“Necesito sacar adelante mi negocito por mi muchacho”

Luis Guardado es uno de los tantos casos de micro comerciantes que buscan un crédito para levantar su negocio y sostener a sus familiares; en su caso, tiene un hijo con parálisis cerebral y él es su único protector.

Por Jessica Guzmán

Nov 01, 2020- 04:30

En el mesón 307 del Barrio Lourdes, en San Salvador, vive Luis Guardado, un hombre de 63 años, junto a su hijo René, de 32 años, a quien Luis le dice “mi muchacho”.

René no puede valerse por sí mismo, ya que desde que tenía un año y tres meses sufrió una enfermedad que le provocaba fiebres muy altas y que le causaron parálisis cerebral.

El mesón donde alquila Luis está sobre la 36 avenida Norte y tiene al menos 10 habitaciones que no miden más de 4 metros cuadrados, allí solo hay un pasillo angosto, los baños e inodoros y lavaderos comunes, pero todo luce limpio.

Al entrar a la vivienda número 4 está un pequeño sillón, un televisor de aquellos de cajón y en la cama se encuentra René, quien permanece momentos acostado y otros sentado apoyado en almohadas; el joven no puede hablar, tampoco caminar, solo observa y hace gemidos cuando quiere agua o comida, pero si está cerca su padre busca su pecho para recostarse; Luis es su único protector.

“Es duro, la vida aquí es tremenda, vivir en un mesón es tremendo, aunque hay días más duros que otros, pero uno tiene que ver cómo paga el alquiler del cuarto, son $3 diarios y por eso he andado de mesón en mesón, porque cuando ya no puedo pagar, me toca buscar otro lugar e irme”, relata.

Un emprendedor

Luis es originario de Jiquilisco, Usulután, trabajó por muchos años de taxista y después aprendió un poco de panadería, por lo que hace dos años emprendió su micro negocio de elaborar mini pan para cócteles, los cuales vendía a varios negocios de mariscos en el mercadito de Merliot.

Sin embargo, con el cierre de la economía por la pandemia del COVID-19 su micro negocio se vino abajo, pues todos los negocios tuvieron que cerrar y ya no tenía a quién venderle su producto.

“Yo tengo un pequeño negocio de hacer pan, pancito para cócteles, pero con la cuarentena como cerraron todos los negocios, varios nos quedamos sin trabajo, porque incluso el señor que me alquila donde hacer el pan cerró y nosotros logramos sobrevivir con las bolsas de víveres que anduvieron regalando”, comenta el panadero.

Con la reapertura económica, muchos comercios en el mercado y en todos lados volvieron a abrir y Luis ha vuelto a hacer sus pancitos, al menos dos o tres veces por semana, según se lo pidan y si no se le enferma René.

A Luis le alquilan una mesa, utensilios y un horno en la colonia Málaga, para elaborar los mini panes, así como a otros panaderos que tienen negocios pequeñitos para que produzcan pan para vender. Para ello pagan $15 semanales, explica Luis.

Luis Guardado sale del mesón a entregar el pan para cóctel a sus clientes al Mercadito de Merliot. Foto EDH / Francisco rubio

La esperanza de un préstamo

Aunque la vida de Luis y René es dura por la pobreza, la enfermedad y el futuro incierto de cada día, este emprendedor no pierde la esperanza de obtener un préstamo para conseguir un lugar un poco más grande donde pueda vivir y seguir con su negocio.

“Yo fui a aplicar a un crédito, pero no sé si saldrá algo o no, yo necesito el crédito para poner un negocio donde trabajar y tenerlo cerca a él (su hijo), porque con eso que me toca de estar yendo allá no me siento bien yo por allá y él aquí, porque a él hay que atenderlo, hay que darle agua en la boca, hay que darle de comer, bajarlo de la cama para asearlo, esto es un trabajo y no cualquier persona se hace cargo de algo así, es duro, pero qué le vamos a hacer, esta es la ley de Dios”, expresa Luis.

El panadero aplicó recientemente a un crédito en el Banco de Desarrollo de El Salvador (Bandesal) de los que van dirigidos al sector informal mediante el Fideicomiso para la Recuperación Económica de las Empresas Salvadoreñas (Firempresa).

Para ello tuvo que inscribirse primero en la Comisión Nacional de la Micro y Pequeña Empresa (Conamype) y luego hacer el trámite en Bandesal.

“Yo fui a inscribirme a Conamype, fue rápido, solo me pidieron DUI y NIT, y después fui a Bandesal. Primero Dios que me lo den, porque sí lo necesito y yo sé que es un préstamo, pero a pesar que estoy viejo aún trabajo y lo hago más que todo por mi muchacho”, expresa Luis.

Una vida difícil

Luis relata que cuando René era niño lo tuvo en tratamiento en el hospital Bloom, pero luego al cumplir su mayoría de edad ya no pudo seguir en control ahí y durante los últimos 14 años ha tenido que llevarlo al Hospital Rosales para su tratamiento.

“Le dan ataques de convulsión y tengo que darle medicina diaria para que lo sostenga y no le den seguido las convulsiones y la caja de 40 cápsulas cuesta $10”, asegura.

El medicamento que toma René es a base de valproato de sodio, que es anticonvulsionante.

“Cuando el se siente mal no dormimos, porque le dan convulsiones, él no camina, me toca sacarlo en el lomo para la calle, pero me cuesta. Antes tenía un pedazo de transporte, pero se acabó, todo se va terminando. Más que todo lo que yo necesito es ayuda, de cualquier índole que sea, por el pago, por la salud de mi muchacho; casi no lo saco porque me cuesta mucho, él pesa bastante y no tengo silla de ruedas”, relata con tristeza.

René perdió a su madre Juana González hace dos años, ella murió por insuficiencia renal a los 52 años de edad, por lo que el joven solo tiene a su padre, ya que el único hermano que tiene se alejó de ellos, cuenta el emprendedor.

Luego relata cómo llegó a San Salvador. “Cómo es la vida, yo soy de Jiquilisco, me vine bien joven a trabajar de taxista, me vine hace más de 40 años. Trabajé de taxista con carro alquilado por varios años, estaba viva mi esposa y ella cuidaba a este muchacho y ahora tiene dos años que ella murió. Uno cuando está joven se viene para San Salvador para encontrar una vida mejor”.

Para Luis esa es una gran preocupación quién se hará cargo de René cuando él falte.

“Cada día es más pesado por la lucha con él, porque yo voy haciéndome viejo. Con un muchacho así no hay familia, no hay hermanos, no hay sobrinos, no hay nada, porque la familia se retira y no quieren saber nada del que tiene su deficiencia, solo uno como padre es el que puede ver por sus hijos”, reflexiona.

Pero Luis vuelve a ver a su hijo y dice nuevamente que tiene que seguir adelante, porque tiene que velar por su “muchacho”.

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