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Sonrisas inmortalizadas y burbujas de oro

Son estos minutos lo que definen para muchos el valor de los días venideros, pero eso no es más que una falacia, un error, una mentira. La larga playa que recorremos se debe a nosotros, no al revés.

Por Alonso Correa
Periodista panameño

La efervescencia del final ha concluido. Se asienta el primero de doce meses que pueden cambiar al mundo, para bien o para mal. Doce escalones que recorreremos contra nuestra voluntad, arrastrados por la corriente del tiempo en los rápidos del río de la vida. Una gran vereda de abedules y robles que están al borde de un acantilado y al final de este, la brillante imagen de un sueño. Eso es el Año Nuevo, un espejismo, plastilina, arcilla; es una masa sin forma buscando ser moldeada. El tiempo es el bien más preciado, el recurso más abundante que muy pocos saben trabajar.

Explosiones avisan la entrada en vigor de una nueva celebración, la muerte de una hoja más, inicia a bregar un foráneo familiar. El olor a sulfuro aviva los recuerdos del hogar. Alegrías, amoríos, girasoles y mariposas que elevan al cielo alabanzas a Jano. Una verbena, nuevas saturnalias, un año encapsulado en una noche. La tiniebla se agota, la música se apaga, el licor se evapora y el peso de la mañana cae como rocío sobre la ciudad. Se repite el ciclo.

Pero es en ese efímero momento, donde la fatua ignorancia asume el control; cuando los deseos resuenan como cañones. Una invasión de esperanza cae del cielo e inunda nuestra realidad. Visiones de la actualidad mejorada, apariciones y espectros se regocijan en el rápido recuerdo de un viviente. Es el alimento de las bestias que construirán los cimientos por donde las masas, empujadas por las máquinas de Cronos, marchan.

El pasajero sentimiento de bienestar, el calor fugaz del júbilo; se extingue al abrir los párpados cansados por una noche rauda y frenética. Los largos dedos de Helios resbalan a través de la cortina de Morfeo. El hormigueo de las toxinas recorriendo las venas, acumulándose en el flujo sanguíneo retiene el metálico sabor del resentimiento. El oasis se mira demasiado lejos y las piernas ya no tienen fuerzas. El cobijo de la tela se encadena a la piel y frustra el esfuerzo. La purga inicia en el corazón y el cerebro, entumecido por el ruido blanco de la incertidumbre, tarda en encender.

Las visiones concebidas por el venenoso polvo onírico se desvanecen de la memoria, se han escapado de su reino los mortales que visitaban. Hoy aparecen en los espejos de nuestra realidad los fantasmas del ayer. Migas de las vidas ajenas que resaltan una ficción. Destellos que avisan lo que fue, parte de una existencia dividida. La existencia en duplicidad, la yuxtaposición de lo irreal, lo falso, lo virtual y lo físico. Acompañando al éxtasis de una mentira.

Los primeros pasos son los más dolorosos. El flujo de agua calma al oído herido, el frescor trae de vuelta la sensibilidad en la piel y un trago asiste al estómago fatigado. La porcelana se limpia con sabor a menta y los restos del pasado bajan por la cañería. El descendiente de Adán vuelve a sus raíces, abatido por un cansancio enraizado en su alma. Con el ímpetu rasgado. La ablepsia del futuro abre la puerta e ingresa la ansiedad del qué, el cómo o hacia dónde conducirse. Y es ahí cuando entra la ambición humana de conquista. El continuo embate de las legiones de segundos no hace más que fortalecer el ego de un náufrago. Perdido en el océano de las edades, busca con desdén la verdad de su situación.

Son estos minutos lo que definen para muchos el valor de los días venideros, pero eso no es más que una falacia, un error, una mentira. La larga playa que recorremos se debe a nosotros, no al revés. Y las aspiraciones se vuelven tangibles con el peso del trabajo que se le da. [FIRMAS PRESS]

Escritor panameño.

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