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Obras son amores

Por Manuel Hinds

Mar 08, 2018- 21:14

Entre las sorpresas que han surgido de las elecciones del domingo pasado una de las más impactantes fue la reacción inicial del FMLN. Diferente a otros miles de ocasiones, el partido no salió gritando y amenazando sino que aceptó la derrota con una manifestación de realismo que para lo acostumbrado en ellos fue muy sorprendente, y se embarcó en un proceso de autocrítica para entender su aplastante derrota. Falta por ver, sin embargo, si este proceso será solo una mascarada para justificar la actuación de las cúpulas, o si esta vez la autocrítica va a ser de verdad. Los signos de que no lo será han ido aumentando con los días. Los líderes han identificado algunas pistas que lo podrían llevar a un buen diagnóstico, pero les falta sinceridad y profundidad para llegar a entender lo que les ha pasado. El problema principal es que para entender completamente lo que les pasó tendrían que descartar creencias que no solo han tenido por décadas sino que en realidad han guiado su vida entera y son la base de su autoestima.

Por muchos años, décadas, los líderes del FMLN creyeron que los asuntos de Estado eran muy simples, tan simples que cualquier persona sin educación los podía resolver. Según ellos, los problemas nacionales provenían de que enemigos de clase manejaban el gobierno en favor de sus intereses personales. La clave del éxito, entonces, estaba en derrocar violentamente al gobierno, eliminar a los enemigos de clase (en la lucha revolucionaria o aboliendo la propiedad privada) y usar el fervor revolucionario, no la capacidad intelectual y profesional (que ellos no reconocen que existen) como el criterio para apoyar políticos y nombrar funcionarios en el gobierno.

Ellos entendían muy claramente que para lograr esto necesitarían tener el poder, que primero buscaron a través de la violencia y luego, después de los Acuerdos de Paz, a través de apoyos políticos de la población. Para lograr esto, ellos pensaron que solo era necesario mantener una actitud revolucionaria, atacando continuamente toda fuente de autoridad que no fuera la de ellos, y teniendo siempre un enemigo externo al cual echarle la culpa de todo. El principio era lograr unidad en el movimiento revolucionario a través de tener siempre enemigos terribles (que ellos llamaban el “Imperio” y las “Clases Opresoras”) contra las cuales volcar el odio que ellos mismos inyectaban en la población. Ellos aprendieron muy bien a manejar el odio, y a convencer a sus seguidores de que no importaba que ellos estuvieran mal y cada vez peor si sus líderes seguían insultando a Estados Unidos y a los que ellos llamaban “enemigos de clase”.

Por un tiempo bastante largo pareció que esta fórmula funcionaba, principalmente mientras no estaban en el poder, porque los problemas siempre los podían culpar a los enemigos de clase. Esto se volvió más difícil cuando escalaron el poder y manejaron el Ejecutivo, el Legislativo y parte del Judicial. La gente que los había apoyado por décadas se dio cuenta de que por llevarlos al gobierno solo ganaban el placer de ver al gobierno insultar a Estados Unidos y a los “enemigos de clase”, mientras que como costo tenían la drástica declinación de la inversión y el crecimiento económico, el alto desempleo y la incompetencia en el manejo de la criminalidad y la prestación de los servicios públicos.

La gente ya no está dispuesta a cambiar insultos a “los enemigos de clase”, insultos que disminuyen la inversión y el crecimiento, y agresiones verbales contra los Estados Unidos, que alberga a dos millones de nuestros conciudadanos, para lograr solo empeoramientos en su propia situación. La cólera contra esta manera de manejar el partido y el país fue lo que brotó en las elecciones del domingo pasado.

Si no entiende esto, el FMLN no va a volver a levantar cabeza. El problema es que sus líderes jamás van a querer entender esto, porque si lo entienden perderán no solo sus posiciones en el partido (en el gobierno los van a perder sin duda por las elecciones de 2019) sino también lo que han creído por toda su vida. Ahora le pedirán a sus seguidores que sacrifiquen su futuro para que ellos no sufran esta tristeza.

Máster en Economía
Northwestern University.
Columnista de El Diario de Hoy.