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Una luz encendida

Punto de vista La fe sin la verdad no salva, se queda en una bella historia. No pasa de ser un sentimiento privado que no merece ni respeto ni atención, y que se agota en la subjetividad del que cree ¿cómo salir de ese hermetismo?

Por Por Carlos Mayora Re*

Jul 12, 2013- 18:45

Suponer, sin discusión posible, que hay incompatibilidad entre lo que se conoce por la fe, y lo que se sabe de manera racional, es un tópico muy popular. El papa Francisco sale al paso en la defensa de la fe en su primera Encíclica, publicada el pasado cinco de julio, y abre una puerta de esperanza para un mundo desorientado y perplejo.

Muchas veces identificamos la fe solamente con la religión, y se nos olvida que, en cuanto conocimiento verdadero adquirido por el testimonio de otro, es fundamental no sólo para las verdades sobrenaturales, sino también para el saber en general. Francisco escribe su Encíclica para los que tienen dudas, y se debaten en creer o no creer en Jesucristo, pero también para los que han dejado de creer sin más.

El papa expresa el dilema entre fe y razón del siguiente modo: en la cultura contemporánea, tendemos a menudo a considerar que sólo es verdad lo que demuestra la ciencia, y por tanto, la verdad racional es la única que puede compartirse entre los seres humanos. Las verdades de fe, se piensan subjetivas, individuales, no compartibles ni capaces de ser propuestas a los demás.

Intentar encontrar puentes entre esos dos mundos: el de la verdad científica y el de la verdad de la fe, es visto con gran recelo, como cosa propia de fanáticos que quieren imponer a los demás una verdad que sólo es tal para ellos. Verdad y fe, continúa Francisco, pierden con este planteamiento: la verdad se debilita y se hace superficial, contextual; mientras que la fe se reduce a mera idiosincrasia, a fenómeno cultural.

La unión de ambas no está en la imposición de una sobre la otra, sino en encontrar el campo común donde las dos se encuentran: en el amor. Cuando amamos, dice el papa, queremos a una persona determinada. No se puede amar una idea, ni un concepto, como no se puede amar una convicción o una certeza. El amor de verdad es al mismo tiempo objetivo y subjetivo: concreto.

A Dios hay que conocerlo para amarlo, y por eso la fe da al conocimiento su más segura fundamentación. La fe tiene una “tremenda fuerza para convencer y una gran capacidad para iluminar nuestros pasos. La fe conoce porque está íntimamente ligada al amor, porque el amor por si mismo es el que ilumina. El entendimiento de la fe nace en quien recibe el inmenso amor de Dios, que nos transforma desde dentro, y nos capacita para ver todas las cosas con ojos nuevos”.

La fe sin la verdad no salva, se queda en una bella historia. No pasa de ser un sentimiento privado que no merece ni respeto ni atención, y que se agota en la subjetividad del que cree ¿cómo salir de ese hermetismo? Creyendo en alguien y no en algo. Y eso, precisamente, es la fe: confiar. Confiar en Cristo. Confianza que comienza y termina en el amor.

Y la verdad sin la fe, la verdad sin el amor, se convierte en instrumento de dominación. Grillete que inmoviliza a los que no piensan como uno, receta segura para el fanatismo.

Dios es la Verdad grande, la verdad que explica la vida personal del hombre y la vida social en su conjunto. Pero ya no interesa a la cultura actual, y nos hemos decantado por el relativismo, por un calidoscopio de verdades que por brillantes y mudables atraen poderosamente la sed de verdad de los hombres, pero jamás la sacian. Por eso es tan necesario, dice Francisco, comprender nuevamente la relación entre verdad y amor. Por eso es tan importante comprender de nuevo la fe

*Columnista de El Diario de Hoy.

carlos@mayora.org

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