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Trump se propone erradicar las pandillas centroamericanas

Estas lacras sociales son resultado de la desmoralización de las sociedades, del benefactorismo que permite la vagancia, de los extremos de la permisividad que se reflejan a su vez en el garantismo a delincuentes, disparates tales como desbaratar procesos solo porque no le leyeron los derechos a un imputado en el momento de la captura.

Ene 31, 2018- 21:13

Erradicar la Mara Salvatrucha es uno de los objetivos del presidente Trump, lo que obviamente se extiende a todas las pandillas que operan en Estados Unidos y que son una de las herencias de la violencia guerrillera de los Setenta y Ochenta contra nuestros países y con particular saña contra El Salvador.

Pero el objetivo difícilmente va a lograrse mientras el grupo en el poder mantenga relaciones con la dictadura venezolana —que ha sido acusada de promover el suministro de droga en el Hemisferio— además de propiciar alianzas con pandillas de cara a procesos electorales.

Las dos pandillas han sido ya catalogadas entre las más peligrosas del mundo y miembros de ambas han sido capturados en países tan distantes como Australia, evidenciando una aterradora movilidad.

Pandillas y droga marchan de la mano, aunque los grupos que mueven la droga están por encima de lo que es “la venta al menudeo”.

Estas lacras sociales son resultado de la desmoralización de las sociedades, del benefactorismo que permite la vagancia, de los extremos de la permisividad que se reflejan a su vez en el garantismo a delincuentes, disparates tales como desbaratar procesos solo porque no le leyeron los derechos a un imputado en el momento de la captura, lo que se deriva del manoseo que hizo de las leyes un tal Warren, que fue gobernador de California y luego presidente de la Corte Suprema de Justicia.

En todos estos campos nuestro país ha estado a merced de tendencias y políticas externas, como la que hizo de grupos en extremo violentos una especie de movimiento “por la justicia” aunque echaran mano del asesinato, los secuestros, las extorsiones y toda clase de fechorías como armas válidas “de lucha”.

Fue en algún punto de su trayectoria que los bolcheviques, sino antes los comunistas y a partir de Marx, fijaron como un dogma que “los fines justifican los medios”, lo que deja sin amarres morales o de mínimos escrúpulos a cualquier crápula para perpetrar las infamias que considere como obstáculos en su camino “hacia la gloria”, lo que llevó al exterminio de cuarenta millones de seres humanos por los soviéticos y sesenta millones por Mao.

La violencia de aquellos años parió la plaga de hoy

El desorden es el caldo de cultivo de los despotismos, sobre todo de extrema izquierda como lo evidencia lo que sucede en nuestro desangrado país: el debate se pretende sustituir por los griteríos y amenazas callejeras, el inveterado recurso de los revolucionarios (para llamarlos de algún modo) en todas las épocas de la historia, una de especie de fuerza contra la civilización y el orden.

Pero el desorden “institucionalizado”, transformado en lo usual, lo permanente, cobra sus enormes costos a un país, como está sucediendo en estos momentos aquí: la economía sufre, el ingreso general se deteriora, el empleo se viene abajo, pues los mil nuevos puestos que han creado solo en una institución autónoma, pese a los llamados a la “austeridad”, cuestan muchos miles más de trabajos para personas capacitadas.

Cada puesto que se da a un incompetente cuesta muchos puestos para la gente honesta.

De los grupos con la cabeza revuelta de odios no va a surgir una solución humana y constructiva a los problemas de este país; más bien las cosas irán de peor en peor hasta que propios y extraños abran los ojos a la raíz del grave problema de las pandillas en el mundo.