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Pongan, estimados abogados, sus barbas en remojo…

Los abogados deben pensar en lo que amenaza a los médicos, que un proyecto de ley quiere enredarlos e inmovilizarlos vía regulaciones, controles, permisos burocráticos, disposiciones a dedo, amenazas

Feb 12, 2014- 18:01

Harían bien los abogados salvadoreños si ponen sus barbas en remojo…

En un régimen dictatorial, como el que impondrían los rojos de ganar la segunda vuelta, la mayoría de profesiones liberales –medicina, Derecho, consultorías, publicidad, asesores financieros y auditores, etcétera– desaparecen tarde o temprano, o se convierten en fuero de dependencias oficiales.

En un Estado totalitario la administración de justicia como tal deja de existir, para ser reemplazada por resoluciones burocráticas ajustadas a las políticas del régimen imperante. Y tales resoluciones no se basan en litigios en los que las partes exponen sus argumentos a un juez imparcial, sino en aquello que decide un funcionario atendiendo al interés del régimen, ajustándose a lo que son las políticas como en ese momento están definidas.

Por eso es que los fallos de la Corte Suprema de Nicaragua, o la de Venezuela si cabe el apelativo, los define Ortega y los define Maduro y su grupo. Y, en sustitución de los derechos fundamentales, que se reconocen en todos los países civilizados, o sobre ellos, se fijan nuevas normas, como “defender la revolución” o “luchar contra el imperialismo”.

Pero “defender la revolución” es, como ser acusado de “contrarrevolucionario”, una postura discrecional, arbitraria, sacada de la manga, un apelativo imposible de definir y que, por tanto, deja al blanco de una acusación semejante, a merced de sus acusadores o del “Estado”.

Ser “contrarrevolucionario” es igual a lo que prevaleció durante los dos últimos milenios con las acusaciones de brujería: no existen ni pueden existir las brujas pero innumerables mujeres fueron quemadas vivas por considerarlas como tales. Y eso no quita que muchos pobres individuos sancochen sapos o realicen complejas ceremonias con puros, creyendo con ello provocar maldiciones o librarse de ellas.

La buena ley protege a la gente,

la mala cuida a las mafias

El Derecho, el Orden de Derecho, no es un invento burgués ni un esquema favorable a los grupos de poder, sino, por el contrario, es la defensa del ciudadano común contra los abusos de los poderosos.

Cuando un ciudadano de a pie no puede recurrir a las leyes para denunciar una tropelía o abuso, un país cae en poder de mafias. Y ese remedo de “derecho” que imponen es para cuidar a los poderosos, no a la gente.

El Derecho, como lo conocemos es una herencia romana, cuyo origen se encuentra en las “Doce Tablas” que, por presión de los plebeyos, del populus, del pueblo, fue adoptada por el Imperio, como lo describe, entre otros, el escritor Indro Montanelli en su “Storia di Roma”. Y esos códigos se promulgaron trescientos años después de la fundación de Roma, para frenar los abusos de la clase privilegiada.

Nuestro Derecho, una de las glorias de la civilización occidental, nació para proteger minorías, individuos, plebeyos, la gente común, del abuso de castas, como los que se sufren hoy en día en esta tierra. Y sustituir ese orden de leyes por decretos hechos a medida de las dictaduras, es volver a la barbarie del poder por la fuerza.

Los abogados deben pensar en lo que amenaza a los médicos, que un proyecto de ley quiere enredarlos e inmovilizarlos vía regulaciones, controles, permisos burocráticos, disposiciones a dedo, amenazas. Un buen médico cobraría igual que un mal médico, en grave perjuicio de los pobres pacientes. Y esto mientras los médicos no se conviertan en obreros de salud.

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