Las huellas de la afrodescendencia en El Salvador

La comunidad afrodescendiente celebra su día hoy, aunque no es una festividad establecida por el Estado.

Foto/ Menly Cortez

Por Menly Cortez

Ago 29, 2018- 11:34

Luis Enrique García comienza a aceptar que posee herencia afrodescendiente desde que conoce más sobre el tema.

Este joven de 24 años es originario de San José Villanueva, departamento de La Libertad. Él asistió a la presentación de la undécima edición de la revista Identidades en el Museo Nacional de Antropología de San Salvador. La publicación presenta distintos estudios sobre la afrodescendencia en El Salvador y Centroamérica.

“Siempre a uno los conocidos lo molestan por ser más moreno que el resto. Me sentía mal porque nos ofendieran por nuestro color o tipo de cabello, pero al involucrarme en la asociación Azul Originario, que tiene proyectos sobre divulgación de información sobre nuestras raíces ancestrales, bajo un enfoque de derechos humanos y prevención de la violencia, comencé a entender muchas cosas de los rasgos que provienen de mi familia”.

Al igual que Luis, Jorge Mezquita, de 30 años y santaneco, comenzó hace algunos años a cuestionarse sobre sus orígenes. Una tía fue la cómplice en su investigación. Ambos descubrieron que sus rasgos provienen de los afrodescendientes cimarrones, quienes eran los esclavos negros rebeldes que vivían en rincones apartados de las ciudades. Los antecesores de los Mezquita vivieron en las faldas del volcán Ilamatepec.

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La huella de la afrodescendencia en El Salvador

Cada 29 de agosto previo al inicio de la conmemoración independentista de El Salvador, la comunidad afrodescendiente celebra su día desde hace cinco años. Aunque la afrodescendencia se ha negado desde hace más de 100 años, las personas que se sienten identificadas con este origen luchan por su reconocimiento.

Jorge Mezquita, originario de Santa Ana, junto a una tía investigó sobre sus antepasados y descubrió que su abuela provenía de una comunidad de cimarrones del volcán Ilamatepec.
Foto/ Menly cortez

Como ellos, varios de los habitantes del municipio de San Alejo, en La Unión, son conscientes de que muchos de sus antepasados fueron afrodescendientes que llegaron y se mezclaron con los nativos del lugar, pues el municipio está cerca de las islas del golfo de Fonseca, como la isla Perico, por donde pasaban embarcaciones de todo tipo, incluso piratas. Esta era una región de forajidos en 1770, según un texto del entonces arzobispo de Guatemala Pedro Cortés y Larraz.

Nori Milagro Vilanova, de 63 años de edad, es una de las afrodescendientes de San Alejo. Ella recuerda que sus abuelos eran muy trabajadores, piel oscura y le inculcaron la devoción al Señor de los Milagros.

San Alejo, según estudios de la Universidad Tecnológica de El Salvador (UTEC), es uno de los municipios del país con más afrodescendientes, conforme datos de censos y actas de bautizo. Para el año de 1807 ya tenía una población de 5,239 personas, de las cuales 3,742 fueron asentadas como mulatas. Hasta la actualidad, los rasgos de estos antepasados siguen latentes en el fenotipo (características físicas determinadas por los genes) de las familias de San Alejo.

Según Marielba Herrera, antropóloga de la Universidad Tecnológica de El Salvador, la evidencia de la afrodescendencia en El Salvador está latente en muchos de las actividades cotidianas que realizamos. Prácticas como el consumo de vísceras de animales, platillos a base de yuca y plátano y sopas como la de mondongo (pata) vienen del mundo afrodescendiente.

También apellidos como Bernal, Castilla, Castillo, Vividor y Arrutia, por mencionar algunos, son vestigios de la población migrante mulata que vivió en San Salvador y que en actas de bautizo del Siglo XIX se identificó como “negra”.

Es en ese momento histórico de la colonia cuando los mulatos empiezan a llevar canastas en la cabeza. “Eso es una acción netamente africana, no indígena”, afirma Herrera. La veneración de San Benito de Palermo, santo de origen africano, en Ereguayquín, Usulután, también es herencia de los afrodescendientes.

Otro ejemplo es la tradicional danza de Los Negritos, en Yucuaiquín, La Unión. Aunque no se ha estudiado sí es una danza proveniente de raíces afrodescendientes, trata la historia de un grupo de guerreros y el pueblo, quienes danzan de forma burlesca al sonido del tambor, el pito y las maracas antes de enfrentarse en una batalla, otra costumbre afrodescendiente.

Juliette Ursula es una salvadoreña de 20 años, su madre es de nacionalidad salvadoreña y su papá es originario de Curacao.
Foto/ Menly Cortez

A pesar de los hallazgos que los estudios antropológicos han revelado, aún se cree que en El Salvador la existencia de afrodescendientes es un mito.

Según el antropólogo Alfredo Ramírez, coordinador de la Revista Identidades, una de las razones más conocida es porque Maximiliano Hernández Martínez aplicó una “ley de expulsión” para los afrodescendientes durante su mandato.

Ramírez explica que la Ley de Migración promulgada por el Gobierno del General Martínez, en 1933, no expulsó a nadie en esa época. Agrega que lo mencionado en el Diario Oficial de aquella fecha es que se ordena regular la circulación y la permanencia de la población de chinos, turcos, gitanos y afrodescendientes en el país.

Se sabe que por una idea nacionalista, después de la Independencia, fueron desapareciendo los conceptos de “razas”, borrando así toda la riqueza étnica y simplificándola bajo el término “mestizos”, que en el sistema de castas de la época colonial española determinaba a las personas de origen europeo e indígena.

Además, en febrero de 2005 el Estado salvadoreño entregó un informe ante la Convención para la Eliminación de la Discriminación Racial de las Naciones Unidas en el que se afirmaba: “La población salvadoreña no está compuesta por grupos con características raciales diferentes (…) por ser el único país de Centroamérica que no posee costas en el mar Caribe”.

Pero según datos históricos, los afrodescendientes llegaron a El Salvador y Centroamérica desde el inicio de la llegada de los españoles, pues los europeos ya venían acompañados de esclavos africanos.

Asimismo, se sabe que durante el tiempo de la colonia, en el puerto de Acajutla había ferias donde se vendían esclavos para que trabajaran en las haciendas de añil y en otras labores pesadas.

Para 1930, según la revista Humanidades y Ciencias Sociales del año 2012 de la Universidad Tecnológica de El Salvador, se descartó la categoría “etnia” en las estadísticas poblacionales y “se asumió erróneamente” que el salvadoreño es mestizo, sin distinción de raza, lo que invisibilizó la afrodescendencia salvadoreña hasta el punto de la negación.

Por el contrario, a pesar de las acciones del pasado que buscaron la eliminación documental de la afrodescendencia, en el año 2007, durante el último censo poblacional, se adjuntó por exigencia de la ONU una boleta sobre la adscripción étnica de los salvadoreños. En esta se preguntaba si el censado era blanco, mestizo, indígena, negro (de raza) u otro, dando como resultado 7,441 personas que representan el 0.13% del total de salvadoreños que se asumió como “negro de raza” en departamentos como La Unión, Usulután, San Salvador, San Vicente y Santa Ana. Después de siglos de represión y racismo, muchos salvadoreños con evidentes rasgos africanos no se reconocen como tales, por negación o por desconocimiento.

Con el Censo de 2007 se inició un proceso de autorreconocimiento de las poblaciones afrodescendientes. Según Marielba Herrera, el Día de la Afrodescendencia en El Salvador se conmemora desde hace cinco años cada 29 de agosto. Este fue impulsado tras la creación del comité de Afrodescendientes de El Salvador (Afroes), conformado por personas que se definen afrodescendientes a pesar de que el Estado salvadoreño aún no reconoce oficialmente a este grupo poblacional.

Herrera agregó que celebrar este día, previo a la fiesta de la Independencia, es una forma de posicionar y “reconocer que hay otra historia que está escrita, pero que no se ha dicho que es necesario que las personas la conozcan a nivel de región y del mundo”.

Desde entonces, cada año, personas que se sienten afrodescendientes realizan actividades y eventos durante agosto para concientizar a la población sobre su herencia.

Esto ocurre especialmente en Zacatecoluca, La Paz, con las personas identificadas como afrodescendientes nacionales y extranjeros. Ahí visitan el Monumento a La Liberación de los Esclavos y a su defensor, el prócer José Simeón Cañas, quien en 1823 y 1824 luchó por dicha causa.

El 24 de agosto, el Ministerio de Cultura lanzó la edición número 11 de su revista Identidades con el tema “Afrodescendencia en El Salvador y Centroamérica”, con la que pretende iniciar un proceso de reflexión sobre la necesidad de integrar a los afrodescendientes para reconfigurar la historia de la identidad de los salvadoreños.

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