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La patología social contagia algunos políticos

Por Por Rodolfo Chang Peña*

Abr 03, 2013- 18:03

Se puede discrepar profundamente inclusive colocarse en las antípodas en la forma de pensar, pero ante todo debe prevalecer el respeto recíproco, lo que diferencia precisamente las personas civilizadas de aquellas que no tuvieron la oportunidad de superarse. Si hemos aceptado el pluralismo ideológico y el libre juego de las ideas, las opiniones deben respetarse no destruirse como se acostumbra en el mundillo criollo. Tampoco tienen sentido las posiciones obcecadas y viscerales que vemos con frecuencia en los medios de difusión.

La limitada escolaridad combinada con la inexperiencia en la práctica de los valores y la falta de control de las emociones, a menudo conducen al recurso de la descalificación del interlocutor con el propósito de debilitar y restar peso a su argumentación. Esta forma de actuar es común en trifulcas de buseros y vendedoras callejeras de ropa del Hula Hula, pero es inadmisible en funcionarios de quienes se espera mesura, prudencia, tacto, discernimiento, ética y sabiduría.

En la atmósfera política salvadoreña ya nos estamos acostumbrando a la violencia verbal, a las caras avinagradas y descompuestas, a los desplantes de mandador de finca, prepotencia, sarcasmo, arrogancia, a los cuerpos tensos y rostros ceñudos, a la actitud irascible y al populismo barato. Esto evidentemente es un retroceso y en cierta forma nos recuerda gobiernos autoritarios del pasado dueños absolutos de la verdad y la razón, que no desaprovechaban oportunidad para desgañitarse contra sus adversarios.

Aparentemente se consume más energía en una desusada emotividad, gestos y ademanes que en comunicar una argumentación debidamente hilvanada y fundamentada. Múltiples señalamientos hacen al Gobierno expertos en el campo de la economía y sin embargo son pocas las veces que ha respondido con precisión, lo corriente es salir con la cantinela que este Gobierno es el que más ha invertido en el área social en las últimas décadas. El punto es que mientras esas inversiones no se traduzcan en beneficios concretos, palpables y susceptibles de medir, todo se queda en palabras.

Hace pocas semanas fuimos testigos de una reacción ante el señalamiento que la pobreza lejos de disminuir ha aumentado. Está bien reaccionar airadamente porque alguien olvidó mencionar un éxito categórico como reducir a cifras cercanas a cero por ejemplo los accidentes de tránsito, los ahogados y los conductores temerarios digamos en Semana Santa, pero en cuanto a la pobreza y el estancamiento del desarrollo humano están ahí y son realidades que no se han modificado significativamente. Al respecto uno se pegunta: ¿Es posible que haya gente que acumule tanto prejuicio, resentimiento y compromisos de revanchismo de larga data como para establecer que hay carga ideológica en las cifras estadísticas y en el empleo del método científico?

En el medio salvadoreño la lógica secuencial de los acontecimientos se ha vuelto impredecible porque el Gobierno ofrece transparencia y en la práctica evidencia más bien lo contrario; anuncia una política de austeridad y en la práctica infla el aparato estatal, autoriza gastos superfluos y casi provoca una rebatiña de aumentos salariales y bonos de complacencia; habla de éxito como producto de la tregua entre pandillas pero en la práctica continúan los desaparecidos, asesinatos y extorsiones; finalmente, jura cumplir la ley pero en la práctica le quieren dar vuelta a la institucionalidad y Sala de lo Constitucional.

*Dr. en Medicina.

Colaborador de El Diario de Hoy.

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