Carta sobre el 16 de enero: Con o sin gobierno, el aniversario de la Paz vive en los corazones de la gente

Por Paolo Luers
Periodista

Ene 15, 2020- 15:15

Este gobierno ya no hace ni siquiera el intento de fingir respeto por lo que el pueblo salvadoreño logró el 16 de enero del año 1992 en el palacio de Chapultepec. Ni el presidente, ni sus ministros, ni los líderes de sus dos partidos ven en los Acuerdos de Paz un logro de toda la sociedad salvadoreña. Por esto, ni siquiera los mencionan. 

Según nuestro presidente, quien reclama que su llegada al poder marca el inicio de una nueva etapa que deja atrás la postguerra, la firma de los Acuerdos de Paz no es algo que compromete a él y a su generación, sino que interpreta que fue nada más un pacto entre las dos fuerzas políticas protagónicas de la guerra para repartirse entre ellos el poder.

El pueblo salvadoreño sabe que no fue así. La búsqueda de una solución negociada a la guerra y sus matanzas, y al mismo tiempo a su principal causa -la falta de libertades y de pluralismo político- no surgió de las cúpulas políticas y militares que protagonizaron el conflicto, sino de la sabiduría popular que poco a poco se impuso en la opinión pública, en las universidades, en las iglesias, en el empresariado, en los sindicatos y al fin en las fuerzas beligerantes. Una sabiduría popular que no quería vencedores ni vencidos, sino quería paz, democracia, libertad, reconciliación, reconstrucción del país y, sobre todo, inclusión social y política.  

Aunque el documento final lo firmaron en Chapultepec el presidente arenero Freddy Cristiani y los líderes del FMLN, el Acuerdo era voluntad y legado de toda la sociedad. Cualquiera que vivió estos momentos decisivos en El Salvador fue testigo de esto. No solo Naciones Unidas (con su misión ONUSAL) observó que estos acuerdos se cumplieran y no se desviaran, sino toda la sociedad salvadoreña, liberada de prohibiciones y represiones, asumió esta tarea. 

Decir que los Acuerdos solo fueron un pacto para establecer y cimentar el bipartidismo en El Salvador es una falacia. Claro que ARENA como partido de gobierno en aquel momento, y el FMLN como expresión de la inclusión de la izquierda a un sistema pluralista tenían especial responsabilidad y protagonismo en la vida política de los años de la postguerra. Pero lo que la Constitución reformada y los Acuerdos de Paz dibujaron era un sistema pluralista abierto, no un bipartidismo cerrado. 

El hecho que la primera generación de la postguerra no logró asumir su rol de relevar a la generación que condujo la guerra no es un fallo de los Acuerdos. Es un fallo de esta generación y con graves consecuencias. Ni dentro de los partidos ni aparte o incluso apartando a los liderazgos partidarios se dio este relevo. 

Hubo intentos, por ejemplo cuando el Doctor Héctor Silva se desmarcó del FMLN y su sectarismo y corrió por la presidencia, tratando de construir una tercera fuerza al centro de la sociedad. Pero este centro no se había articulado políticamente, nadie se había dedicado a construirlo a tiempo, así que la candidatura quedó limitada al alcance de los dos partidos minoritarios que la apoyaron, el CD y el PDC.

Igual fracasaron todos los intentos de crear una fuerza seria de centroizquierda que pudiese disputar al FMLN el monopolio de representar a la izquierda. Y en la derecha, los liberales se tardaron hasta el 2018 (cuando se anunció la fundación de Nuestro Tiempo) para hacer el intento de construir una alternativa a ARENA, tan dominada por los conservadores.

El bipartidismo, o más bien la dominancia de ARENA y el FMLN, fue la triste consecuencia no de un pacto hecho en 1992, sino de la pasividad de muchos sectores. No pasaron del desencanto con los partidos tradicionales a la construcción de otras opciones. 

Hasta que vino Nayib Bukele y detectó en el desencanto acumulado un enorme potencial para un proyecto populista. Y rapidito este empresario oportunista arrimado al FMLN, porque en aquel entonces constituía el poder emergente, se convirtió en su peor enemigo. El resto de la película ya la conocemos…

Regresamos al punto de partida: Todos los que apreciamos lo que se logró negociando una solución política a la guerra vamos a celebrar siempre el 16 de enero como un día especial. Está bien que no haya desfiles ni actos oficiales, pero en el corazón de la gente se mantiene la emoción que sentimos aquel 16 de enero de 1992 cuando se firmó la paz.

Saludos, Paolo Lüers

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