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Misiva a Sergio Rodríguez Ávila

Por Por Federico Hernández Aguilar*

Jun 18, 2013- 18:00

Me gustó tu columna del sábado 15 de junio. Con una elegancia que ya quisiera media Asamblea Legislativa y tres cuartas partes del actual gabinete de gobierno, pusiste en su lugar a esa gente que utiliza las redes sociales y los espacios abiertos a la opinión ciudadana para descalificar a los demás sin presentar un solo argumento.

Nada menos cabía hacer después que una televidente –anónima, por supuesto– recurriera a una observación insólita para restar validez a la presentación que hacías, en una entrevista, de los resultados del MedioLlénate 2013. Según ella, tu criterio no debe tomarse en cuenta porque sos… “chelito”. (¿?).

Tan absurdo comentario merecía tu artículo, desde luego. La estupidez expuesta públicamente siempre es más provechosa, para la sociedad, que la estupidez ignorada, a condición de que la exponga alguien con el talento suficiente para hacerlo bien. Algo muy similar a lo que hiciste, de hecho, vamos a tener que ir haciendo otros a medida que avance la presente campaña electoral, porque sólo la sensatez de la mayoría podrá contrarrestar esa acumulación de necedad ansiosa que está apropiándose de muchas cabecitas en esta coyuntura histórica.

Haces muy bien, Sergio, en recibir los ataques personales con espíritu deportivo. Y más me alegra que seas capaz de eso siendo tan joven. Nuestros mayores suelen asociar la juventud con la impulsividad y el arrebato, por lo que vale la pena que un muchacho como tú, en una columna de seiscientas palabras, exhiba el talante democrático que cierto famoso personaje ha sido incapaz de mostrar en cuatro años de bravatas desde el podio presidencial.

MedioLleno, la iniciativa que diriges, se ha convertido en un espacio marcado por la pluralidad y la tolerancia. Lo que nuestros diputados tienen como una de sus tareas constitucionales –ser garantes de la buena discusión política–, ustedes lo han llevado a la práctica sin que los obligue la ley. Ya sólo por esa razón tendríamos que reconocer tu aporte.

Pero tú, claro, no esperas ese reconocimiento. Tampoco lo necesitas. Has entendido que vivimos en una época marcada por el descrédito de la política partidaria, lo que en modo alguno significa que los ciudadanos debamos renunciar a hacer política. Al contrario. Si los políticos tradicionales se encierran en su miopía y su inmadurez, es la sociedad civil organizada la que va a mostrarles qué es madurez y qué es perspectiva.

Junto a otros jóvenes genuinamente preocupados por el país que desean enderezar, pronto has sido blanco de agresiones infames. No podía ser de otra manera, Sergio. A nada tienen más pavor las conciencias degradadas que a una conciencia recta. “Preparemos trampas contra el justo, pues nos es molesto”, dicen los insidiosos del hombre probo, en el muy antiguo Libro de la Sabiduría. “…Solo el verle nos resulta una carga, pues lleva una vida distinta de los demás, y sus sendas son diferentes… Sometámosle a prueba con ultraje…”.

¿Ser víctima de ultrajes? ¿Convertirse en objetivo de maquinaciones? ¿Ser insultado por las ideas que se defienden? Excelente. No hay problema. Es un precio bastante bajo a pagar por una conciencia tranquila. Las ofensas, además, tienen la cualidad de otorgar un velado homenaje al que las recibe, porque evidencian que sus argumentos no han podido ser refutados. También sirven para medir la verdadera estatura de los enemigos, porque suelen ser enanos los que creen poder derribar gigantes a puro grito.

Los monigotes sin principios, Sergio, se espantan ante los hombres que sí tienen principios. Los que ponen precio a sus lealtades se asombran de que haya quien desprecie ese “mercado”. Tu pensamiento y tu conducta, si son coherentes, van a irritar siempre a los inescrupulosos, porque los pone frente a un espejo que refleja su mediocridad. Si te detienes un instante a escuchar sus ladridos, que sea sólo para sonreír. Eso es suficiente para dejarlos atrás.

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.

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