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Pascal Drouhaud/ Colin Powell: carrera ejemplar, leyenda gastada

Su carrera ha sido excepcional. Sin duda. Alcanzó cimas que no se imaginaba cuando era joven en Harlem. Pero hubiesen podido abrirse al nivel del mito

Por Pascal Drouhaud
Politólogo, presidente LATFRAN

Colin Powell murió el 18 de octubre pasado a sus 84 años.
Vista desde Europa, la carrera de Colin Powell tenía todos los ingredientes para volverse un modelo tanto al nivel social como político o militar. Al final, los sentimientos que deja son una mezcla de admiración, de esperanza y de desilusión. Francia es el país donde más se siente ese contraste. Se considera que ha sido superado por la desviación de los valores que Powell encarnaba, cuando defendió la Guerra en Iraq en frente del Consejo Permanente de la Organización de las Naciones Unidas en 2003. Él, más que otros, tenía una responsabilidad moral que le permitía dejar una huella en la historia. Por cierto, cuando nació en 1937, el hijo de inmigrantes de Jamaica no era predestinado al éxito que conoció. Entró en la “Reserve Officers Training Corps ( ROTC)” en los años 50.
Aun siendo militar, conoció la dureza del racismo, de los prejuicios. Pero su ascenso en el ejército a través de los años ha sido una respuesta para todos los que querían romper una forma de determinismo social.
“Sí se puede”, parecía decir cuando en Vietnam, bajo las administraciones Kennedy y Johnson, en los años 60, fue herido después de haber andado sobre una trampa de madera llamada “punji stick” y condecorado por acto de valentía.
“Sí se puede”, cuando en los años 70, mientras Richard Nixon estaba en la Casa Blanca, se convirtió en Oficial de Estado Mayor en el Pentágono.
“Sí se puede”, cuando fue nombrado Asesor de Seguridad Nacional bajo la presidencia de Ronald Reagan.
“Sí se puede” cuando prestó juramento en 1989, año crucial en las relaciones internacionales con la caída del Muro de Berlín, la intervención “Just Cause” en Panamá y la fracasada “Ofensiva hasta el tope” en El Salvador, como presidente de los Jefes de Estado Mayor inter-ejércitos frente al entonces Secretario a la Defensa de George Bush, Dick Cheney.
“Sí se puede” cuando se perfilaba como un posible candidato a la Vicepresidencia de los Estados Unidos en los años 90 y cuando fue nombrado Secretario de Estado bajo la administración de George W. Bush en 2001.
Una “doctrina Powell” empezó a aparecer a raíz de la primera Guerra del Golfo en 1991. Consistía en afirmar que se podía usar la fuerza militar solamente cuando “todos los recursos diplomáticos, políticos e económicos” habían sido usados. Una vez iniciada la acción, el despliegue de la fuerza tenía que ser completo, para someter rápidamente al enemigo y reducir el número de pérdidas estadounidenses. Toda su carrera había acompañado la acción exterior de los Estados Unidos en medio de la Guerra Fría y momentos sensibles: tuvo que hacer conclusiones tanto sobre la masacre de My Lai en Vietnam en mayo de 1968, como en los conflictos centroamericanos en los años 80. Siempre respaldó sus instituciones. Patriotismo, fidelidad , virtudes que le fueron reconocidas durante años reforzando la credibilidad de una palabra y posiciones que le permitieron ser el primer afroamericano en entrar en la Secretaría de Estado norteamericana. Después de los atentados del 11 de Septiembre de 2001, se opuso un tiempo a una posible intervención contra Iraq. La “guerra contra el terrorismo” empezó con una intervención en Afganistán para acabar con el régimen de los talibanes y con Osama Ben Laden.
Para los europeos y principalmente los franceses, Powell perdió su “áura” cuando presento en 2003 elementos que resultaron, años después falsos, para justificar una intervención militar unilateral contra Iraq. Con acusaciones de detención de “armas de destrucción masiva” y bacteriológicas, su intervención del 5 de febrero de 2003 será determinante para obtener la neutralidad de la comunidad internacional, en un conflicto que incendió gran parte del Medio Oriente.
Aunque reconocía el carácter autoritario del régimen, Francia no aceptó la idea de una intervención que le parecía abusiva y desproporcionada. Él mostró un frasco que contenía supuestamente un producto infeccioso mortal, el “anthrax”. La imagen dio la vuelta del mundo, justificando una intervención que se probó, años después, estar basada sobre elementos falsos. Renunciando como Secretario de Estado antes de la guerra contra Iraq en 2003, hubiese ganado un peso político indispensable para influir sobre la política de los Estados Unidos. Pero era demasiado tarde cuando dimitió de su cargo el 15 de noviembre de 2004.
Su carrera ha sido excepcional. Sin duda. Alcanzó cimas que no se imaginaba cuando era joven en Harlem. Pero hubiesen podido abrirse al nivel del mito, quedándose fiel línea de la representación que su exitosa carrera significaba para millones de personas que esperan que los valores del mérito y de la rectitud pueden vencer. Es lo más duro cuando uno está confrontado a la realidad del poder. Pero es la fuerza que hace la diferencia para que el ejemplo se transforme en leyenda y modelo para todos.

Politólogo, especialista francés en relaciones internacionales, presidente de la Asociación Francia-América Latina (LATFRAN). www.latfran.fr

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Estados Unidos Guerra Irák Opinión

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