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ESPECIAL: El gringo surfista de El Zunzal

El fin de la década de 1960 sonaba a música de muchos intérpretes estadounidenses e ingleses. El ambiente urbano olía a mota y en las montañas de Chalatenango se gestaban las comunas hippies. En la costa de La Libertad, unos extraños se subían a unas tablas para surcar las olas

Por Carlos Cañas Dinarte, Historiador salvadoreño | Especial para CANCHA | TW: @ccdinarte2010 |

La publicación en El Diario de Hoy de Herman Alas, con fotografías de C. Morales, en marzo de 1971. Foto EDH / Archivo.

Era el domingo 14 de marzo de 1971. En la página 12, la sección deportiva de El Diario de Hoy traía un reportaje de Herman Alas, con la imagen principal de un hombre de pelo enmarañado, aferrado a una rara tabla ovalada, la “surfboard”, fabricada de “fiberglass”. La usaba para lanzarse sobre ella, cabalgar entre las olas y practicar “surfing”.

Para la mayoría de las personas, él era poco más que un curioso personaje. Por su aspecto bronceado y desaliñado, nadie adivinaría que tenía títulos universitarios en Educación, Psicología y Derecho, obtenidos en dos de las más importantes universidades de California. Además, cuando le preguntaban por su profesión, él se presentaba como escritor.

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En 1968, al quedarse viudo porque su esposa Ellie falleciera víctima del cáncer, William W. “Bill” Blanchard decidió surcar las costas de México y Centroamérica en compañía de sus dos jóvenes hijos, Holt (14 años) y Brad (8 años). Salieron del valle de San Fernando hacia Mazatlán, de donde después pusieron rumbo hacia las costas y montañas centroamericanas a bordo de su Land Rover, su remolque, un amigo de la familia y unos perros.

Al llegar a la frontera entre Guatemala y El Salvador, aparecieron los primeros problemas. Los burócratas y soldados de la aduana salvadoreña no querían que melenudos ingresaran al territorio nacional, cuyo presidente era el general Fidel Sánchez Hernández.

No sólo estaba vigente una ley en contra de la llegada de hippies, sino que los chicos portaban sus cabellos largos y no eran niñas. Desde aquel momento, el grupo se convirtió en objetivo de vigilancia estrecha por parte de las autoridades, que incluso llegarían a acusar a los chicos Blanchard y a otros amigos extranjeros de usar y traficar drogas.

La publicación en El Diario de Hoy de Herman Alas, con fotografías de C. Morales, en marzo de 1971. Foto EDH / Archivo.

En sus andanzas dentro del país, conocerían a otro estadounidense, apodado Doc Gay, quien en poco tiempo les contó que había provocado múltiples asesinatos y otros delitos en su patria. Horrorizado, Blanchard lo denunció a la oficina local del Buró Federal de Investigaciones (FBI) y a la embajada de su país.

Durante aquella primera estancia en el país, descubrieron las ventajas de una tierra poco desarrollada por la industria turística, precios baratos en colones frente al cambio de la divisa estadounidense y las olas, las que reventaban ante sus ojos en El Zunzal, Punta Roca y otros puntos de la costa.

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Padre e hijos no tardaron mucho en subirse en sus tablas para meterse entre aquel trozo del océano Pacífico que les recordaba a las mejores playas californianas, pese a su arena gris de origen volcánico. Así los fotografió C. Morales para aquel reportaje publicado por El Diario de Hoy, ese domingo 14 de marzo de 1971.

Tras visitar Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá, la familia Blanchard retornó a El Salvador, para hacer más surf en El Zunzal y para dar los últimos toques a su periplo de casi dos años. De todo quedaron fotos de 35 mm y numerosos apuntes, que lograron sobrevivir a los viajes, la vigilancia policial, un terremoto, un huracán y muchas otras aventuras. Con todo aquello, el inquieto Bill pensaba escribir un guion cinematográfico o un libro donde se combinaran la realidad con algo de ficción.

Surf Safari, la obra de William Blanchard, donde aparece mencionado El Zunzal en 19 ocasiones. Foto: Cortesía Carlos Cañas Dinarte

Pero aquel proyecto debió esperar algún tiempo en ver la luz editorial. Cuarenta años para ser exactos. En ese tiempo, Bill Blanchard vivió y trabajó en Hawaii y se trasladó a México para terminar aquel manuscrito. En los 24 capítulos y epílogo de esas 305 páginas de Surf Safari. Malibu to Panama, 1969-1971, El Zunzal aparece mencionado en 19 ocasiones.

El 5 de marzo de 1990, en Kauai (archipiélago de Hawaii), Holt Blanchard y su esposa Cydney tuvieron a su hija Alana Rene. En 2000, la niña comenzó sus andanzas por entre las olas en su tabla de surf. El 31 de octubre de 2003, ella y su padre se convirtieron en protagonistas accidentales de un drama surfista. Bethany Hamilton sufrió el ataque de un tiburón, que le arrancó un brazo. Alana y Holt la sacaron del mar y la llevaron a la costa para ser atendida por personal médico. Un año después, Hamilton volvió a surfear con una tabla adaptada para ser manejada por un solo brazo.

Brad y Holt, los hijos de “Bill” Blanchard, fotografiados en El Zunzal. Foto: Cortesía Carlos Cañas Dinarte

En 2011, la actriz Lorraine Nicholson encarnó a Alana Blanchard en la película Soul Surfer, dedicada a aquella experiencia trágica y de superación personal vivida por Hamilton. Kevin Sorbo interpretó a Holt en ese filme, donde también intervinieron los experimentados histriones Dennis Quaid y Helen Hunt como los padres de Hamilton.

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Tras llegar a lo más alto de las competencias mundiales de surf, Alana R. Blanchard dejó de lado ese aspecto de su vida y su carrera de modelaje, para concentrarse en su propia familia. Surf y familia, elementos heredados de su abuelo paterno, aquel gringo que cabalgó olas en El Zunzal con sus dos vástagos, hace poco más de medio siglo.

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