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El decir y el actuar

Por Por Juan Valiente*

Ene 01, 2013- 18:03

Iniciamos el año 2013, sobreviviendo el Baktún y entrando al penúltimo año de esta gestión presidencial. Un año con pronósticos reservados en casi todos los ámbitos de la vida del país y con el agravante de ser año electoral, aunque el TSE no haya autorizado el inicio de la campaña. ¿Qué mejor que desear que lográramos vivir en este año con base en lo que predicamos?

Este año nuevo me ha hecho pensar mucho en lo importante de los valores para fundamentar la acción, aunque normalmente haya trecho entre el decir y el actuar. Sólo basta pensar en Enron Corporation, que como toda empresa multinacional contaba con su declaración de valores, donde establecía que en cumplimiento de su ciudadanía corporativa global se conduciría por cuatro valores: respeto, integridad, comunicación y excelencia.

Y si por algo fueron conocidos, fue por estafar a sus empleados y llevar a la quiebra a una empresa de renombre internacional. Sus mismos ejecutivos, Kenneth Lay y Jeffrey Skilling, fueron los responsables de liderar el fraude y esos cuatro valores no fueron suficientes para evitar lo que pasó a inicios de la década pasada.

Es fácil decir y difícil dar el ejemplo. A pesar de ello debemos trabajar por fundamentar nuestras acciones en valores. Pensando en nuestro país y en el rol que el Presidente Funes le ha dado a Monseñor Romero como líder espiritual, me tomé la libertad de investigar lo que sería el planteamiento fundamental de Monseñor como valor para la acción gubernamental.

De acuerdo a la Fundación Monseñor Romero, lo principal de la enseñanza de Monseñor se puede resumir en cinco temas. Monseñor Romero insistentemente nos pidió seguir al verdadero Dios, al Dios de Jesucristo. En una homilía de mayo de 1979, dijo que “nadie está condenado en vida, sólo aquel que rechaza el llamamiento del Cristo pobre y humilde y prefiere más las idolatrías de su riqueza y de su poder”.

También nos invitó a seguir a Jesús y a ser parte de su Iglesia. Por el momento histórico en el que vivió, Monseñor denunció consistentemente las violaciones a los derechos humanos y nos cuestionó sobre las causas de la injusticia social. “Este es el pensamiento fundamental de mi predicación: nada me importa tanto como la vida humana,” dijo a pocos días de su asesinato.

Y nos llamó a la verdadera conversión personal y social. “Una verdadera conversión cristiana hoy tiene que descubrir los mecanismos sociales que hacen del obrero o del campesino personas marginadas,” dijo en diciembre de 1979. Debíamos convertirnos y cambiar la sociedad.

A mi juicio su planteamiento fundamental nos obligaría como país a poner a los salvadoreños pobres al centro del actuar del Gobierno. Siguiendo la opción de Jesús, todos deberíamos luchar por lograr un desarrollo humano del que podamos enorgullecernos como miembros de un mismo país.

En este sentido el rol del Presidente Funes debería estar orientado primero a consolidar el objetivo que como país debemos tener y segundo a construir un movimiento social incluyente para lograrlo.

El desarrollo humano que merece nuestra gente no se construye exclusivamente con pensiones, uniformes, vasos de leche y dinero regalado.

Cuando el Presidente Funes piensa en Monseñor como líder del país y de su Gobierno, ¿cuáles de sus enseñanzas cree seguir? Una cosa es el decir y otra es el actuar. No hay solución si se es excluyente. Estoy seguro que a Monseñor le hubiera incomodado toda la notoriedad que se le da en estos días, pero no protestaría si estuviera convencido que con ella vendría el verdadero cambio para El Salvador.

*Columnista de El Diario de Hoy.

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