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Espejo del alma

Por Por Carlos Mayora Re*

Mar 07, 2014- 18:06

Mañana iremos a votar, otra vez. Hace unos días alguien “tuiteó”: “Anoche soñé que había tercera vuelta… ¡Fue horrible!”. Creo que es comprensible, pues a decir verdad ya estamos un poco –quizá un mucho–, hartos de propaganda, cancioncitas, bravuconadas, no-declaraciones, demandas reales e incoadas, discusiones en el trabajo, en las reuniones sociales; y cansados de analistas improvisados, politólogos de salón, gente “bien informada” que presume de lo que no sabe, rumores, chismes… y un profuso etc.

Se ha hablado mucho de política en estos meses, y a fin de cuentas, hemos terminado agotados de tanto temor-amor: temor porque nos imaginamos, y actuamos y hablamos en consecuencia, que si gana “el otro” todo colapsa; y amor porque la fantasía nos lleva a creer que A o B tienen en sus manos la solución de todos los problemas. Más aún, nos comportamos –porque lo sentimos así– como si el candidato de nuestros amores, supongamos A, tuviera en sus manos la solución para la madre de todos los problemas: la existencia misma del candidato B, y somos tan simplistas que parecemos obedecer a un patrón de comportamiento con una dinámica tipo “A mata B” (y viceversa), cuando en realidad si ganara A no desaparecerían ni B, ni C, ni D.

En fin, por más que le doy vueltas, no termino de encontrar respuestas que me satisfagan a preguntas cómo ¿por qué lo que debería ser rutinario, festivo, amable, se nos ha convertido en una batalla de insultos, y en algún caso en guerra de egos? ¿Por qué no superamos ese atávico servilismo para el que gobierna, simple y llanamente porque gobierna? ¿Hay alguna razón para creerles a políticos cuyas obras, y tren de vida, desmienten claramente lo que dicen que son o serán?

Buena parte de la responsabilidad la tienen las declaraciones de los políticos mismos. Los que ocupan puestos de gobierno, y los que aspiran a ocuparlos. Comprendo que en plena campaña todos apelen prioritariamente a los sentimientos de los votantes y menos a su inteligencia, pues en una población que, hablando en general, en su mayoría es reacia a reflexionar, tiene visión de corto plazo y escasa memoria, los discursos articulados suelen caer en saco roto.

Comprendo que muchas de las declaraciones de los personajes públicos abunden en adjetivos calificativos, en general peyorativos, con respecto a sus oponentes políticos, y escaseen en propuestas. Entiendo que el insulto sea arma preferida de los que piensan que quienes les escuchan somos incapaces de entender dos ideas concatenadas, y creen que con lenguaje zafio (convenientemente, propagandísticamente, dosificado) pueden lograr más que con un discurso razonado y cortés.

Me parece lógico que quienes no pueden defender los resultados de su gestión más que con hipérboles, recurran a la descalificación de quien les cuestiona, y muy pocas veces se fijen en lo que les dicen, pues su atención queda acaparada por atacar a quien se los dice. Y también, ya puestos en la dinámica sentimental, es lógico que los políticos y publicistas (peligrosísimo maridaje), después de despertar con una mano sentimientos de odio o miedo en las audiencias, con la otra apelen a la solidaridad, al amor a la patria u otros sentimientos nobles.

Pero lo que sí no logro comprender del todo –a menos que sean poco inteligentes, que no es el caso–, es que algunos políticos den rienda suelta en público a su mal café y se les olvide que, con bravuconadas e insultos no hacen más que desnudarse en público; pues ya se sabe que de la abundancia del corazón habla la boca, o –dicho de otro modo– en todos, pero especialmente en quien ocupa un cargo público, la lengua termina por ser el espejo de su alma.

*Columnista de El Diario de Hoy.

carlos@mayora.org

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