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El santo de la familia

“Muchas veces, sin que nosotros lo sepamos, las gracias y las luces que recibimos las debemos a un alma escondida... En el cielo no habrá miradas de indiferencia, porque todos los elegidos reconocerán que se deben mutuamente las gracias que les han merecido la corona”

Por Carmen Maron
Educadora

Doña Rosa (a quien un día dedicaré un artículo) era mi bisabuela, una mujer demasiado avanzada de pensamiento para su tiempo, por lo cual muchos la consideraban excéntrica. Tenía una hacienda de café de bajío en San Pedro Nonualco llamada “El Porfiado”. Cuando mi bisabuelo murió, ella se negó a volverse a casar y manejó sóla la hacienda que, además de café, tenía un poco de todo.

Cuando la imponente Doña Rosa se cansó de manejar la hacienda, se mudó a San Salvador y la dejó en manos de sus hijos varones para que la administraran, dio su dote a sus hijas y murió con sus manos llenas de...bueno, murió después de tener una vida interesante.

Siempre nos hemos deleitado en familia de las mil y un anécdotas de mi bisabuela. Pero, una vez El Porfiado pasó a las manos de los herederos, allí quedaron las cosas. Hace dos días, sin embargo, descubrí que El Porfiado tenía otra historia que contar.

Llegué esa tarde con flores para mi madre, otro deleite de familia. La hallé tecleando en su laptop, la cual le escogió mi sobrino, con mucho interés. Unos minutos después, mientras arreglaba las rosas blancas y salmón en un florero, me dijo de la nada: “Mirá, uno de los señores que van a hacer beatos llegaba a El Porfiado”.
La miré con extrañeza. “¿El Padre Rutilio?”.

“No”, me dijo mi madre, “el otro señor. El de café. El de lentes”.

Me senté junto a ella... “¿Cómo así, mamá?”.

Y me empezó a contar. Una vez que mi abuela se había casado, rara vez visitaban El Porfiado. Pero, un día a los 16 años, por casualidad fue. Era ya de tarde cuando anunciaron una visita: Fray Cosme Spessotto.
“¿Estas segura?”, le pregunté.

“Totalmente. Me acuerdo del hábito. Llegó, platicó con tus tíos abuelos, saludó a los demás y se fue. Pero nunca olvidé su rostro. Era medio orejón”... Se sonrió y me volvió a ver, por si me ofendía. “Era un hombre bueno. Después, durante la guerra, me di cuenta de que lo habían matado. Había terminado de dar una misa o algo así...”.
Ambas nos quedamos en silencio.

“¿Y qué sentiste?”, le pregunté.

“Tristeza”, me contestó. “Era un hombre bueno. Tus tíos abuelos le ayudaban. Murió por hacer el bien a su gente. Entiendo que lo mató la Fuerza Armada...realmente, fueron terribles esos años".

Durante muchos años he sido una ávida lectora de cuanto libro ha salido acerca de P. Rutilio. Pero, sin yo saberlo, Fray Cosme había sido amigo de mi familia. Me marché de la casa de mis padres meditando que, muchas veces, las vidas santas se entretejen con nuestras vidas normales y corrientes, y que Dios nos permite conocer santos. Si abrimos un poquito el corazón, si vemos más allá de nuestra realidad cotidiana, encontraremos que en la Iglesia hay más santos que pecadores. Lo que se debe entender es que los pecadores causan escándalo. Los santos...bueno, muchas veces son santos en lo oculto.

Una de mis amigas más queridas de la Triunfante, Thérèse de Liseux (Santa Teresita del Niño Jesús), escribió: “Muchas veces, sin que nosotros lo sepamos, las gracias y las luces que recibimos las debemos a un alma escondida... En el cielo no habrá miradas de indiferencia, porque todos los elegidos reconocerán que se deben mutuamente las gracias que les han merecido la corona”. Quiera Dios que podamos siempre descubrir, apoyar y apreciar a esas almas escondidas, que son sal de la tierra y luz del mundo, en estas épocas de tanta oscuridad.

*Escrito, con especial gratitud, para mi mamá, que me permitió contar su historia.

Educadora, especialista en Mercadeo con Estudios de Políticas Públicas

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Beatificaciones Y Santificaciones Beatos Cristianismo Opinión

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