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Los indocumentados en la Florida deben vivir en las sombras

Los inmigrantes sueñan que en 2013 se apruebe la reforma migratoria

María Lemus, de 29 años, su hija Valeria, de 3, y la salvadoreña María Abarca. foto edh / cortesía el nuevo herald
María Lemus, de 29 años, su hija Valeria, de 3, y la salvadoreña María Abarca. foto edh / cortesía el nuevo herald

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Mar 03, 2013- 19:00

ESTADOS UNIDOS Gabriela Ramos y sus tres hijos cruzaron la frontera por la zona de Calexico, California, y de esta manera abandonaron México en 2002.

María Abarca vino de El Salvador cuando un terremoto en 2000 derribó la casa de su familia.

Esperanza Pérez viajó desde Guatemala a la frontera estadounidense en 1991 buscando un mejor empleo para poder enviar dinero a su familia.

Esther Díaz huyó de Honduras hace cinco años escapando de un padre abusivo y amenazas de las pandillas.

Las cuatro inmigrantes forman parte de la población de 11.5 millones de indocumentados en el país, esperanzados de nuevo con la posibilidad de alcanzar el estatus legal debido a renovados esfuerzos por parte del presidente Barack Obama y líderes del Congreso para aprobar una reforma migratoria.

Un plan anunciado por ocho senadores demócratas y republicanos, entre ellos Marco Rubio, republicano cubanoamericano de Miami, obligaría a todos los indocumentados a registrarse con el gobierno como primer paso hacia la legalización.

A los extranjeros que se presenten se les concedería un estatus temporal que eventualmente podría culminar en residencia permanente y ciudadanía si logran pasar verificaciones de antecedentes, aprenden inglés, pagan multas e impuestos atrasados. Pero la residencia bien podría demorarse, tal vez años, hasta que las autoridades determinen que las fronteras están lo suficientemente seguras como para evitar cualquier aumento de la inmigración ilegal, y que esté en vigor un sistema fiable para garantizar que todos los visitantes con visas temporales abandonen el país antes de que estas expiren.

Las desgarradoras historias contadas por las inmigrantes entrevistadas demuestran lo peligroso de los largos viajes que emprendieron para huir de la violencia o la pobreza. Hoy día están felices de vivir en Estados Unidos, pero cargan con el temor constante de ser deportadas.

Los inmigrantes de México, El Salvador, Guatemala y Honduras, en ese orden, constituyen la mayor parte de los 11.5 millones de indocumentados, con un total de 8.3 millones, de acuerdo con un informe publicado el año pasado por el Departamento de Seguridad Nacional (DHS).

Según el informe, unos 6.8 millones de indocumentados provienen de México, seguido por 660,000 de El Salvador, 520,000 de Guatemala y 380,000 de Honduras.

La mayoría de indocumentados, unos 4.6 millones, viven en California y Texas. Alrededor de 740,000 viven en la Florida, el tercer estado con el mayor número de indocumentados en el país.

Aunque el informe del DHS no dice en qué zonas de la Florida viven los 740,000 indocumentados, activistas que defienden los derechos de los inmigrantes creen que la mayoría reside en el sur y centro del estado.

Ramos tenía 30 años en 2002 cuando contrató a un contrabandista de inmigrantes en México para que le ayudara a cruzar la frontera a ella y a sus hijos, dos niños y una niña, cerca de Mexicali. Venía al sur de la Florida a reunirse con su marido, que había cruzado dos años antes y se había establecido en Fort Lauderdale.

“Al principio nos enviaba dinero cuando trabajaba en la cosecha de uvas en Napa, pero luego un familiar en Fort Lauderdale lo convenció de venirse a la Florida aparentemente porque había mucho trabajo en la construcción, pero una vez que llegó no pudo encontrar trabajo”, dijo. “Así que decidí venir con nuestros hijos para ayudarle”.

Un día de 2002 Ramos y sus hijos abandonaron Guadalajara y se dirigieron a Mexicali. Su hijo mayor tenía 12 años y el más pequeño un año y medio. Su hija tenía 9.

Su primera experiencia en el sur de la Florida fue desagradable.

A pocos días de llegar a Fort Lauderdale, la familia fue desalojada de un pequeño apartamento porque demasiadas personas vivían en el lugar. Tras estar en la calle brevemente, la familia se las arregló para encontrar otro apartamento.

Con el tiempo, la familia se estabilizó y los niños se destacaron en la escuela.

Su hijo, ahora de 22 años, regresó a México después de graduarse de high school porque se sentía frustrado por no poder obtener licencia de conducir o becas universitarias debido a su condición migratoria.

Su hija fue más paciente. Recientemente solicitó el estatus legal por dos años para inmigrantes traídos por sus padres cuando eran niños, un beneficio que Obama ofreció el año pasado. Hoy tiene 19 años y desea convertirse en reportera de televisión.

“Por ahora, estamos orando a Dios para que el Congreso apruebe la reforma migratoria para que así podamos vivir en paz”, dijo Ramos. “Vivir sin papeles es algo horrible, es una vida de constante miedo”.

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