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Presos en la ciudad de la furia

La sociedad salvadoreña vive una espiral de violencia que ha suprimido el respeto y el valor a la vida misma. Los niveles de intolerancia social aumentan con el paso de los días y lo más grave es que se ha convertido en un hábito tolerado por casi todos los ciudadanos

Presos en la ciudad de la furia
Presos en la ciudad de la furia

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Mar 02, 2013- 00:00

Lo mataron el 17 de febrero, a las 10:30 de la mañana. Fue en el estacionamiento de un supermercado de San Bartolo, Ilopango. Dos hombres lo atacaron, uno le disparó. Al principio la policía dijo que murió en un asalto, pero los testigos del hecho anularon esa hipótesis.

Edgardo Carrillo Arias murió durante una discusión. Tenía 54 años y ese día, minutos antes de las 10:30 a.m., golpeó un vehículo estacionado con una de sus manos. Dos sujetos que hoy enfrentan un proceso penal por el homicidio del mayor de la Fuerza Armada, enfurecieron por ello y lo atacaron.

–Era militar. Esos cuates son prepotentes y altaneros. Lo mataron por arrogante, expresa Rubén, un pediatra de 45 años.

-Lo que haya sido. Hoy te matan por cualquier cosa, le contesta Hernán, su primo.

-Y la bicha pues, no mató a su hermana por una camisa, interviene Morís, ese amigo del barrio que creció junto a Rubén.

Morís se refería al caso que conmocionó a las audiencias en las redes sociales a principios de enero pasado. El de la joven Anaís Isabel León, de 19 años, que asesinó a Verónica Lisseth , de 21, el viernes 4 de enero, en Concepción Quezaltepeque, Chalatenango.

-La vida no vale nada en este país. No podés confiar en nadie. Mirá, conducir por San Salvador es un atentado a cualquier hora, reflexiona Guillermo, el último del cuarteto de hombres maduros que dejaban pasar el tiempo bebiendo café, en un restaurante del centro comercial San Luis.

Los amigos hablaban de intolerancia social, ese pan de cada día que los salvadoreños han convertido en un hábito. Y no hace falta matar, robar o violar a alguien para convertirse en una ser despreciable, basta con interferir el paso de alguien en la vía pública para ser merecedor de una descarga de improperios o una amenaza de muerte.

“Al conducir por las calles de San Salvador, se percibe esa negatividad, esa violencia. Ni siquiera se respetan las reglas establecidas, como ceder el paso, hacer el alto, poner la vía para solicitar permiso, respetar el semáforo, no obstruir las intersecciones. Cuando usted espera para pasar, alguien aparece a su lado pensando ser más listo para proseguir su marcha antes de que usted arranque”, enfatiza la psicóloga clínica Fabiola Valiente.

El Salvador se ha reducido a ser una sociedad donde el egoísmo y la individualidad pesa más que el colectivo. El otro es invisible como igual, se reduce a ser un obstáculo, una piedra en el camino que hay que apartar.

“Es la cultura del yo y ya (…) el ser humano se va insensibilizando por la vida y por la muerte. Acá yo percibo un desprecio por la vida: ‘¡Sí te mato y qué!’. Hay un desprecio por la propia vida y la vida del otro”, añade la especialista.

Y si un ser humano como individuo no se respeta, no se quiere y no se tiene tolerancia. ¿Cómo podrá hacerlo con los demás? ¿Cómo construir el desarrollo a la base de una sociedad egoísta, intolerante, donde la violencia es un hábito cotidiano? ¿Cómo ser sociedad, sino se toleran las diferencias?

El poeta colombiano, sociólogo y catedrático de la Universidad de Santander, Antonio Acevedo Linares, resalta la importancia de aprender a convivir con las diferencias -llámese físicas, políticas, económicas o religiosas-, en su artículo “La Tolerancia como Presupuesto Fundamental para la Construcción de una Cultura de la Democracia en América Latina”.

“La tolerancia no es posible hoy sin un reconocimiento y un respeto por el otro y en esa dirección se hace necesario construir una cultura de la tolerancia, como objetivo específico, y del reconocimiento en el ejercicio de la política, la religión o la sexualidad. La posibilidad de comprender a otros, implica mi autorreconocimiento aunque, comprender a otros no significa tener que estar de acuerdo con ellos”, se lee en uno de los apartados del artículo de Acevedo, publicado en 2001.

Soda Stereo imprimió a finales de los 80 la expresión “La Ciudad de la Furia”, título de uno de sus grandes hits musicales a nivel mundial, como una frase común para denominar el malestar urbano en toda América Latina.

La Lic. Valiente lo resume en tres palabras. “Esto es ancestral”. Una crisis íntimamente relacionada a la moral y la espiritualidad.

En efecto, la intolerancia social ha marcado épocas en los anales de la humanidad. Épocas desastrosas que heredaron al hombre grandes e importantes lecciones.

El filme mudo de 1916 Intolerancia, del director D.W. Griffith, lo recalca. Durante 197 minutos, exhibe cuatro episodios históricos de las injusticias provocadas por la intolerancia religiosa y social: las sangrientas huelgas de 1912 en EE.UU., la caída de Babilonia, la Pasión de Cristo y la noche de San Bartolomé (sangriento episodio de las luchas entre hugonotes y católicos que tuvo lugar en París en 1572).

Los pequeños detalles

No se necesita matar a alguien para provocar el repudio y la condena social en estos sagrados tiempos. Basta recordar el capítulo de la Familia Díaz que exacerbó a miles y provocó una ola de condenas por las redes sociales acá y fuera de las fronteras nacionales.

Se condenaba la violencia, la falta de respeto, la intolerancia. Al menos esos eran los alegatos de quienes los juzgaron. Pero ¿no eran los Díaz un reflejo de cualquier familia salvadoreña? Más allá de los errores cometidos por los Díaz, la pregunta es ¿cuántos en este país actúan de la misma manera, las 24 horas, los 365 días del año? ¿Alguien lo pensó en ese momento?

Al respecto, la Lic. Fabiola Valiente afirma. “El ser humano proyecta. Proyectamos constantemente. Lo que no me gusta de mí, lo que debo superar, las frustraciones mal manejadas, yo se las proyecto a los demás. No soy yo, es el otro. Y esa proyección nos permite un alivio, pero no resuelve. Y la otra persona hace lo mismo. Es una cadena de proyecciones de frustraciones que nunca nos permite resolver la situación por nosotros mismos”.

Ok. Si es una situación social cíclica en la historia, porque hay países que registran menores niveles de violencia e intolerancia social.

Para Valiente, pesa mucho la educación, la cultura, el fomento de los valores en la familia nuclear y la salud mental. Se complica, si todos estos factores son engullidos por las frustraciones que genera la falta de oportunidades, la carencia de una vida digna, la violencia como un modo de vida. “Para mí, el rescate se llama Dios, pero un encuentro personal y transformador de cada individuo con Dios… no religiosidad”, enfatiza la psicóloga.

En simples ideas, la espiral de intolerancia solo puede detenerse si cada individuo se responsabiliza de sí mismo y acepta que sin la ayuda de esos valores espirituales, de esa relación con Dios, no podrá superar las frustraciones que lo agobian.

“El hombre es hombre precisamente por poseer, a diferencia de otros animales, la razón. La tolerancia tiene su origen en la razón, en el logos, como lo entendían los griegos, como razón y como palabra, esto es, como capacidad para comprender y para hacerse comprender”, escribe Acevedo Linares.

Pero qué ocurre si todos creen tener la razón y pocos son los capaces de comprender sin tener que pensar igual que el otro.

En este punto es necesario recordar el encuentro de la adultera con Jesús, quien estuvo a punto de morir lapidada. Él fue claro: quién esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

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