Esta carta es un cuento: El velorio que me salvó el pellejo

Por Paolo Luers
Periodista

Nov 01, 2019- 16:13

El Día de los Muertos. Me vienen a la mente tantas historias de muertes que he visto en este país. Cadáveres de estudiantes y sindicalistas que me tocó fotografiar en las semanas de venganza luego de la ofensiva insurgente de enero de 1981. Cuerpos de soldados y combatientes abatidos a balazos. Restos carbonizados de niños que encontré en El Mozote. Policías y pandilleros acribillados…
Pero no son historias tristes las que quiero contar hoy. Prefiero contar cómo el velorio de un campesino anciano me salvó el pellejo.
Año 1981, tipo marzo o abril. Mi primera entrada al frente de guerra en Morazán. Un colega periodista (cuyo nombre me tengo que reservar aún 38 años más tarde) me deja en frente de una casa en El Divisadero, sobre la Ruta Militar que lleva de San Miguel a El Amatillo. “¿Estás seguro, Chele? No me gusta este lugar. ¿Seguro que es aquí?”
— “No te preocupés, aquí es. Andá rápido, ¡y gracias!”…
El carro arranca y se va, y ahí estoy yo, un chelito alto, con mochila y bolso de cámaras, solo en medio de la nada, cerca de una zona de guerra.
Bajo unas gradas a la casa-tienda indicada. Pregunto por Ramón. Me meten de la tienda a la casa, veo un montón de niños y algunos ancianos. Aparece un muchacho, le digo la contraseña acordada. “Soy Ramón. A medianoche los compas te van a recoger aquí cerca y llevarte a Río Seco. Descansá, aquí estás seguro…”.
Me dan tortillas, frijoles y café. Todos se van, solo Ramón se queda conmigo. “Van al velorio de un vecino que murió anoche…”.
A la hora alguien entra en la tienda. Ramón va a verlo, los escucho hablar. Siento que hay problemas. Regresa Ramón y dice: “Viene una patrulla. No puedes estar aquí. Dejá tus bultos y seguime”. Esconde mi mochila y mis cámaras debajo de una cama y salimos. Cruzamos la carretera y subimos unas gradas, para llegar a otra casa, llena de gente. Lleno el patio, llena la casa. El velorio. Entramos, Ramón explica algo a la familia doliente, me saludan y me meten en otro cuarto, separado por una cortina. Me quedo solo, en lo oscuro, con los nervios de punta, pendiente de cada ruido y cada voz. “¿Qué pasa si los soldados me encuentran aquí? ¿Qué explicación les puedo dar? ¿Qué pasa con esta familia?”.
Afuera voces que obviamente no son de velorio, entre ellas una de mando. Y voces de mujeres. “¿Quieren café? ¿Ya comieron, tomen unos tamalitos…”. Las voces se calman. Murmullos. De repente la voz de mando: “Voy a entrar para brindarle nuestro respeto al difunto. ¿Cómo fue que se llama?”
— “Don Sebas. Pase adelante, sargento…”
Quince minutos más tarde me sacan del escondite, me sientan a la par del ataúd, me dan tamales y con café. Nadie me pregunta nada. No hace falta. La hija de don Sebas me da dos conos envueltos en hoja de huerta. “Para el camino. Esto da fuerza”. Luego alguien me explicaría que eran atados de dulce, azúcar artesanal hecha en molinos movidos por bueyes. En este momento, son los primeros (de muchos) atados de dulce en esta guerra…
Al rato aparece Ramón para recogerme. “Catearon todas las casas, menos esta. Aun los asesinos respetan la muerte”.
Docenas de abrazos sin palabras, o con una sola: “Cuídese”. Cruzamos nuevamente la Ruta Militar, pasamos por mi mochila y mis cámaras, otros abrazos silenciosos y bajamos una vereda que no lleva a una quebrada. En medio de un bosquecito de bambú encuentro a Jimmy y su escuadra, que me van a llevar a Río Seco, y la siguiente noche agarraremos viaje hacia La Guacamaya, al norte de Morazán. Pero primero habrá que subir todo el maldito cerro Cacahuatique, sin parar, sin descansos, porque hay que llegar antes de que amanezca. Pero esta es otra historia, más triste que aquella del velorio de don Sebas…
Saludos a todos los sobrevivientes, que hoy recuerdan a los muertos, entre ellos Ramón y Jímmy.

Paolo Lüers.

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