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“La hora del cambio”

Por Mario González*

Feb 03, 2018- 17:55

Pierpaolo Natoli, un maestro en edad madura, fue electo alcalde de Pietrammare, un pueblo ficticio del sur de Italia.

Pierpaolo acabó con la gestión corrupta de su antecesor, quien de paso fue procesado por una serie de delitos, entre ellos enriquecimiento ilícito y hasta robo de ganado.

La presente historia está expuesta en la película “La hora del cambio”, dirigida por Salvatore Ficarra y Valentino Picone, que se refiere a la asunción de Natoli, que está lejos de ser un alcalde oportunista, narcisista y amante de los troles.

Pese a que les gustaba saltarse la ley, los pobladores eligieron a Natoli esperando un “cambio”, cansados de las picardías de su predecesor. Pierpaolo inició con pie derecho: comenzó a multar a quienes se estacionaban en lugares indebidos, dejaban excremento de perro en las aceras, no recogían la basura y cometían otras faltas, lo cual le empezó a granjear las antipatías de sus munícipes.

El colmo fue que ordenó cerrar una fábrica contaminante, aunque le pidieron que se hiciera del ojo pacho pues 50 trabajadores y sus familias se verían afectados.

Hasta frenó a su cuñado, quien se había dedicado a una compraventa de favores/tráfico de influencias aprovechando el parentesco y con cosas que iban desde el hecho de evitarse de hacer colas para trámites. Pero Pierpaolo incluso le cerró un mirador y un restaurante al cuñado porque no estaba pagando los impuestos, ufanándose en decir “soy el cuñado del alcalde”.

Pierpaolo no pensaba igual… “Ser familia no merece un trato especial”, les dijo. “Tienen que seguir las reglas. La honestidad debe prevalecer”.

Las conspiraciones para derrocarlo no se hicieron esperar. Varios vecinos inconformes se reunían clandestinamente en la parroquia para ver cómo hacían retroceder a Pierpaolo. Uno de los conjurados se atrevió a reflexionar que el alcalde “hacía buenas obras” y casi lo linchan a él por su “domingo siete”. Otro se atrevió a opinar que “el pueblo era mejor desde la elección del alcalde” y lo vieron con ojos de Medusa hasta hacerlo retractarse.

“¡Debemos echarlo!”, gritaron, con la complicidad del párroco. “Creímos que nosotros mandaríamos…”, se lamentaban los más corruptos. Pero Pierpaolo hacía su trabajo pregonando que “la honestidad no solo debemos exigirla de nuestros vecinos sino de nosotros mismos”.

“No se trata solo de hacer cumplir la ley, sino de ser razonables”, les decía.

En cierta ocasión enfrentó una manifestación y les preguntó que por qué no estaban dispuestos a cambiar, a lo que los inconformes respondieron con insultos y le exigieron la renuncia. Simplemente la gente no quería un orden y pujaba por volver al viejo esquema. Hasta los policías se lamentaban y decían que perdían amigos por hacer cumplir la ley.

“Nos debieron decir que este (Pierpaolo) era honesto de verdad”, lamentaba la gente.

Incluso un funcionario del gobierno central llegó a decirles que estaban preocupados “porque el virus de la honestidad se está extendiendo” por el sur de Italia. Pierpaolo recibió amenazas e incluso le pusieron una cabeza de pez espada en la cama mientras dormía (como los mafiosos lo hicieron con la cabeza de un caballo en “El Padrino” con el productor de cine), pero Pierpaolo no renuncia. Le advierten que perderá la reelección si sigue así y le inquirieron que qué iba a hacer después. Y respondía tranquilamente: “Volveré a ser profesor”.

Al final vinieron las elecciones y la gente eligió al corrupto que había sido procesado antes por robarles y permitir la degeneración de la comuna. Los corruptos entonces se hacían los bigotes diciendo “ya ven que somos necesarios”.

De nosotros depende elegir funcionarios honestos y limpiar nuestra sociedad el 4 de marzo, luchando por vivir en orden y respetar las leyes.

*Periodista.
mario.gonzalez@eldiariodehoy.com