Policía y familia piden asilo en EE.UU. luego de ser atacados por pandilleros en Chalatenango

Mauricio Amaya escapó de morir en 2017 en un ataque de pandilleros en Chalatenango. Hoy quiere justicia y pide apoyo para venir a declarar y colaborar en la investigación.

La hermana del agente fue asesinada, el año pasado, en una calle del cantón Potrero Sula, en Nueva Concepción, Chalatenango. Foto EDH/ Archivo

Por Mirella Cáceres -David Marroquín

May 18, 2018- 21:58

La mañana del 27 de abril de 2017 se pintaba tranquila para Mauricio de Jesús Amaya y su familia. Gozaba de su día de descanso y le había ofrecido a su hermana Gloria llevarla en su motocicleta a un cantón cercano de Nueva Concepción, en Chalatenango. Pero la paz fue interrumpida cuando tres sujetos armados le salieron al paso, a pocos metros de su casa. Era una emboscada.

“Tres sujetos salieron como locos del monte, disparándome”, cuenta hoy vía telefónica Mauricio. Haber sobrevivido ese día, agrega, fue “puro milagro de Dios”.

Los sujetos eran pandilleros de la MS, afirma, y que lo atacaron con un fusil AK-47 y pistolas en la calle principal del caserío El Vado, de Nueva Concepción, donde vivía.

A miles de kilómetros de distancia, este policía, de 39 años, cuenta cómo logró escapar de la muerte “haciendo la silueta” en su moto y cómo vio morir a su hermana.

“¡Mauricio!, fue lo último que le escuchó decir a Gloria Esperanza Amaya, de 44 años, antes de caer sin vida tras recibir un disparo.

Gloria vivía en un cantón cercano llamado Zamora y cada día le llevaba la leche a su madre, quien hacía cuajada. Mauricio la llevaba de regreso a casa cuando estaba allí. Así fue como aquel fatídico 27 de julio, ambos iban juntos cuando ocurrió el ataque.

“Me agaché, pasé enfrente de ellos a unos 10 pasos. Quedé más vulnerable todavía. Aceleré la moto y me seguían disparando. Luego me escondí, pedí apoyo a los compañeros de la Policía y ellos llegaron”, relata.

Mauricio dice que al huir, desde lejos, miró hacia atrás y vio cómo los delincuentes armados rodeaban el cuerpo de su hermana.

“Uno de los sujetos era desconocido, era viejo, los otros dos son del caserío, aunque llevaban cubierto el rostro, los conocí. Eran pandilleros de la MS”, dice con total seguridad.

El ataque no fue aislado. Era parte de un plan trazado para atacar a la autoridad. “A nosotros nos había llegado información de que los pandilleros iban a atentar contra los policías, le llamaron ‘semana loca’”, recuerda.

Hasta aquel momento, 13 policías habían muerto ya a manos de pandilleros en ataques directos. Al final, 2017 cerró con 45 muertes violentas de agentes policiales.

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En el momento de la emboscada, Mauricio recuerda que tras ver caer muerta a su hermana pensó: “si me quedo, me matan” y sin perder tiempo escapó por su vida, se perdió entre los montes y no volvió.

“Pasé 16 días escondido”, cuenta, aunque dice que inmediatamente después del ataque corrió al puesto de la Policía Rural de Nueva Concepción, en el que estaba asignado.

Pero unos días después recibió un mensaje en su teléfono de sus atacantes: ‘se nos pasó la mano con tu hermana, a quien queremos es a vos, pero donde estés te vamos a lograr, te vas a morir, perro’.

Veinte días después del ataque salió junto a su esposa e hijo, sus tres hermanos con sus familias rumbo a Estados Unidos, como lo hacen muchos salvadoreños: huyendo de la violencia y utilizando la ruta ilegal. Tardaron un mes y cinco días en llegar.

Cuando pisaron tierras estadounidenses, se entregaron a las autoridades de Inmigración. Él pasó un mes detenido y su esposa 22 días. Ahora están libres y su asilo en trámite.

Pero el resto de su familia fue amenazada presuntamente por pandilleros: tenían que irse, les dijeron, de lo contrario morirían. Y así lo hicieron.

Acechado en tierra extraña

Atrás quedó la vida apacible que llevaba la familia Amaya en El Vado. Desde EE. UU. dice Mauricio que no queda nadie de la familia, que ese caserío, donde es “todo terror”.

HERMANA DE PNC ASESINADA
La hermana de un agente de la Policia Nacional Civil fue asesinada en una calle del CantÛn Potrero sula de Nueva ConceptiÛn en Chalatenango. La policia dijo que le habian disparado con un arma larga cuando se conducian en una motocicleta. 27072017 Foto Mas/EDH/ Francisco Campos.

“Todos nos hemos venido. Los últimos en venirse fueron mi papá y mi mamá. Todo, la casa, la tierra, está abandonada”, expresa.

Con nostalgia, este hombre que sirvió 14 años como policía, dice una y otra vez: “amo mi trabajo” y que él no se habría ido si no hubieran atentado contra su vida o si la integridad de su familia no estuviera en riesgo.

“Allá ganaba poquito pero vivíamos bien, yo quisiera volver. Aquí no estamos por nuestro gusto, estamos por temor”, dice Mauricio.

Pero estar tan lejos junto a su familia, no le garantiza total seguridad. Dice Mauricio que ya informó a la abogada que le tramita el asilo ante las autoridades estadounidenses que la pandilla rastrea sus pasos en EE. UU.

“Aquí necesitamos protección. He recibido información de que quieren saber dónde estoy yo, andan preguntando por mí, es gente vinculada a la MS”, asegura.

Desconoce qué proceso ha seguido su abogada ante esa amenaza, y tampoco ha tocado puertas de embajada o consulado del país allá.

Mientras tanto, él trata de seguir su vida, está trabajando para sostener a su familia, pero no deja de sentirse vulnerable.

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Entre abril de 2016 y mayo de 2017 unas 458 personas se vieron obligados a huir de la violencia generada por pandilleros.

“Queremos protección y ayuda para vivir en un lugar más seguro”, dice el agente, y pide al gobierno salvadoreño que les ayude a agilizar los trámites de asilo, pues toda la familia está bajo una “presión sicológica”.

Quiere colaborar con la justicia

Los Amaya no solo han tenido que llorar la muerte de Gloria a manos de pandilleros, sino también la de otro hermano.

Santos Amaya era agente del CAM y fue asesinado con saña en abril de este año. Él huyó junto a su familia en agosto tras la emboscada a sus dos hermanos, pero según Mauricio, él no fue admitido en EE. UU. y fue deportado. (Ver más detalles en nota aparte).

La inseguridad en la que aún vive su familia lo empuja, dice Mauricio, a pedirle a las autoridades salvadoreñas e incluso a la embajada de EE. UU. que le ayuden a volver al país para declarar como testigo bajo un permiso y protección especial y colaborar en la investigación para esclarecer el crimen de sus hermanos.

Dice que por ahora han capturado a dos relacionados con los crímenes, pero que estos solo son colaboradores de la pandilla.

“Yo quiero ir a declarar, quiero hacer justicia, colaborar con la investigación; me da miedo pero quiero ir, ya son dos hermanos asesinados, no son animales los que han muerto”, afirma.

Hermano fue asesinado 20 días después de ser deportado

El asesinato de Santos Amaya, un exagente del Cuerpo de Agentes Metropolitanos (CAM) de Chalatenango, se produjo 20 días después de haber retornado de Estados Unidos, de donde había sido deportado por haber intentado entrar de manera ilegal a ese país.

Santos había huido junto con dos de sus hermanos, quienes son policías, ante las amenazas de muerte que les habían hecho pandilleros que operaban donde residían, en el caserío El Vado de Nueva Concepción.

El crimen de su hermana Gloria Esperanza Amaya, de 44 años, quien acompañaba a su otro hermano, Mauricio, un policía, en una motocicleta, lo había obligado a escapar de la violencia y de la inseguridad que impera en el país, y que había alcanzado a su familia.

Lo único que pretendían era ponerse a salvo del acoso criminal de los pandilleros, aparentemente por ser policías.

Sin embargo, Santos Amaya no pudo ingresar a Estados Unidos, porque fue capturado por las autoridades migratorias estadounidenses y meses después fue deportado por orden de un juez de inmigración a El Salvador.

Santos no corrió la suerte de su demás familia, a los que les han permitido residir en Estados Unidos mientras se arregla su situación migratoria. Ellos esperan recibir el asilo.

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El beneficio es parte de un programa que tiene el país suramericano con la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur).

Como no tenía otra alternativa, Santos tuvo que retornar a su lugar de origen: el caserío El Vado.

Los temores de que le podía pasar algo malo si regresaba de Estados Unidos se volvieron realidad.

A los 20 días de haber sido deportado desde la nación norteamericana, un grupo de presuntos pandilleros lo emboscó cuando viajaba en su motocicleta placas M-113-203.

El ataque se produjo en la calle de la hacienda Peñalalapa, cantón Potrero Sula, siempre en la jurisdicción de Nueva Concepción.

Su cadáver quedó a la par de su motocicleta. En los alrededores donde cayó Santos, los técnicos hallaron gran cantidad de casquillos de pistola calibre 9 milímetros.

Sus familiares aseguraron que Santos recibió 18 balazos en distintas partes de su cuerpo, lo que le provocó su muerte de inmediato.

“Ellos me dijeron que iban a matar a toda mi familia, para que te duela p…, me dijeron”, recuerda Mauricio, a manera de explicación de porqué mataron a su hermano Santos.

Para este agente, a su hermano “lo mataron, allá (en El Salvador) porque, según ellos (pandilleros), era testigo; según ellos, él andaba contando cosas”, dice Mauricio.

Relató que los supuestos pandilleros, después de haber asesinado a Santos, le robaron el teléfono celular.

“Como que lo torturaron porque tenía la dentadura floja y tenía 18 balazos”, agregó.

Explicó que Santos no quería volver a El Salvador porque tenía miedo de que los pandilleros lo asesinaran. Estos ya le habían advertido de que no querían que regresara a su lugar de origen, ni tampoco que trabajara.

Las amenazas se extendieron a toda la familia Amaya. “Mi mamá está bien mal por toda esta situación”, dice Mauricio, por eso insiste en venir a colaborar con las autoridades salvadoreñas para que se pueda condenar a los atacantes de sus dos parientes.

Hasta el momento, la Policía no ha reportado captura de sospechosos de los dos asesinatos.

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