palabras, lo cual es una ganancia. Pero no podemos olvidar que las palabras son los prólogos de las acciones y que, en un ambiente como el que generan estos ataques verbales, los odios se multiplican y ayudan a establecer un ambiente de violencia y revientan en acciones terriblemente destructivas.

Que una cosa lleva a la otra es algo que los salvadoreños deberíamos saber por la triste experiencia que vivimos en la guerra y por vivir ahora mismo en una de las sociedades más violentas en mundo. Estos odios crearon el ambiente que nos ha llevado a esa actitud cínica, sicópata en su indiferencia que tiene la población frente a la espantosa violencia que nos ha aqueja. Una cínica agresividad sin límites como la que mueve a los nuevos escuadroneros contribuye a la creación de ese ambiente.

Cuando el presidente Nayib Bukele tomó posesión, él dijo que con ese acto se estaba terminando la guerra. Todos entendimos que no quería decir que terminaría en términos de balazos. Eso ya había terminado 18 años antes. Lo que entendimos fue que llegaba el fin de los odios terribles, de las divisiones causadas por ellos y de la continua y sórdida incitación a destruir a quienes no piensan como nosotros. Especialmente, entendimos que su afirmación era que la práctica más destructiva de esas décadas, la de buscar la unificación de los partidos propios a través de inculcar el odio contra los rivales se había terminado, al menos de parte del gobierno.

Pero ahora resulta que no sólo no se ha terminado esa guerra sino que está iniciándose otra a través de los nuevos escuadroneros de los que habla Gerardo Muyshondt. Muchos hombres y mujeres la han sufrido desde que esta nueva Presidencia se estableció. En su afán de demostrar que no tienen escrúpulos ni límites hasta donde no pueden llegar han inventado calumnias, atacado la honra de las mujeres y han llegado hasta a tocar al heroico hijo del mismo Gerardo Muyshondt, que, a los seis años de edad, ha enfrentado valiente y optimistamente una cruel lucha el cáncer por los últimos cuatro años.

Esto es todo lo contrario de lo que prometió el Presidente. La gente no entendió que habría solo un cambio en los actores que promueven el odio y en la identidad de los que lo reciben, que han pasado de ser los que habían estado opuestos en la guerra a todos los que no estén de acuerdo con la línea del gobierno.

El Presidente ha hecho giros muy positivos en las políticas económicas y de relaciones internacionales, sacando del camino los odios y resentimientos contra el sector privado que guiaron las políticas del FMLN. Ha establecido un nuevo ambiente de optimismo para la inversión. Pero ni el Presidente ni los representantes del sector privado deben olvidar la triste experiencia del país, de Venezuela y de Nicaragua: que la siembra de vientos lleva a tempestades y que, si no se reparan, estos ataques rabiosos contra la crítica son la ventana rota que presagia el desastre para el país entero, y que ese desastre no se evita sólo porque la víctima de esos ataques no sea más el sector privado. Ninguna política económica o social puede llevar al desarrollo si está combinada con mensajes de odio. Estos mensajes llevan a divisiones terribles que luego destruyen todo — como en Nicaragua— y todos pagan. Le toca al Presidente llamar a sus partidarios a la cordura para cumplir con su promesa de paz interna y evitar ese desastre.

Máster en Economía

Northwestern University.

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