Cultura anti-maternidad

año tras año saturamos por un día el ambiente con celebraciones a las madrecitas, mientras nuestra cultura y legislación parecieran castigar la maternidad para quienes más ayuda necesitan.

Por Cristina López
Lic. en Derecho de ESEN

May 09, 2019- 18:42

Celebramos en nuestro país el Día de la Madre. Lo hacemos como siempre: algunos con detalles de agradecimiento a las figuras maternas en nuestras vidas; los centros educativos con “shows” que en muchos casos se vuelven un recuerdo palpable de la paciencia y amor infinito de quienes ejercen la labor de cuido, al forzar a quienes agasajan a atragantarse con las coreografías bien intencionadas de todito el plantel estudiantil, todo por disfrutar el par de minutos que su criatura aparece en el escenario; el comercio con ofertas de regalos, flores, y restaurantes.

Por el énfasis (por lo menos a nivel de apariencias) que en teoría se le da a la celebración del Día de la Madre, cualquiera pensaría que en nuestro país facilitar la maternidad para quienes desean ejercerla (con independencia de su nivel económico) es una prioridad cultural. Y tristemente cualquiera que así pensara estaría profundamente equivocado. La realidad, por lo menos la que puede medirse a través de indicadores estadísticos de desarrollo y la que puede observarse de manera anecdótica en nuestro país, ilustra una cultura en la que la maternidad se castiga.
Según datos del PNUD, la tasa de participación en la fuerza laboral para las mujeres es del 47% mientras que la de los hombres es del 78%. En muchos casos, según estudios académicos, este tipo de diferencias en el mercado laboral entre la participación de mujeres y hombres refleja varias cosas. Entre ellas, la imposibilidad de volver compatible un trabajo bien remunerado y el demandante rol de cuido que implica la crianza. Igual de significativa es la expectativa social y cultural de género de esperar que sean las madres las que ejerzan la gran mayoría de obligaciones en el rol de cuido, mientras que el rol del padre se delega (por razones inminentemente machistas y limitantes para los hombres) a obligaciones casi periferales y secundarias.

Esta expectativa en nuestro país se tradujo en ley en 2013, cuando la Asamblea Legislativa decidió otorgar solo tres días de asueto remunerado por paternidad a aquellos que la ejerzan (incluidos los padres adoptivos). Una ley que no toma en consideración a las familias que necesitan equilibrar los roles de cuido de manera más balanceada por razones de salud de la madre, o que pone las necesidades del empleador por encima de las familiares, volviendo plenamente transparente la prioridad de las políticas legislativas (y la cultura que las inspira).

Esa misma cultura tóxica es también la que juzga de manera negativa las capacidades maternales y emocionales de las mamás con empleos inflexibles cuando no pueden participar tan activamente como otras mamás en las actividades de sus hijos, enviando el mensaje absurdo de que solo hay una manera de ser mamá y que la dedicación tiempo completo al rol de cuido es la única manera de demostrar amor en la maternidad, como si la necesidad económica de mantener un empleo estable para proveer para la familia no demostrara lo mismo.

Estas mismas actitudes culturales, esas que juzgan a la mamá ausente cuyo empleador inflexible prefiere ignorar su responsabilidad en perpetuar nuestra cultura anti-maternidad, son también las que ignoran e invisibilizan a sectores enteros de mamás cuando pertenecen a sectores económicos distintos, como el sector de empleadas domésticas, que se ven obligadas a proveer para sus hijos desde lejos mientras ayudan a criar hijos ajenos. O a las mamás a quienes leyes penales arcaicas que deberían reformarse, han condenado a ver a sus hijos crecer sin ellas mientras se pudren abandonadas tras las rejas. Pero preferimos ignorar estos temas, por incómodos. Y año tras año saturamos por un día el ambiente con celebraciones a las madrecitas, mientras nuestra cultura y legislación parecieran castigar la maternidad para quienes más ayuda necesitan.

Lic. en Derecho de ESEN, con maestría en Políticas Públicas de Georgetown University.
@crislopezg

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