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Trabajar fuera de la ley

Por Carlos Mayora Re*

Feb 09, 2018- 22:19

Basta salir a la calle para darse cuenta de la enorme importancia que tiene para el país la economía informal.

La llamada economía paralela, o subterránea surge, principalmente, por el alto costo de la legalidad, que lleva a que haya actividades económicas que “teniendo fines lícitos se basen en medios ilícitos para llevarse a cabo. Es decir, son actividades que no tienen intrínsecamente un contenido criminal, pero que, a pesar de ser acciones finalmente lícitas y convenientes, deseables en un país, tienen que servirse de medios ilícitos para llevarse a cabo”.

Es decir, que la característica más notable de la economía informal es que todos los que se benefician de ella, obtienen mejores resultados si la ley es desobedecida que si se sigue al pie de la letra.

Si alguna vez —quienes viven de actividades pertenecientes a la economía subterránea— necesitaran ingresar a la formalidad para obtener financiamiento del sistema bancario, por ejemplo; se les hace sumamente difícil hacerlo, pues el Estado les impone un costo tan oneroso de tiempo, tramitología y dinero, que no hay quien pueda con él.

Dándoles el beneficio de la duda, podríamos suponer que quienes se mueven y trabajan en la informalidad quizá saben que estarían mejor cumpliendo la ley, pero sencillamente no les es posible dar ese paso. Aunque, todo hay que decirlo, también están los que, por la naturaleza un tanto turbia de sus negocios, o porque simplemente no están dispuestos a formalizar sus actividades comerciales, prefieren mil veces trabajar en el lado oscuro de la economía, pues ello implica facilitarse la vida desde muchos puntos de vista.

También están los que no tienen ni idea de que la formalidad sea necesaria… porque toda su vida han comerciado, obtenido ganancias y creado puestos de trabajo sin la ayuda, ni el estorbo, del Estado.

Según los últimos datos, se estima que dos de cada tres trabajadores en nuestro país se encuentran laborando en el sector informal, y que de cada diez jóvenes que llegan a edad productiva, solamente tres encuentran empleo en el sector formal. Según los datos del ISSS, además, el número de empleadores va a la baja, pues la gente, ante la carga impositiva y la abundancia de controles, además de las complicaciones para producir, comercializar, importar y exportar, parece optar por pasarse al sector informal, o permanecer en él.

Entonces resulta que la mayoría de salvadoreños trabaja fuera de la ley. Y esto es muy grave. No solo por los impuestos que el Estado deja de percibir, o por los servicios públicos (seguridad, educación, salud, etc.) que son utilizados tantas personas sin que contribuyan económicamente a su sostenimiento; sino, principalmente, por el fenómeno cultural que implica: la conciencia de que la ley es un estorbo, de que el ordenamiento legal una molestia, y de que trabajar en el sector formal de la economía, es una tontería.

La informalidad abarca el comercio, la industria, la construcción, los servicios, el transporte… está por todas partes. No hay nadie cuyas actividades económicas se desarrollen al cien por ciento en uno u otro sector: todos somos de algún modo informales, y todos necesitamos de la economía formal para subsistir… A fin de cuentas resulta que no somos informales porque nos guste serlo, o simplemente porque nos convenga económica o socialmente, sino por el alto costo que tiene el cumplimiento de leyes y regulaciones, que hacen que poner en marcha —y sostener— un negocio cueste más que el negocio mismo.

No es que prefiramos trabajar fuera de la ley porque seamos delincuentes, sino porque estamos mejor en la informalidad, el Estado es ineficiente y las leyes enredadas (de hecho, cuanto más complicadas son, más se evaden). Cumplimos la ley cuando nos conviene, y cuando no, no. Y así nos va.

*Columnista
de El Diario de Hoy.
@carlosmayorare